MEDITACIONES
SER CRISTIANO EN EL MUNDO DE HOY

Por Roberto Ortuño Soriano, o.p.

sembra.jpg (12464 bytes)El interés por lo específico y distintivo del cristianismo ha crecido enormemente en las últimas décadas. Algunos se preguntan si el cristianismo no es más que un simple humanismo entre los muchos existentes, una teoría sociológica más acerca de cómo organizar la convivencia humana, o un movimiento religioso importante dentro del campo de las grandes religiones. Interesa mucho saber qué es lo que distingue al cristiano dentro del conjunto de la sociedad. Y en el plano personal podemos decir que es capital el que los cristianos sepan muy bien quiénes son, o quiénes deben ser, para que sus vidas no se desvirtúen en una crisis de identidad.

A decir verdad, todos los días, y particularmente los domingos, la liturgia de la Iglesia nos ofrece una catequesis sobre este punto. En cada acción litúrgica la Iglesia nos enseña a ser cristianos y nos impulsa a vivir en cristiano.

Tres reflexiones fundamentales se me ofrecen en este momento. Primera, ser cristiano es vivir de acuerdo con la mente y la voluntad de Dios, manifestadas en Cristo. Segunda, ser cristiano supone un cambio radical en la forma de pensar y de actuar, de manera que las estructuras culturales, sociales y políticas, según las cuales viven los no cristianos, sean modificadas de acuerdo con el mensaje del Evangelio. Como dirá San Pablo en su carta a los Gálatas (3,28), para el cristiano no existen ya judíos y griegos, esclavos y libres, hombre y mujer, ya que todos sois uno en Cristo Jesús. Y, tercera, ser cristiano es fundamentalmente ser discípulo de Cristo, no a la manera de un alumno que aprende y sigue las enseñanzas de su maestro, sino como aquel que entrega su vida en manos del maestro y trata de identificarse vitalmente con él, corriendo su mismo destino.

Según esto, por tanto, ser cristiano no equivale sólo a ser una persona humanamente buena y cultivada en los llamados valores humanos; aunque para ser cristiano sea menester desarrollar esos valores y ser humano en el pleno sentido de la palabra. En segundo lugar, ser cristiano no equivale tampoco a ser una persona socialmente filantrópica, altruista, generosa y entregada a los demás; aunque todo esto sea muy necesario para vivir el verdadero mensaje de Jesús. Y finalmente ser cristiano no equivale sólo a ser una persona muy religiosa, que entiende y orienta la vida con un sentido de la trascendencia y fomentando los valores del espíritu; aunque este talante religioso y espiritual sea una actitud imprescindible para realizarse como cristiano.

Contra toda adulteración, mixtificación, distorsión y equivocación de lo cristiano hay que llamar a las cosas por su nombre y tomar los conceptos al pie de la letra. El cristianismo no es un simple humanismo, ni unas simples normas sociológicas de convivencia humana, ni una mera forma de entender la vida con categorías religiosas. El cristianismo sigue siendo cristiano sólo cuando se mantiene expresamente vinculado al único Cristo. Y, por tanto, ser cristiano significa vivir, obrar, sufrir y morir con Cristo en el mundo de hoy, como verdadero hombre, discípulo de Cristo. Ser cristiano supone ser un hombre integral, maduro y bien desarrollado; supone también traducir en esquemas sociales cuanto Cristo nos enseña acerca de la justicia y del amor, como Él nos ha amado; y supone, finalmente, entender y realizar la vida en estrecha relación con el Dios trascendente revelado en Cristo Jesús.

El cristiano está llamado, además, a ser servidor de Cristo, instrumento suyo en el mundo, colaborador en su obra salvadora. Dicho de otra forma, Dios Padre necesita de los cristianos, a ti y a mí, para hacer llegar el mensaje de Jesús y los frutos de su redención a toda la humanidad.

En este sentido, el Concilio Vaticano II enseña que todos los cristianos participan del sacerdocio de Cristo y de su misión profética y pastoral. En otros términos, Dios necesita la colaboración, la participación, el servicio de todos los cristianos para que la acción sacerdotal de Cristo llegue a todos los hombres, para que sus enseñanzas y su mensaje sean conocidos por todos, y para que el nuevo orden de cosas establecido por Él y basado en el amor y la justicia, se instaure en todos los ambientes. Dios nos ha escogido y llamado, y nos ha confiado esa misión: prolongar la misión de Cristo para construir un mundo mejor, más humano y más de acuerdo con la imagen divina grabada en lo más profundo de la persona humana por la creación. Éste es el sentido del mandato del Señor, dirigido a todos sus discípulos: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Así, pues, el cristiano debe colaborar con Cristo en la renovación de un mundo nuevo, o mejor, en la transformación del mundo sometido al pecado. Ahora bien, una de las consecuencias del pecado es la división de la humanidad en dos categorías sociales fundamentales: ricos y pobres, poderosos y esclavos, países desarrollados y tercer mundo. La Palabra de Dios trata de despertarnos una y otra vez sobre ese punto concreto: ¿Cómo ha de usar el cristiano la riqueza?... El tema es tan amplio y complejo que aquí sólo cabe establecer algunos principios para una reflexión posterior.

Primero: A lo largo de la Biblia las riquezas materiales aparecen como un bien y un don que Dios concede al hombre para su desarrollo personal y comunitario, y como un medio para crecer y fructificar en el plano del espíritu. Por tanto, los ricos no son los dueños absolutos de las riquezas, sino simples administradores de ellas ante Dios y ante la humanidad.

Segundo: Pero las riquezas no siempre son el fruto de una bendición de Dios. A veces son un peligro para quienes las poseen, sobre todo cuando los hombres se dejan llevar por ellas y quedan esclavizados por el afán del dinero, por el enriquecimiento personal y por la ambición egoísta de los bienes terrenos.

Tercero: Por eso, según el Nuevo Testamento, el cristiano, rico y pobre, debe fomentar en su vida el espíritu de desprendimiento para no caer, por una parte, en la esclavitud del dinero, y, por otra, en el egoísmo antisocial, fuente de graves injusticias y de divisiones y enfrentamientos en la humanidad.

Cuarto: Los bienes materiales hay que ponerlos al servicio y beneficio de todos, y no sólo de unos pocos. Será entonces cuando el Reino de Dios, o la Soberanía de Dios se instaurará realmente sobre toda la humanidad.

Quinto: Consiguientemente, el Nuevo Testamento condena el apego y la afición desmesurada a las riquezas que conduce a olvidarse de Dios y de los hombres menos pudientes o necesitados, bien sea en el orden cultural, económico o laboral, mostrándose indiferente ante sus necesidades.

He aquí algunos puntos más sobresalientes de la moral social cristiana, que deberán ser desarrollados y completados mediante la meditación de cada uno.

¿Soy verdaderamente cristiano, discípulo de Cristo, continuador de su misión en favor de todos los hombres y, especialmente, de los más pobres y necesitados?... ¿Estoy comprometido en la ciudad en la que vivo, en mi Iglesia, en mi Parroquia?...