Del ritual de una secta budista mahayana (Gran Vehículo) que comprende más de 400.000.000 de adeptos, bajo la forma de lamaísmo, en China, Japón, Indochina y Tibet. Se caracteriza por el amor a todos los seres, amor que llega hasta el sacrificio de sí mismo.
La regla XLV prescribe: «Cuando encuentre un animal, el monje debe desearle que se le despierte la razón, necesaria para entrar en el camino de la sabiduría.» Y cuando un laico lleva al convento animales vivientes, cualquiera que sea su especie, el monje debe acogerlo cordialmente diciendo: ¡Oh, qué sumido estás en la ignorancia! ¡Cuánta compasión te tengo! ¡Cómo deseo que te salves!
Después de lo cual se recitará la siguiente fórmula:
Invoco a Buda, su ley y su orden. Estos seres vivientes, apresados por la red, iban a ser llevados a la muerte. Pero han encontrado un hombre devoto y compasivo que les ha salvado la vida.
Yo, monje, los recomiendo a Buda, a su ley y su orden. Pero como están faltos de razón y no pueden comprenderme, ruego a Buda, a su ley y su orden que aclaren las tinieblas de su entendimiento, y que los atraigan hacia sí por misericordia.
Tras una pausa de concentración, el monje prosigue:
Seres vivientes que estáis ante mí, encomendaos a Buda.
Considerando que, por la bondad de Buda, los animales habrán sido iluminados, el monje los llamará «discípulos de Buda» y los exhortará a seguir las enseñanzas del Maestro:
¡Discípulos de Buda, ahora sois admitidos e instruidos! Confieso por vosotros los pecados pasados, para que podáis obtener su absolución. Arrepentíos y decid: «Todo el mal que he hecho en mis vidas pasadas por mi ignorancia, por mi avidez, por mi rebeldía, todos los pecados de pensamiento, palabra y obra, todo lo confieso y de todo me arrepiento».
A continuación los asperja con agua salada bendecida, diciendo:
¡Oh, Buda, que tienes tu morada en las alturas! Impregna de tu virtud esta agua, a fin de que adquiera la facultad de purificar todos los seres.
Tras la aspersión, dice el monje:
Confío en que después de su liberación estos discípulos de Buda no caigan de nuevo en manos salvajes, ni sean apresados por las redes, ni traguen más anzuelos. Confío en que vivan libres y pacíficos hasta su muerte natural. Espero que después de ella renazcan, hombres o fieras, y que hagan el bien y sigan su camino hasta alcanzar el fin. Que su benefactor sea bendito en este mundo y por siempre iluminado.
(Recopilación por José Luis Sierra Valentí, o.p.)