PLEGARIA EGIPCIA

Anáfora de Serapión (s. IV)

Es justo y necesario alabarte a Ti, Padre increado del Unigénito Jesucristo, cantarte himnos, glorificarte. Te alabamos, Dios increado, inescrutable, inefable, incomprensible a toda naturaleza creada. Te alabamos a Ti, que eres conocido por el Hijo Unigénito, por quien has sido anunciado, proclamado y manifestado a la naturaleza creada. Te alabamos a Ti, que conoces al Hijo y revelas a los santos las glorias que le pertenecen; a Ti, que eres conocido por el Verbo que has engendrado; a Ti, que te revelas y das a conocer a los santos. Te alabamos, Padre invisible, dador de la inmortalidad.

Tú eres la fuente de vida, la fuente de la luz, la fuente de toda gracia y verdad; amigo de los hombres, amigo de los pobres. Te has reconciliado con todos, te ganaste a todos con la venida de tu Hijo bien amado.

Te suplicamos: Haznos hombres vivientes, danos el Espíritu de la luz para conocerte a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.

Danos el Espíritu Santo, para que podamos narrar y exponer tus inefables misterios. Hable en nosotros el Señor Jesús y el Espíritu Santo a través de nosotros te celebre con himnos, porque Tú estás por encima de todo principado y potestad, de toda fuerza y señorío, de todo lo que tiene nombre, no sólo en este siglo, sino también en el que viene.

Millares y millares, miríadas y miríadas de ángeles y arcángeles te asisten, de tronos y dominaciones, de principados y potestades. En tu presencia están los dos venerabilísimos serafines de seis alas, que con dos se cubren el rostro, con dos los pies y con otras dos vuelan. Ellos proclaman tu santidad, y nosotros te rogamos que, junto a la suya, recibas también nuestra proclamación:

Santo, Santo, Santo, Señor, Dios del Universo; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

Lleno está el cielo y la tierra está llena de tu «magnífica gloria», Señor de las potencias. Llena también este sacrificio de tu potencia y comunicación, pues a Ti hemos ofrecido este sacrificio viviente, esta oblación incruenta.

Te hemos ofrecido este pan, signo del Cuerpo de tu Unigénito. Este pan es signo de su santo Cuerpo, porque el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, lo partió, lo dio a sus discípulos y dijo:

Tomad y comed; esto es mi cuerpo, partido por vosotros para el perdón de los pecados.

Por eso nosotros, al realizar el signo de su muerte, ofrecemos el pan y pedimos suplicantes: Por este sacrificio, vuélvete hacia todos nosotros, sénos propicio, Dios de la verdad. Así como este pan estaba antes disperso sobre las colinas, y después de recogerlo se hizo uno, del mismo modo congrega a tu santa Iglesia de entre toda nación y ciudad, de toda aldea y casa, y haz que la Iglesia sea una, viva y católica.

Te hemos ofrecido también el cáliz, que es signo de su sangre, porque el Señor Jesús, acabada la cena, tomó un cáliz y dijo a sus discípulos:

Tomad, bebed: ésta es la Nueva Alianza, mi sangre, derramada por vosotros para el perdón de los pecados.

Por eso te ofrecemos este cáliz empleando el signo de la sangre.

Descienda, oh Dios de la verdad, tu santo Verbo sobre este pan, para que el pan se convierta en el cuerpo del Verbo sobre este cáliz, y para que el cáliz se convierta en la sangre de la Verdad.

Y haz, que todos los que participen, obtengan el remedio de vida, para que sean curados de toda enfermedad, se consoliden en todo progreso y virtud y no sean condenados, Dios de la verdad, ni sufran la afrenta y el oprobio.

Te invocamos a Ti, el Increado, por mediación de tu Unigénito, en el Espíritu Santo: Ten piedad de este pueblo, hazle digno de progresar, envía a él todos tus ángeles, para anular la acción del maligno y proseguir la edificación de la Iglesia.

Te rogamos también por todos los difuntos, de los cuales hacemos memoria... Santifica estas almas, pues Tú las conoces a todas. Santifica a todos los que se durmieron en el Señor y cuéntalos entre tus santas Potencias: dales un lugar y una morada en tu Reino.

Recibe también la acción de gracias del pueblo, bendice a cuantos te han presentado la oblación y la acción de gracias. Da a todo tu pueblo salud, integridad, alegría y prosperidad de alma y cuerpo, por Jesucristo, tu único Hijo, en el Espíritu Santo, como era y es y será de generación en generación y por los siglos de los siglos.

Amén.

(Tomado de "La gran plegaria eucarística. Textos de ayer y de hoy",
preparado por V. Martín Peinado y J.M. Sánchez Caro, Ed. «La Muralla», Madrid)