MEDITACIONES
EL ESPÍRITU SANTO EN LA VIDA DE JESÚS

Por Martín Gelabert Ballester, o.p.

12.jpg (22396 bytes)El Espíritu Santo es el "compañero" inseparable de Jesús. A lo largo de toda su vida y actividad siempre se detecta su presencia. La encarnación acontece por obra del Espíritu (Lc 1,35). En el bautismo de Jesús, al comienzo de su misión mesiánica, allí está el Espíritu (Lc 3,15-16.21-22). Inmediatamente después "el Espíritu conduce a Jesús al desierto" (Lc 4,1), donde va a ser tentado por el diablo, por el "otro espíritu". ¿Qué Espíritu va a acoger Jesús? Sus enemigos le acusaban de actuar con el dedo (espíritu) de Satanás. Sus amigos reconocían en él el dedo de Dios. Esta era la gran cuestión. Se dilucidó en las tentaciones: Jesús rechaza el espíritu del mal y se deja guiar por el de Dios.

A partir de ahí el Espíritu le acompañará a lo largo de todo su ministerio (Hch 10,38; Lc 4,16-21). Por el poder del Espíritu expulsará los demonios (Mt 12,28) y su presencia producirá alegría desbordante (Lc 10,21-22). La predicación de Jesús y su acción en favor de los necesitados es una buena noticia que produce alegría.

El Espíritu se hace también presente en la cruz (Hb 9,14) y su poder resucitará a Jesús (Rm 8,11).

Ya durante su vida terrena, Jesús promete a sus discípulos el envío del mismo Espíritu que posee (Lc 24,49; Hch 1,5.8; Jn 14,16.26; 15,26) y lo derrama sobre ellos por su resurrección (Jn 7,39; 16,7; 20,22; Hch 2,4.33; 10,44). "Cristo resucitado, como si preparara una nueva creación trae el Espíritu Santo a los Apóstoles. El misterio de la Pascua, del paso al Padre, revela y da definitivamente el Espíritu. Jesús resucitado se convierte en fuente del Espíritu.

Más aún, Cristo se hace hoy presente por el Espíritu. De modo que el Espíritu no es una compensación por la ausencia de Cristo, sino el modo como Cristo se hace hoy presente. Gracias al Espíritu continúa la actividad salvífica de Cristo. Gracias al Espíritu las palabras de Cristo se hacen nuevas, actualizadas, presentes: recibirá de lo mío y os lo comunicará. Pero abriéndonos al futuro. Cierto que Cristo siempre es el mismo, pero no lo es de la misma manera. El Espíritu es el que hace posibles esas nuevas maneras, pues anuncia e interpreta lo que ha de venir, es decir, hace nuevas las palabras de Cristo (Jn 16,12-15).

El Espíritu siempre toma de lo de Cristo (Jn 16,14), pero no queda atado a un pasado arqueológico, tiene capacidad de ir más allá: "el que crea en mi, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún". La razón de este hacer obras mayores es: "porque yo voy al Padre" (Jn 14,12); o sea, porque Jesús ya no estará en este mundo y aparecen nuevos tiempos, nuevas situaciones, siendo el Espíritu quién nos conduce en "lo que ha de venir" (Jn 16,13). De este modo el Espíritu ilumina el futuro, nos conduce hacia el porvenir, abre caminos a la esperanza, suscita nuevas utopías, clarifica qué cosa es seguir a Jesús y qué cosa es arqueología.

El Concilio Vaticano II se ha mostrado sensible a esta acción del Espíritu que abre caminos en la historia: "El Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra, no es ajeno a la evolución histórica". El Espíritu "no sólo despierta el anhelo del siglo futuro, sino alienta, purifica y robustece también con ese deseo aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin".

El Espíritu, teniendo en cuenta los nuevos tiempos y las necesidades nuevas que van surgiendo, pone en boca de los predicadores las palabras oportunas para que el Evangelio sea mejor comprendido y aceptado; mueve a hombres y mujeres, dentro y fuera de las Iglesias, en la creación de instituciones adecuadas para hacer operante el Evangelio, incluso aunque no pretendan referirse explícitamente a él: "tuve hambre y me disteis de comer... ¿Cuando te vimos hambriento?... Cada vez que lo hicisteis con los pequeños" (Mt 25,35 ss). El Espíritu suscita profetas que disciernen la presencia de Dios en los acontecimientos y denuncian aquellas realidades que se oponen a la presencia del Reino. De este modo avanza la historia y se van elaborando proyectos de futuro. El Espíritu ilumina así el camino a seguir y proyecta hacia la plenitud por la que suspira la creación entera.

En un mundo sin esperanza, un tanto a la deriva y que, con frecuencia, se pregunta a dónde va; en un mundo en donde muchos viven al día (unos porque no tienen y otros porque tienen demasiado), un mundo sin futuro, es necesario que se note que los cristianos aportamos esperanza. Para mañana y para hoy.

El Espíritu es el aliento de la esperanza. ¿Cómo nos alienta? Liberándonos para liberar, salvándonos para salvar, alegrándonos para alegrar. El don del Espíritu no está para ser retenido, sino para ser transmitido. La esperanza que suscita el Espíritu nos compromete en la liberación de los demás. Por eso abre a un porvenir.

Es necesario vivir liberados para dejar de estar pendientes de nosotros mismos y así contribuir a la liberación de los demás. Siguiendo en esto a Jesús de Nazaret, el hombre para los demás, el que no pensaba en sí mismo, sino en el necesitado. Jesús, convencido de que Dios quiere la vida para todos, desmontó las cómodas instalaciones del presente, y anunció la llegada del reino que siempre está en crecimiento. Sus seguidores, apasionados por la misma convicción del Maestro, debemos reaccionar ante toda situación de sufrimiento y muerte. No como un mero deshago ante los males, sino empujando para buscar otro porvenir mejor.

El Espíritu es enviado para que realicemos la misma misión de Cristo en las condiciones de Jesús: recibiréis una fuerza para ser mis testigos (Hch 1,8). Pero no es el momento de triunfalismos, de restaurar el reino de Israel (Hch 1,6-7), ni de preocuparse del cielo (Hch 1,11), sino de la tierra, en las condiciones en que lo hizo Jesús. Al llegar el día de Pentecostés se pusieron a hablar en lenguas distintas (Hch 2,1-4). Esta diversidad es símbolo de la universalidad de la predicación, contrapuesto a la confusión había en Babel, signo de la incomprensión de los hombres.

Las condiciones de Jesús, del Servidor. Esto nos remite al Jesús histórico. No al Cristo glorificado. El Espíritu no se nos otorga para estar por encima del Maestro, sino para realizar la misma tarea, con la misma fuerza y la misma esperanza. Seguimos viviendo en el tiempo de la Promesa. El Espíritu lo tenemos como "arras". La resurrección no es la abolición de la historia, sino la institución de la historia en su verdadera dimensión: una historia abierta y responsable delante de Dios. Jesús es Señor, pero el señorío no se manifiesta como quería el tentador, sino en la lucha por la justicia, la vida y la verdad.