Es justo y necesario celebrarte con himnos, darte gracias, adorarte en todo lugar de tu soberanía. Pues Tú eres un Dios inefable, inconcebible, invisible, inaprehensible, siempre el mismo, el mismo eternamente con tu único Hijo y el Espíritu Santo.
Tú nos levantaste de la nada al ser, y cuando habíamos caído, de nuevo nos volviste a levantar, y no te has dado reposo en tu empeño hasta conducirnos al cielo y darnos gratuitamente tu Reino venidero.
Por todas estas cosas te damos gracias a Ti y a tu único Hijo y al Espíritu Santo; por todos los beneficios que has hecho en favor nuestro, por los que conocemos y los que no conocemos, por los que se ven y los que no se ven.
Te damos gracias por esta liturgia que te dignas aceptar de nuestras manos; Tú, a quien sirven millares de arcángeles y miríadas de ángeles', los querubines y los serafines de seis alas y numerosos ojos, que se ciernen alados y cantan y gritan y proclaman el himno de triunfo:
Santo, Santo, Santo, Señor, Dios del Universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. ¡Hosanna en el cielo! Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo!
En comunión con estos ejércitos, también nosotros, Señor, Amigo de los hombres, clamamos y decimos: Santo eres, Santísimo, Tú y tu único Hijo y el Espíritu Santo. Santo eres, Santísimo, y magnífica es tu gloria.
Tu amor por este mundo, que es tuyo, te ha llevado a darle tu Hijo unigénito, para que todo el que crea en él, no muera, sino tenga vida eterna. Él, con su venida, realizó plenamente toda la economía que Tú habías planeado sobre nosotros.
La noche en que se entregaba a sí mismo, tomó pan en sus santas, limpias y puras manos, dio gracias bendiciendo, lo partió, lo dio a sus santos discípulos y apóstoles y dijo:
Tomad, comed. Esto es mi cuerpo, partido por vosotros.
Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz y dijo:
Esta es mi sangre, sangre de la Nueva Alianza, derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados.
Pueblo: ¡Amén!
Así pues, al celebrar el memorial del mandato salvador y de cuanto acaeció por nosotros: de la cruz y la sepultura, de la resurrección al tercer día, de la ascensión a los cielos, de la instauración en el trono a tu derecha, de la segunda y gloriosa parusía, te ofrecemos lo que es tuyo de lo que es tuyo, en todo y por todo.
Pueblo: Te alabamos, te bendecimos, te damos gracias, Señor, te invocamos, Dios nuestro.
Te ofrecemos también este culto espiritual e incruento y te invocamos, te imploramos y suplicamos: Envía tu Espíritu Santo sobre nosotros y sobre los dones que te hemos presentado, y haz de este pan el cuerpo precioso de tu Cristo, transformándolo por el Espíritu Santo. ¡Amén!
Y de lo que hay en este cáliz (haz) la sangre preciosa de tu Cristo, transformándola por el Espíritu Santo. ¡Amén! De modo que aproveche a cuantos van a participar de estos dones, para sobriedad de espíritu, para perdón de los pecados, para la comunicación de tu Espíritu Santo y para la plenitud de tu Reino; y no para juicio, ni castigo.
Te ofrecemos también este culto espiritual por intercesión de todos los que descansan en la fe: por los padres, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los predicadores, los evangelistas, los mártires, los confesores, los ascetas y por intercesión de toda alma justa, perfecta en la fe.
Ante todo, por intercesión de nuestra santísima Señora, la pura, gloriosísima y bendita madre de Dios, siempre virgen María; por intercesión de San Juan Bautista, el Precursor, de los santos apóstoles, dignos de toda alabanza, de San N., cuya memoria celebramos y de todos tus santos: por sus plegarias visítanos, oh Dios.
Acuérdate también de todos los que se durmieron con la esperanza de la resurrección de la vida eterna: concédeles el reposo allá donde se cierne la luz de tu rostro.
Te pedimos también, Señor, que te acuerdes de todo el episcopado ortodoxo, que dispensa fielmente la palabra de la verdad; de todo el presbiterado, del diaconado en Cristo y de todo orden sagrado.
Asimismo, te ofrecemos este culto espiritual por el mundo entero, por la santa Iglesia, católica y apostólica, por los que viven consagrados en profesión de castidad, por los eremitas, que viven en las montañas, en las cuevas y en las oquedades de la tierra, por el fidelísimo emperador, por la emperatriz, amante de Cristo, por toda su casa y su ejército: concédeles, Señor, un gobierno pacífico, para que, gozando de esta calma, llevemos también nosotros una vida tranquila y apacible, piadosa y digna en todo.
Acuérdate, Señor, de la ciudad en que vivimos, de toda ciudad y comarca y de los fieles que en ellas habitan. En particular, Señor, acuérdate de nuestro arzobispo N.
Acuérdate, Señor, de los navegantes y los caminantes, de los enfermos, de los que sufren, de los cautivos, y dales tu salvación. Acuérdate, Señor, de los que en tus santas Iglesias ofrecen frutos, y hacen buenas obras y se acuerdan de los pobres. Y envía sobre todos nosotros tu misericordia.
Y concédenos que con una sola voz y un solo corazón glorifiquemos y alabemos tu glorioso y magnífico Nombre, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Pueblo: ¡Amén!
(Tomado de "La
gran plegaria eucarística. Textos de ayer y de hoy",
preparado por V. Martín Peinado y J.M. Sánchez Caro, Ed. «La Muralla», Madrid)