MEDITACIONES
EN TORNO A LA RELIGION

Religión de la verdad

Interrogado un día D.Miguel de Unamuno acerca de cuál era su religión, respondió escuetamente: "Mí religión es buscar la verdad en la vida, y la vida en la verdad". Interesante contestación que define una faceta muy peculiar de la religiosidad profesada y vivida por este filósofo y escritor cristiano.

Lamentablemente, en materia religiosa se infiltran con frecuencia posturas y actitudes bastante reñidas con la más genuina religiosidad. Entre las personas llamadas creyentes o religiosas, e incluso cristianas, se detectan a veces composturas y ademanes que rayan en la falsedad, en la simulación, en el fingimiento, en la mera apariencia, en el costumbrismo y en la beatería, dando pie luego a los fariseísmos hipócritas y a legalismos rubricistas.

Muy lejos de esta conducta se encuentra la que los clásicos consideraban como definición de la verdadera religión. A saber: «Religión es toda relación sincera del hombre con Dios». Se afirma que esa relación ha de ser sincera, porque no ha de encerrarse en ella ni doblez, ni falsedad, ni encubrimiento egoísta de ninguna clase. Relación sincera quiere decir aquí relación franca, transparente, auténtica, cristalina, verdadera. Mas para que esta relación con Dios revista estas características, la persona religiosa ha de enfrentarse, primero, con la realidad o la verdad de sí mismo. Ha de reconocerse impotente, limitado y débil para alcanzar la plenitud de vida por la que trabaja, suspira y ansía. No se puede ser sincero con Dios, si previamente uno no es sincero y verdadero consigo mismo.

Ahora bien, la sinceridad con Dios exige al mismo tiempo una actitud de profunda verdad y autenticidad ante la vida y ante los demás. Las personas somos propensas a amañarnos la vida según nuestros antojos y caprichos. A veces llamamos amor a lo que no es más que placer. Y llamamos justicia al resultado de la aplicación de unas normas que previamente nos hemos establecido desde unos intereses económicos, políticos o sociales, sin atender a lo que exige la verdad de la vida misma.¿Cuáles son nuestras actitudes religiosas. ¿Dominan en ellas la sinceridad, la autenticidad y la verdad?

Sinceros con Dios

La sinceridad y la autenticidad son dos virtudes gemelas que gozan de un gran reconocimiento en todos los órdenes de la vida; y es que ambas andan emparentadas con la verdad. La sinceridad porque inclina a las personas a decir lo que piensan, sin ocultar nada, y sin engañar a nadie. La autenticidad porque, además de la sinceridad, empuja a las personas a conformar su vida con lo que piensan y desean ser. La persona sincera y auténtica es bien mirada, y muy alabada y reconocida en todas partes.

Pues bien, en el plano religioso estas virtudes aún tienen un valor e importancia mucho mayores. Ante Dios es imposible querer aparentar lo que no se es, y pretender ocultar lo que se ha hecho mal, o lo que es peor, intentar engañarle. Lo mejor que el hombre puede hacer ante Dios es desnudarse en su insondable pobreza. La verdadera religiosidad y la verdadera vida cristiana están reñidas con las meras apariencias de bondad y con los gestos de autocomplacencia por el bien que hayamos podido realizar. Por eso, cuando el hombre se acerca a Dios la sinceridad y la autenticidad han de ser las actitudes que caractericen su comportamiento. Ser hombre religioso implica ser sincero, verdadero y auténtico con Dios y, consiguientemente, con los demás.

La casa de mi Amigo

La casa de mi Amigo no era grande;
su casa era pequeña.
En la casa de mi Amigo había alegría,
y flores en la puerta.

A todos ayudaba en sus trabajos;
sus obras eran rectas.
Mi Amigo no quiso nunca mal a nadie,
llevaba nuestras penas.

Mi Amigo no tuvo nunca nada suyo;
sus cosas eran nuestras.
La hacienda de mi Amigo era la vida;
amor era su hacienda.

Algunos no quisieron a mi Amigo;
le echaron de la tierra.
Su ausencia la lloraron los humildes,
penosa fue su ausencia.

La casa de mi Amigo se hizo grande,
y entraba gente en ella.
En casa de mi Amigo entraron leyes,
y normas y condenas.

La casa se llenó de negociantes,
corrieron las monedas.
La casa de mi Amigo está muy limpia,
pero hace, frío en ella.

Nos fuimos de la casa de mi Amigo,
en busca de sus huellas.
Y ya estamos viviendo en otra casa:
una casa pequeña,
donde se come el pan y se bebe el vino,
sin leyes ni comedias.

Y ya hemos encontrado a nuestro Amigo,
y seguimos sus huellas,
y seguimos sus huellas

(Ricardo Cantalapiedra)

Por Roberto Ortuño Soriano, o.p.