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01. LA HORA DE LA DECISIÓN
Un vendedor de camellos llegó a una aldea para
vender bellos animales a un precio excelente. Todos compraron, salvo
el señor Hoosep.
Pasado un tiempo llegó a la aldea otro vendedor.
Traía camellos excelentes, pero a un precio bastante más alto. Esta
vez, Hoosep compró algunos animales.
– No compraste los camellos que eran casi gratis,
¿y ahora los adquieres por casi el doble? –le criticaron sus amigos.
- Aquellos que eran baratos a mí me resultaban
muy caros, pues en aquella época tenía muy poco dinero –respondió–.
Éstos pueden parecer más caros, pero para mí son baratos, ya que
tengo dinero más que suficiente para comprarlos
02. La margarita y el egoísmo
«Soy una margarita en un campo de margaritas»,
pensaba la flor. «Entre tantas otras, es imposible notar mi
belleza.»
Un ángel oyó lo que pensaba y le dijo: ¡Pero si
tú eres muy hermosa!
– ¡Pero quiero ser única!
Para no oír más quejas, el ángel la llevó hasta
la plaza de una ciudad para que sobresaliera por ser la única. Unos
días después, el alcalde fue allí con un jardinero.
- Aquí no hay nada de interés. Cambiaremos la
tierra y plantaremos geranios.
– ¡Un momento! –gritó la margarita–. ¡Así que
pensáis matarme!
– Si hubiese más como tú, podríamos hacer una
bella decoración –respondió el alcalde–. Pero es imposible encontrar
margaritas en los alrededores, y tú, sola, no haces un jardín.
Y acto seguido arrancó la flor.
03. LA MEDIDA DEL AMOR
-
Siempre quise saber si era capaz de amar como amas tú –dijo el
discípulo hindú a su maestro.
- No existe nada más allá del amor –respondió el
maestro–. Es lo que hace girar al mundo y mantiene las estrellas
suspendidas en el cielo.
– Lo sé. Pero ¿cómo puedo saber si mi amor es lo
bastante grande?
- Procura saber si te entregas o si, por el
contrario, huyes de tus emociones. Pero no te hagas preguntas como
ésa, pues el amor no es grande ni pequeño. No se puede medir un
sentimiento como se mide una calle: si haces eso, sólo percibirás su
reflejo, como el de la luna en un lago, pero no estarás recorriendo
su camino.
04. LA FE DE UN NIÑO
Tras cinco años de sequía, el párroco reunió a
todos para una peregrinación a una ermita de la montaña. Allí
rezarían para pedir que lloviera. En el grupo, el sacerdote se fijó
en un niño que llevaba puesto un impermeable.
- ¿Es
que estás loco? –le preguntó–. Hace cinco años que no llueve y hace
mucho calor. ¡La subida te va a matar de calor!
- Estoy resfriado, padre. Si vamos a pedir lluvia
a Dios, ¿se ha imaginado ya el camino de vuelta? Va a caer un
chaparrón tal, que más vale estar preparado.
- En ese momento, se oyó un gran estruendo en el
cielo y comenzaron a caer las primeras gotas. Bastó la fe de un niño
para realizar un milagro en el que no creían pues no iban
preparados.
05. La ratonera
Con gran preocupación vio el ratón que el dueño
de la granja había comprado una ratonera: ¡había decidido matarlo!
Comenzó a alertar a todos los otros animales:
– ¡Cuidado con la ratonera! ¡Cuidado con la
ratonera!
La gallina, al oír los gritos, le dijo que se
callara: – Mi querido ratón, sé que para ti eso es un problema, pero
a mí no me puede afectar en absoluto. Así que no armes tanto
escándalo.
El ratón fue a hablar con el cerdo, que, al ver
su sueño interrumpido, se sintió molesto.
– ¡Hay una ratonera en la casa!
– Entiendo tu preocupación, y me solidarizo
contigo –respondió el cerdo–. Por lo tanto, te prometo que te tendré
presente en mis oraciones esta noche; más no puedo hacer por ti.
Más solitario que nunca, el ratón fue a pedir
ayuda a la vaca.
– Mi querido ratón, ¿qué tengo yo que ver con
eso? ¿Has visto alguna vez que una vaca haya muerto en una ratonera?
Al ver que no conseguía la solidaridad de nadie,
el ratón se escondió en su agujero y se pasó la noche entera en
vela, con miedo de que le sucediese una tragedia. Durante la
madrugada se oyó un barullo: ¡la ratonera acababa de atrapar algo!
La mujer del granjero bajó a ver si había muerto
el ratón. Como estaba oscuro, no vio que lo que había caído en la
trampa era una serpiente venenosa. Cuando se acercó, la serpiente la
mordió. El granjero, al oír los gritos de la mujer, se levantó y al
verla, la llevó inmediatamente al hospital. Allí recibió el
tratamiento y después volvió a casa.
Sin embargo, seguía con fiebre. Como sabía que no
hay mejor remedio para el enfermo que un buen caldo, mató a la
gallina.
La mujer empezó a recuperarse, y como los dos
eran muy queridos en la región, los vecinos acudieron a visitarlos.
Ante tal demostración de cariño, el granjero, agradecido, mató al
cerdo para poder ofrecer una comida a sus amigos.
Finalmente, la mujer terminó de recuperarse, pero
los costes del tratamiento habían sido muy altos. Su marido tuvo que
llevar la vaca al matadero para pagar con el dinero de la venta de
la carne, todos los gastos.
El ratón, testigo de todo, no dejaba de pensar:
«Bien que se lo advertí, pero la gallina, el cerdo y la vaca no
quisieron darse cuenta de que el problema de uno de nosotros nos
pone a todos en peligro?».
06. La Torre de Babel
(Rufus Jones, 1863-1968)
No estoy interesado en construir nuevas torres de
Babel, con la excusa de que necesito llegar hasta Dios. Tales torres
son abominables; algunas están hechas de cemento y ladrillos; otras,
con pilas de textos sagrados. Algunas fueron construidas con viejos
rituales, y muchas se erigen con las nuevas pruebas científicas de
la existencia de Dios.
Todas estas torres, que nos obligan a escalarlas
desde una base oscura y solitaria, pueden darnos una visión de la
Tierra, pero no nos conducen al Cielo.
Lo único que conseguimos es la misma y vieja
confusión de lenguas y emociones. Los puentes hacia Dios son la fe,
el amor, la alegría y la oración.
07. LAS MALAS HIERBAS
(Basado en un texto de Paulo Coelho)
Con la azada en la mano, comienzo a arrancar las
malas hierbas, sabiendo que las plantas que arranco morirán antes de
dos días.
De repente, me pregunto: ¿está bien lo que hago?
Aquello que llamo ‘mala hierba’ no es sino un intento de
supervivencia por parte de una especie que la naturaleza tardó
millones de años en crear y hacer evolucionar. La flor necesitó
incontables insectos para ser fertilizada, hasta que se transformó
en semilla, el viento la esparció por los campos y, de este modo,
como no está en un único lugar, sino en muchos, sus posibilidades de
llegar hasta la primavera son mayores.
Si estuviese concentrada en un solo lugar,
acabaría siendo pasto de los animales, de una inundación o un
incendio. Pero todo este esfuerzo de supervivencia tropieza ahora
con una lanza, que la arranca sin piedad. ¿Por qué hago eso?
Alguien creó este jardín. No sé quién fue, porque
cuando compré la casa ya estaba aquí. Pero su creador hizo su
trabajo concienzudamente, plantó las semillas con gran esmero y
planificación y cuidó del jardín a lo largo de innumerables
inviernos y primaveras.
Cuando me hizo entrega de la casa, el césped
estaba impecable. Ahora, me toca a mí dar continuidad a su trabajo,
pero no dejo de pensar en una cuestión: ¿debo respetar el trabajo
del creador, o debo aceptar el instinto de supervivencia que la
naturaleza dio a esta planta, hoy llamada mala hierba?
Continúo arrancándolas y colocándolas en una pila
que pronto arderá en llamas. Tal vez esté dando demasiadas vueltas.
Sin embargo, cada gesto del ser humano es sagrado y está lleno de
consecuencias, lo que nos debería obligar a pensar más sobre lo que
hacemos.
Por un lado, esas plantas tienen derecho a
extenderse por donde las plazca. Por otro lado, si no las destruyo,
terminarán ahogando el césped. En el Nuevo Testamento, Jesús dice
que hay que arrancar la cizaña para que no se mezcle con el trigo.
Sin embargo, con o sin el respaldo de la Biblia, me enfrento al
problema concreto al que siempre se enfrenta la Humanidad: ¿hasta
qué punto es posible entrometerse en la naturaleza? Esta intromisión
¿es siempre negativa, o puede, a veces, ser positiva?
Dejo a un lado la azada. Cada golpe significa el
final de una vida, la inexistencia de una flor que se habría abierto
en la primavera; la arrogancia del ser humano que quiere moldear el
paisaje a su alrededor. Necesito reflexionar más, porque en este
momento estoy ejerciendo un poder de vida y de muerte. El césped
parece decir: «Protégeme; esta hierba me va a destruir». La hierba
también habla conmigo: «Vine de muy lejos para llegar a tu jardín;
¿por qué quieres acabar conmigo?».
Pero empuño la azada, ataco las hierbas que no
fueron invitadas a crecer en mi jardín, y me quedo con la única
lección de esta mañana: cuando algo indeseable crezca en mi alma,
debo pedir a Dios que me dé el mismo valor para arrancarlo sin
piedad.
08. FRAGMENTOS DE UN DIARIO INEXISTENTE (III)
(Paulo Coelho)
«Dale al tonto mil inteligencias, y no querrá
sino la tuya», dice un proverbio árabe.
Comenzamos a plantar el jardín de nuestra vida y,
al mirar a nuestro lado, reparamos en que el vecino está
espiándonos. Es incapaz de hacer nada, pero le encanta hacer
comentarios sobre cómo sembramos nuestras acciones, plantamos
nuestros pensamientos, regamos nuestras conquistas.
Si prestáramos atención a lo que dice,
acabaríamos trabajando para él, y el jardín de nuestra vida sería
idea de este vecino. Terminaríamos por olvidar la tierra cultivada
con tanto sudor, fertilizada por tantas bendiciones. Olvidaríamos
que cada centímetro de tierra tiene sus misterios, que sólo la mano
paciente del jardinero es capaz de descifrar. Dejaríamos de prestar
atención al Sol, a la lluvia y a las estaciones, para concentrarnos
en esa cabeza que nos espía por encima de la cerca.
El vecino al que le encanta hacer comentarios
sobre nuestro jardín no cuida nunca de sus plantas.
09. NADA HICE PARA MERECER UN ÁNGEL
– ¿Ves a aquel hombre santo y humilde que va por
el camino? –le preguntó un demonio a otro–. Pues voy a conquistar su
alma.
– No te escuchará, pues sólo presta oídos a las
cosas santas– le respondió su compañero.
Pero el demonio, astuto como siempre, se vistió
de arcángel Gabriel y se le apareció al hombre.
– He venido a ayudarte – le dijo.
– Tal vez me confundas con otra persona
–respondió el hombre santo–. Nunca en mi vida hice nada para merecer
la aparición de un ángel.
Y continuó su camino, sin saber de lo que había
escapado.
10. LOS PUERCOESPINES Y LA CONVIVENCIA
Durante la Era Glacial, cuando muchos animales
morían de frío, los puercos espines se dieron cuenta de la situación
y decidieron juntarse en un grupo. De este modo se darían calor y
protección mutua.
Pero las espinas de cada uno de ellos herían a
los compañeros más cercanos, por lo que volvieron a apartarse unos
de otros. Algunos empezaron a morir congelados.
Tenían que tomar una decisión: o aceptaban las
espinas de sus semejantes, o desaparecerían de la faz de la Tierra.
Con gran sabiduría, decidieron volver a juntarse.
Y así sobrevivieron.
Así aprendieron a convivir con las pequeñas
heridas que una relación muy próxima podía causarles, ya que lo más
importante era el calor del prójimo.
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