MEDITACIONES
ME HAS SEDUCIDO, SEÑOR

Por Jaume Boada Rafí, o.p. 

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste, me pudiste. La palabra de Dios se me volvió escarnio y burla constantes, y me dije: No me acordaré de Él. Pero sentía la palabra dentro como fuego ardiente encerrado en los huesos. (Jr 20, 7-9)

Señor, yo no soy nada, vivo en la nada, quiero encontrarme en mi nada, deseo verte en mi nada.

Con toda humildad, deseo preguntarte: ¿Por qué me has llamado?... Has pasado por la puerta de mi casa. Has visto que soy pobre, débil y frágil. ¿Por qué te has fijado en mí?...

Me has seducido, Señor, con tu mirada. Me has hablado al corazón y me has querido. Aquí estoy, solo y pobre ante ti. En silencio de alma e intentando acallar los ruidos de la vida. Siento plenamente mi pobreza y mi pequeñez. Siento también una insaciable nostalgia de ti... Me acojo al amparo de tu misericordia.

Es imposible conocerte y no amarte. Es imposible amarte y no seguirte. Es imposible seguirte y no llegar contigo hasta el final. Es imposible acompañarte hasta el final y no desear ser una sola cosa en ti.

Me has seducido, Señor. Quiero andar tras tus huellas. Aquí estoy, solo y pobre ante ti. Aquí estoy a la sombra de tus alas. Acogido en tu misericordia. Me has seducido, Señor. Yo te sigo, y quiero darte lo que pides.

Sabes bien que soy débil y pobre, y aun así... me cuesta darlo todo... darme del todo,.. dejarme amar por ti... dejarme seducir por tu amor.

Aquí estoy, solo, pobre y descalzo ante ti, esperando ser acogido por tu misericordia, en silencio, ante tu presencia de amor.

Camina, Señor, junto a mí. Sin ti nada puedo. Yo no soy nada y en el polvo nací pero tú me amas y moriste por mí.

Quiero ser tuyo, Señor. Tu nombre, tu voz, tu llamada resuena en mi interior, y me habla en el silencio. Tu Palabra me quema el alma, la llevo grabada a fuego, no puedo contenerla; tampoco quiero.

No quiero negarte, Señor. Tu palabra es y será la lámpara de mis pies y la luz de mi camino. ¿Qué puedo hacer por ti que no sea dejarme amar sin fin?... Aquí estoy, solo, pobre y descalzo ante ti. ¡Tú eres mi vida, Señor...!

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Amigo, estás en medio de una experiencia oracional de desierto, viviendo a pleno pulmón en el silencio de amor y de presencia, en el acompañamiento de los misterios de Cristo que nos salva. Comenzaste a superar la tentación de la huida. Tu alma se va remansando en el silencio y la paz del encuentro. Es el momento de preguntarte: ¿Qué hago aquí?

Estás en su presencia. Estás en sus manos de Padre, entraste en el taller del alfarero para que te moldee de acuerdo a su plan de amor. No pienses que esto no es para ti. Ni se te ocurra decir que tú estás llamado a otro camino en la Iglesia, que tú no eres ni cartujo, ni monje, que a ti no te va el desierto, que tú estás para trabajar y para servir al Señor en la vida.

¿Qué haces aquí? ¿Qué sentido tiene que a ti, enfrascado en los quehaceres de la vida, se te pida ahora entrar en esta experiencia de soledad y de silencio?

Tu eres apóstol, tu vida está en la actividad, en el servicio, en la entrega diaria, en el trabajo concreto y comprometido de la vida de cada día. Pero en lo más profundo de tu alma ha germinado una nostalgia que te empuja.

Por esto, porque tienes la vida plenamente metida en la actividad, necesitas más que nadie unas pausas en un remanso de paz como éste para reencontrarte con Él y con el sentido de su llamada.

Tú quieres seguir sus huellas en la vida. Precisamente por esto estás aquí, en el desierto, en esta ruta ardua y difícil, llena de silencio, soledad y pobreza.

Piénsalo bien: el apóstol ha de ser testigo. Has de convivir con Él si quieres ser testigo. Has de vivir en el silencio si quieres escuchar su palabra para transmitirla. Te has de llenar de Él si quieres abandonarte en las manos del Padre. Has de experimentar la fuerza de su resurrección.

Por esto estás aquí buscándolo en el silencio. Esperando vivirlo en la soledad. Atento a su palabra y a su vida. A la escucha de sus pasos. Abandónate en las manos del Padre. Sigue tras las huellas del Señor Jesús. Abre la puerta de tu alma al viento impetuoso del Espíritu. Entra en el corazón de la Trinidad.

Da testimonio de tu opción exclusiva y preferencial por Él. Dedícale tu tiempo, tu silencio y tu espera. Ora intensamente ante la presencia del Señor. Piensa en lo que comporta revivir el don de la llamada del Señor y del reconocimiento con el que acoges su don. Nunca olvides las implicaciones del don de su llamada.

Si Él te ha llamado es que te conoce a ti en tu fragilidad y te ama.

Si Él te he llamado es porque te ha elegido.

Si Él te ha llamado es porque se compromete a acompañarte.

Ya en plena ruta por el desierto, quiero proponerte unas pautas para tu oración. Reencuéntrate en el silencio. Sitúate en la presencia del Señor. Remansa tu alma y tu vida ante el sagrario donde Él siempre está y te espera. Repite ante Él suavemente: «Me has seducido, Señor». Y mientras, como oración del corazón, recuerda la historia de tu llamada: cómo le conociste, cómo empezaste a comunicarte con Él, cuándo experimentaste que te miraba, te amaba y te llamaba. Revive los primeros pasos de tu vida con El. Renueva tu respuesta inicial, el amor primero, y tu profunda convicción.

Es imposible conocerte, Señor, y no amarte. Es imposible amarte y no seguirte. Es imposible seguirte y no desear llegar contigo hasta el final. Es imposible acompañarte hasta el final y no desear ser una sola cosa en ti.

Por esto estás aquí. Para esto estás: has de ser su testigo en la vida. Por ello quieres vivirlo en el desierto.

(Tomado de "Mi única nostalgia", Ed. NARCEA)