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Por Mª Teresa Val Dávila
En su Evangelio, san Juan en pocas líneas nos repite la palabra "puerta". Lo más destacado es que en ellas Jesús da una definición de sí mismo: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas». Lo afirma solemnemente después de que los que le escuchaban no le entendían.
La puerta es algo tan sencillo como necesario: nos defiende, nos cuida, nos acoge. La puerta nos relaciona, nos permite comunicarnos con los demás y deja que otros se comuniquen con nosotros. La puerta se yergue ante los que se acercan. Se abre y se cierra.
Aproximémonos a una puerta cualquiera, la de la casa donde vivimos la infancia. ¿Qué nos evoca? El rostro alegre de nuestra madre, que con los brazos y el corazón abiertos, aparecía en el umbral para abrazarnos cuando llegábamos del colegio o de jugar en el parque.
¡Cuántas puertas nos han sellado con experiencias muy fuertes y variadas! Saboreemos en silencio esas emociones.
Si las puertas hablaran contarían saludos emocionados y entrañables, despedidas desgarradoras, separaciones dolorosas, abrazos reconfortantes y esperados por largo tiempo. Evoquemos algunas experiencias concretas. Que nos digan los recién casados qué sintieron antes de cruzar la puerta del nuevo hogar que les acogía como esposos.
Que recuerden los emigrantes qué sintieron, al encontrarse ante la puerta de la casa paterna después de muchos años de ausencia.
Que recuerden los encarcelados cuando se les cerró la puerta de la prisión y el gozo cuando volvieron a recobrar la libertad, cuando se les abrieron de par en par las puertas de la cárcel.
Una experiencia similar la narra el libro de los Hechos de los Apóstoles al contar la liberación de Pedro: «Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no una realidad. Pasaron la primera y la segunda guardia y llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad. Ésta se les abrió por sí misma. Salieron y anduvieron hasta el final de la calle» (Hch 12, 6).
¿Qué sentiría Pedro ante aquella puerta?...
«Yo soy la puerta; el que entra por mí se salvará» ¿No se rompe nuestro corazón de gratitud ante este anuncio?... Acerquémonos a esa puerta de salvación, de misericordia, de reconciliación, del gozo desbordado, de llegada, del hogar definitivo a la Casa del Padre. «Yo soy la puerta». «Yo he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar» (Ap 3,8) Terminemos rezando este himno de la liturgia romana:
«Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino,
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino».
(Tomado de "Orantes desde el amanecer", NARCEA EDICIONES) |