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1. Padre
¡Qué sabias y profundas son estas palabras con las que la liturgia introduce la oración que nos enseñó Jesús! Pues, efectivamente, sólo porque él así lo indicó, sólo fiados en su palabra, podemos tener la osadía de llamar a Dios Padre. Sin duda ésta es la idea viva del cristianismo: Dios es Padre, un padre amoroso más que todos los padres de la tierra. Un padre que sólo quiere nuestro bien, el bien de todos. Un padre que nos ama sin condiciones, incluso cuando nosotros no nos comportamos como hijos. Él nos hizo a su imagen y semejanza. Y los que son imagen de alguien son sus hijos.
Pero que Dios sea Padre es una cosa. Que nosotros nos atrevamos a llamarle así es otra. Porque ¿cómo llamar Padre a quien estamos traicionando continuarnente? ¿Cómo llamar Padre a Dios, nosotros, hijos adúlteros, hijos degenerados, nosotros pecadores, que nos portamos mal con él, nosotros que hemos roto la imagen, que nos hemos alejado de él, que por tanto ya no podemos considerarnos sus hijos? Pues ésta es la gran lección de la revelación cristiana: no somos hijos por ser su obra, sino por ser su imagen. Es cierto que él nos hizo y nos creó. Pero la paternidad que en Dios se descubre (dígase lo mismo de la filiación, de la fraternidad y de la maternidad) no es la que proviene de linaje físico o cultural, del impulso de la carne o del deseo de varón, sino la que nace de la acogida, de la adhesión: a todos los que le recibieron les da poder de hacerse hijos (Jn 1,11-13). Ser padre no es, ante todo, engendrar, sino acoger en un constante diálogo de amor. Igualmente ser hijo no es, ante todo, ser engendrado, sino recibir con agradecimiento en este mismo diálogo de amor. A imitación de este permanente diálogo intratrinitario en el que el Padre no cesa de decir: «Tú eres mi Hijo amado, en quien me he complacido». Y Jesús no cesa de decir: «Tú eres mi Padre, he venido para hacer tu voluntad».
¿Cómo podemos atrevemos a llamar a Dios Padre, si ya no nos comportamos como hijos y, por tanto, renegamos de su paternidad? Podemos atrevemos, porque por Jesús estamos seguros de que Dios sigue siendo Padre a pesar de todo, porque él se comporta siempre como Padre; y eso sin condiciones; aunque nosotros le seamos infieles, pues su paternidad no depende de nuestra respuesta, sino de su actitud, de lo que él es: amor; y si dejase de amar dejaría de ser Dios. Él es el que está siempre a la puerta esperando. Y aunque yo no merezco ser llamado hijo suyo, si me levanto y voy hacia él, por muy lejos que esté, él correrá hacia mí, se echará a mi cuello y me besará efusivamente. Y aunque yo me sienta indigno y me postre avergonzado ante él, él no se avergüenza de mí, él me levantará, me pondrá a su altura, seguirá tratándome como un padre y me considerará lo que siempre me ha considerado, aunque yo no lo mereciera: su hijo. Podríamos decir: Dios es Padre a pesar de nosotros, nunca contra nosotros, siempre para nosotros.
Fiados en la palabra de Jesús, podemos llamar a Dios Padre, y hacerlo sin temor. Y cuando nos comportamos como hijos, o al menos lo intentamos, hasta podemos hacerlo con todo derecho. Pues los hijos viven según el Espíritu del Padre, puesto que lo poseen. Y este Espíritu nos hace gritar: Abbá (Rom 8,15), que es la misma fórmula que Jesús empleaba (Mc 14,36). Abbá expresa la familiaridad. Es una fórmula de intimidad. Es el balbuceo de un niño que, en su inocencia, tiene una confianza sin límites en su padre. De ellos es el reino de los cielos. Dios quiere hacernos partícipes de su más profunda intimidad, quiere que compartamos su vida en plenitud, su vida de amor sin límites, sin condiciones, sin posible pérdida. Un amor estable, duradero como la eternidad.
El Dios único, el Altísimo, el inalcanzable se revela como Padre. Me quiere tanto, que me hace su hijo, para que pueda estar en su casa. Ya no es el inaccesible, puesto que soy de su casa. Su casa es mi casa. La casa del padre es también la del hijo. Por eso, los hijos nunca hablamos de «la casa de nuestros padres», sino de «nuestra casa». Dios es mi Padre. Dios no es «la divinidad». Es mi Padre. Puedo relacionarme personalmente con él, tratarle de tú a tú. Puedo ser su amigo, porque él no busca más que eso, no puede sino amar. El problema está en mi respuesta, nunca en la actitud de Dios.
2. Nuestro
«¿No tenemos todos nosotros un mismo Padre? ¿No nos ha creado el mismo Dios? ¿Por qué nos traicionamos los unos a los otros?» (Mal 2,10). Dios es Padre porque es amor. Pero cualquier afirmación que se hace de Dios es comprometedora. Dios no es una palabra inocente que puede dejar indiferente. Sólo se pronuncia de verdad el nombre de Dios cuando uno se ha convertido, es decir, cuando su vida se ordena en función de Dios. Así la prueba de que uno conoce a Dios está en que también él se comporta como Dios, con amor: «Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4,20). Así decimos: Padre nuestro, y no Padre mío. Si es nuestro, eso significa que los hombres somos hermanos y debemos comportarnos como tales. Invocar a Dios como Padre es exigencia de fraternidad. Sólo se realiza la común paternidad cuando es efectiva la fraternidad.
Padre nuestro: he aquí la negación radical de todo egoísmo; he aquí la afirmación de la igualdad de todos los hombres ante Dios. Todos merecen mi respeto, mi consideración, mi ayuda, no porque me agradan, sino porque son mis hermanos. El Padre les ama gratuitamente. Para ser hijo de este Padre que hace salir su sol sobre buenos y malos, yo también debo amar gratuitamente, sin condiciones, como el Padre ama. Los amigos se eligen. A los hermanos te los da el padre. Y se les ama por eso, porque son de tu sangre, de tu raza, de tu familia. Porque son tuyos. Y nadie puede despreciar lo suyo. Lo del otro te concierne, es lo más propio tuyo. Tú eres, por tanto, su guardián, el guardián de tu hermano, tú eres su pastor. ¡Que nada le falte, condúcele por verdes praderas, por senderos de paz!
A veces he oído decir a cristianos sinceros que no podían rezar el padrenuestro porque no podían perdonar. No hace falta llegar a la petición del perdón para reconocer nuestra incapacidad de recitar la oración que nos dejó Jesús. Basta quedarse en la segunda palabra, en el «nuestro». Si la pronuncias de verdad, te será fácil perdonar, ya no tendrás dificultades al llegar al «así como nosotros perdonamos». También aquí se repite la dificultad que encontramos en la primera palabra: ¿Cómo llamar a Dios Padre si somos hijos indignos? ¿Y cómo llamarle nuestro, si somos malos hermanos? Somos, en verdad, unos atrevidos, pero unos atrevidos que se apoyan en la recomendación del Salvador. Somos unos atrevidos porque somos pecadores. Y si estas palabras las queremos pronunciar como nacidas de nuestro perverso corazón, estamos mintiendo y profanando el nombre de Dios en vano. Sólo podemos pronunciarlas en nombre de Cristo, apoyados en él. Y así sabemos que el padrenuestro es la oración de los pecadores, de los que se sienten incómodos al decir: ¡Padre nuestro!; pero precisamente en esta incomodidad sienten la exigencia de conversión. Ni nos comportamos como hijos y, en consecuencia, tampoco como hermanos. Pero al rezar el padrenuestro queremos dar un paso adelante en este difícil camino de la filiación y de la fraternidad. Sentimos la llamada a la conversión. Lo rezamos no en nuestro nombre, sino en nombre de Cristo y con la ayuda del Espíritu. Y lo hacemos sintiendo agudamente la llamada a la conversión. La oración no es sólo para los justos. Es también para los que están en camino, para los pecadores que, al menos, reconocen su pecado.
Dios no permite que nos perdamos en las alturas. Nos reenvía siempre a nuestra tarea en la tierra. Y la primera, casi diría la única de nuestras tareas en el mundo, es la de ver en todo hombre a un hermano y comportarme con él como con un hermano. Pronunciar el nombre de Dios no es nunca una evasión. Nos remite al servicio gratuito y sin condiciones. Si cuando vas a pronunciar el nombre de Dios «te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti» (Mt 5,23-24), arregla primero tus diferencias con el hermano, para que puedas pronunciar el nombre de Dios sin mentir. No pregunta el texto quién tiene la culpa de que tu hermano tenga algo contra ti. A lo mejor toda la culpa es suya, y tú eres una víctima de sus manías, de sus complejos, de sus egoísmos. Pues bien, si tu hermano, porque es un maniático y un insoportable, tiene algo contra ti, a ti te toca dar el primer paso, a ti te toca acudir a él y arreglar la diferencia, a ti te toca ceder. Porque el amor es sin condiciones. Es gratuito. No, definitivamente, orar no es fácil. Es lo más exigente, pero también lo más liberador y, por eso, lo más necesario.
3. Que estás en los cielos
«¿Quién como Yahveh, nuestro Dios, que se sienta en las alturas y se abaja para ver los cielos y la tierra? Él levanta del polvo al desvalido, del estiércol hace subir al pobre» (Sal 133). «Bendito tú que sentado sobre querubines penetras los abismos» (Dan 3,55).
Nuestro Dios está en los cielos. Cuando el hombre, con su esfuerzo, lo quiere alcanzar, para así mejor dominarlo, sólo alcanza el mundo. Dios está más allá de todos los esfuerzos del hombre, de todas nuestras intuiciones, de todos nuestros deseos, de todas nuestras imaginaciones, de todos nuestros sentimientos, de todos los productos de nuestro espíritu, por muy sublimes que sean. La realidad de Dios sobrepasa todo lo que el hombre puede alcanzar por sí mismo: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1 Cor 2,9).
Y, sin embargo, este Dios que está en los cielos penetra los abismos, de tal forma que cuanto más abajo está uno, mejor le ve él. Si el hombre no puede alcanzar a Dios, Dios sí puede bajarse hasta el hombre. Si el hombre no puede verle, Dios sí mira atentamente: «He visto la aflicción de mi pueblo, he escuchado su clamor y he bajado para librarle» (Ex 3,7-8). Este Dios que está en los cielos, en su misericordia, puede descender hasta la criatura, hasta el punto de compartir la miseria del hombre y entregarse al hombre, hacerle partícipe de su vida divina. De ahí la profunda interpretación que hace santo Tomás de estas palabras: «Qué estás en los cielos» puede aplicarse a la prontitud del que escucha, pues se encuentra cercano a nosotros; de manera que «en los cielos» se interprete «en los santos», en los cuales habita Dios, según aquello de: «Tú, Señor, estás en nosotros» (Jer 14,9). Los santos, en efecto, son denominados cielos, de conformidad con el salmo: «Los cielos proclaman la gloria de Dios» (Sal 18,2)... La familiaridad de Dios con nosotros se pone de relieve cuando por cielos se entienden los santos. Como a causa de su excelsitud algunos han afirmado que no se preocupa de las cosas de los hombres, conviene tener presente que es alguien cercano, más íntimo; de él se dice que está en los cielos, es decir, en los santos, a los cuales se les llama cielos" (Tomás de Aquino: Escritos de Catequesis).
Sin entrar ahora en la interpretación del salmo 18 en el que se apoya Tomás, sí que conviene notar su profunda intuición: Dios está en los cielos, es decir, en aquéllos que han hecho de su vida una vida conforme a la de Dios, una vida celestial. El todopoderoso, el que nada ni nadie puede retener, el Señor de la gloria, se hace presente en el hombre justo. El cielo, más que un lugar, es una manera de ser, una actitud. ¿No dice el amado que su amada es un «cielo»? En los que se comportan divinamente, allí está Dios. ¿No sería, por tanto, adecuada la interpretación que hace el autor de esta adaptación del padrenuestro, cuando traduce el «en los cielos» por «en los que aman la verdad»? «Padre nuestro, tú que estás en los que aman la verdad»
Las tres primeras expresiones de la oración de Jesús tendrían, pues, una relación consecuencia: el que Dios sea Padre nos exige a nosotros ser hermanos; y cuando vivimos de verdad la filiación y la fraternidad, podemos decir que Dios habita en nosotros, que nosotros nos hemos convertido en el cielo en el que mora Dios, que somos su templo santo: «nosotros somos santuario de Dios vivo» (2 Cor 6,16). ¿Y esta misma relación no es la que encontramos en el profundo texto de Jn 14,23: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él»? Dios nos ama: es Padre; el que le responde adecuadamente cumple su palabra, realiza su voluntad, se comporta como hijo de Dios y hermano de los hijos de Dios; y entonces el Padre habita en él: se convierte en morada de Dios, en el lugar en que habita Dios. Y entonces puede decir, con temor y temblor, pero con toda verdad: ¡Padre nuestro, que estás en los cielos!
Por Martín Gelabert Ballester, o.p. |