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01.
BUSCANDO A DIOS
Un niño pequeño quería conocer a Dios. Y como sabía que el viaje
podía ser largo, puso en su mochila varios paquetes de bizcochos y
seis latas de gaseosas. Así inició su marcha.
Después de recorrer dos o tres calles, vio a una
anciana que estaba sentada en el parque, contemplando unas palomas.
Se sentó junto a ella y abrió la mochila. Cuando iba a tomar un
sorbo de gaseosa, se dio cuenta de que ella tenía cara de hambre,
por lo que le ofreció un bizcocho, ella lo aceptó con gratitud,
sonriente. Su sonrisa era tan bella que, por verla otra vez, el niño
le ofreció una gaseosa. La anciana le volvió a sonreír. ¡El chico
estaba encantado!. Toda la tarde estuvieron allí, comiendo,
sonrientes, sin decir una palabra.
Al oscurecer, el niño se sintió muy cansado, se
levantó para irse, pero apenas hubo andado unos pasos giró en
redondo y corrió hacia la anciana para darle un abrazo. Ella lo
abrazó también y le dedicó la mejor de sus sonrisas.
Poco después, cuando abrió la puerta de su casa,
su madre se mostró sorprendida ante la expresión de felicidad.
- ¿Dónde has estado hoy y por qué te sientes tan
feliz? -le preguntó.
- Merendé con Dios -fue la respuesta-.
Y antes que su madre pudiera replicar, el niño
agregó:
- ¿Sabes una cosa? ¡Tiene la sonrisa más bella
que puedas imaginar!.
Entretanto, la anciana también había regresado a
su casa, radiante de alegría. Asombrado por la expresión de paz que
irradiaba, su hijo le preguntó:
- Madre, ¿qué has hecho hoy que pareces tan
feliz?
- Comí bizcochos con Dios en el parque.
Y antes de que su hijo le respondiera, agregó:
- ¡Es mucho más joven de lo que yo pensaba!
PD: Si no encontramos a Dios en la próxima
persona que salga a nuestro encuentro, es una pérdida de tiempo
seguir buscándolo por otro lado.
02. EL CALIFA Y SU MUJER
Un califa árabe hizo llamar a su secretario:
– Encierra a mi mujer en la torre mientras estoy de viaje
–ordenó.
– ¡Pero si ella ama a Su Majestad!
– Y yo la amo a ella –respondió el califa–. Pero sigo un viejo
proverbio: «Haz pasar hambre a tu perro y te será fiel; hazlo
engordar y te morderá».
El califa partió hacia la guerra y volvió seis meses después. Al
llegar, llamó a su secretario y pidió ver a su esposa.
– Os ha dejado –fue la respuesta del secretario–.
Su Majestad citó un bello proverbio antes de partir, pero olvidó
otro: «Si tu perro está preso, acompañará a cualquier persona que le
abra la jaula».
03. EL EREMITA EN EL DESIERTO
– ¿Por qué vives en el desierto? –preguntó el
caballero.
– Porque no consigo ser lo que soy –respondió el
monje.
– Nadie lo consigue. Pero hay que intentarlo.
– Imposible. En cuanto empiezo a ser yo mismo, la
gente me trata con una reverencia falsa. Cuando soy verdadero
respecto de mi fe, entonces son ellos los que empiezan a dudar.
Todos se creen más santos que yo, pero fingen ser pecadores por
miedo a insultar mi soledad. No dejan de intentar demostrarme que me
consideran un santo, y de ese modo se transforman en emisarios del
demonio, tentándome con el orgullo.
– Si aún sigues pensando que todo el mundo
trabaja para el demonio, entonces realmente es mejor que continúes
en el desierto –dijo el caballero, alejándose de él.
04. ÉSTOS SON MIS AMIGOS
- Este rey es poderoso porque tiene un pacto con
el Demonio – decía una beata en la calle.
El niño se quedó intrigado. Poco tiempo después,
mientras viajaba a otra ciudad, el niño oyó comentar a un hombre que
estaba a su lado:
– Todas las tierras pertenecen al mismo dueño.
¡Esto es cosa del Diablo!
Al final de una tarde de verano, una bella mujer
pasó al lado del niño.
– ¡Esa mujer está al servicio de Satanás! –gritó
un predicador, indignado.
A partir de entonces, el niño decidió buscar al
Demonio.
– Se dice que usted hace a las personas
poderosas, ricas y hermosas – le dijo el niño, en cuanto lo hubo
encontrado.
– No es así exactamente –respondió el demonio–.
Tú sólo has oído la opinión de los que me quieren aupar.
05. GENGIS KAN Y SU HALCÓN
Una mañana, el guerrero mongol Gengis Kan y su
séquito salieron a cazar. Mientras sus compañeros llevaban flechas y
arcos, él llevaba sobre el brazo su halcón favorito, que era mejor y
más certero que cualquier flecha, porque podía subir a los cielos y
ver todo aquello que el ser humano no consigue ver. Sin embargo, no
consiguieron encontrar nada. Decepcionado, Gengis Kan volvió a su
campamento, pero, para no descargar su frustración en sus
compañeros, se separó de la comitiva y decidió regresar solo.
Habían pasado en el bosque más tiempo del
esperado, y Kan estaba muerto de cansancio y de sed. Debido al calor
del verano, los riachuelos estaban secos y no encontró sitio donde
refrescarse hasta que, ¡milagro!, vio un hilo de agua que caía de
unas rocas enfrente de él. En ese mismo momento alejó de sí el
halcón, sacó el pequeño cáliz de plata que siempre llevaba consigo,
estuvo un rato llenándolo, y cuando estaba listo para llevárselo a
los labios, el halcón le arrancó la copa de las manos.
Gengis Kan se enfureció, pero, como era su animal
favorito, pensó que tal vez tenía sed también. Recogió el cáliz, lo
limpió y volvió a llenarlo. Con la copa llena por la mitad, de nuevo
el halcón se la arrancó y derramó el líquido.
Gengis Kan adoraba a su animal, pero sabía que no
podía dejar que se le faltara al respeto, ya que alguien podría
estar asistiendo a la escena desde lejos, y más tarde les contaría a
sus guerreros que el gran conquistador era incapaz de domar una
simple ave.
Esta vez, sacó la espada de su vaina, cogió el
cáliz y se puso otra vez a llenarlo, manteniendo un ojo en la fuente
y el otro en el halcón. En cuanto hubo llenado la copa lo suficiente
y se disponía a beber, el halcón de nuevo levantó el vuelo en
dirección a él. Kan, de un golpe certero, le atravesó el pecho.
Pero el hilo de agua se había secado. Decidido a
beber fuera como fuera, subió el roquedal en busca de la fuente.
Para su sorpresa, vio realmente una poza de agua y, en medio de
ella, muerta, una de las serpientes más venenosas de la región. Si
hubiese bebido del agua, ya no estaría en el mundo de los vivos.
Kan volvió al campamento con el halcón muerto en
sus brazos. Mandó hacer una reproducción en oro del ave, y grabó en
una de las alas: «Incluso cuando un amigo hace algo que no te gusta,
continúa siendo tu amigo». En la otra: «Cualquier acción movida por
la furia es una acción condenada al fracaso».
06. RESPETAR LOS LIMITES
(De los "Verba Seniorum", recopilación de textos
de los primeros ascetas del Cristianismo, que vivían en torno al
monasterio de Sceta, en Alejandría Egipto)
Un grupo de monjes, entre los que se encontraba
el gran abad Nicerio, paseaba por el desierto, cuando ante ellos se
apareció un león. Todos corrieron despavoridos.
Algunos años más tarde, cuando Nicerio estaba en
su lecho de muerte, uno de los monjes le preguntó:
– Padre, ¿recuerda el día que nos encontramos con
el león?
Nicerio hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
– Fue la única vez que lo vi tener miedo
–continuó el monje.
– Pero si yo no tuve miedo del león.
– Entonces, ¿por qué corrió con los demás?
Pensé que era mejor huir una tarde de un animal,
que pasar el resto de mi vida huyendo de la vanidad.
07. LA BRASA SOLITARIA
Juan iba siempre a los servicios dominicales de
su parroquia. Pero como empezó a parecerle que el pastor decía
siempre lo mismo, dejó de frecuentar la iglesia. Dos meses más
tarde, en una fría noche de invierno, el pastor fue a visitarlo.
«Debe de haber venido para intentar convencerme
de que vuelva», se dijo Juan. Se le ocurrió que no podía aducir el
verdadero motivo: lo repetitivos que eran los sermones. Tenía que
encontrar una disculpa, y mientras pensaba, colocó dos sillas
delante de la chimenea y se puso a hablar del tiempo. El pastor no
decía nada. Juan, tras intentar mantener la conversación un rato, se
calló también. Los dos se quedaron en silencio, contemplando el
fuego durante casi media hora.
En ese momento se levantó el pastor, y con ayuda
de una rama que aún no había llegado a arder, apartó una brasa y la
colocó lejos del fuego. La brasa, al no tener suficiente calor para
seguir ardiendo, empezó a apagarse. Juan, con gran rapidez, la tiró
de nuevo al centro del hogar.
– Buenas noches –dijo el pastor, levantándose
para marcharse.
– Buenas noches y muchas gracias –respondió
Juan–.
La brasa lejos del fuego, por muy brillante que
sea, acaba apagándose rápidamente. El hombre lejos de sus
semejantes, por muy inteligente que sea, no conseguirá conservar su
calor y su llama. El domingo que viene volveré a la iglesia.
08. LA BÚSQUEDA CONTEMPLATIVA
Linda Sabatth cogió a sus tres hijos y decidió
irse a vivir a una pequeña hacienda en el interior de Canadá; quería
dedicarse sólo a la contemplación espiritual.
Antes de que hubiera transcurrido un año, se
había enamorado, se había casado de nuevo, había estudiado las
técnicas de meditación de los santos, había luchado por una escuela
para sus hijos, había hecho amigos y enemigos, había descuidado su
tratamiento dental, había tenido un abceso, había hecho autoestop
bajo tormentas de nieve, había aprendido a reparar el coche, había
tenido que deshelar las cañerías, había hecho milagros con el dinero
de la pensión para llegar a fin de mes, había vivido del subsidio de
desempleo, había dormido sin calefacción, había reído sin motivo,
había llorado de desesperación, había construido una capilla, había
hecho reparaciones en la casa, había pintado paredes y había
impartido cursos sobre contemplación espiritual.
– Y al final entendí que una vida de oración no
significa aislamiento –dijo–. El amor es tan grande que hay que
compartirlo.
09. LA CAJA DE PANDORA
(Basado en Paulo COELHO, en El Semanal 4
diciembre 2004)
La violencia atraviesa los océanos Y las
montañas, de nuestro mundo de hoy y de siempre. ¿Qué se puede decir?
Decir algo no basta, puesto que las palabras que
no se transforman en acción «traen la peste», como decía William
Blake.
En algún momento pensé que, si cada uno hiciera
su parte, las cosas cambiarían. Pero puede que, aunque todos hagamos
nuestra parte, siga siendo verdad el dicho: «Contra la fuerza no hay
argumentos».
En uno de los clásicos mitos griegos de la
creación, uno de los dioses, furioso porque Prometeo ha robado el
fuego para dar la independencia al hombre, envía a Pandora para que
se case con su hermano, Epitemeo. Pandora llevó consigo una caja que
tenía prohibido abrir. Sin embargo su curiosidad fue más fuerte:
levanta la tapa para ver su contenido, y en ese momento todos los
males del mundo salen de ella y se esparcen por la Tierra. Sólo una
cosa queda dentro: la esperanza.
Por eso, pese a que todo indique lo contrario,
pese a mi tristeza, pese a mi sensación de impotencia, pese a estar
en este momento casi convencido de que es muy difícil que algo vaya
a mejor, no puedo perder lo único que me mantiene vivo: la
esperanza, esa palabra sobre la que tanto ironizan algunos
pseudo-intelectuales, considerándola un sinónimo de ‘engaño’. Esa
palabra tan manipulada por los gobiernos, que prometen, sabiendo que
no van a cumplir, y desgarran así aún más el corazón de las
personas. Esa palabra muchas veces está con nosotros por la mañana,
es herida en el transcurso del día, muere al anochecer y resucita
con la aurora.
Existe el proverbio «contra la fuerza no hay
argumentos», pero también «mientras hay vida hay esperanza». Y yo me
quedo con éste último.
10. EL LÁPIZ, EL ABUELO Y EL NIÑO
El niño miraba al abuelo escribir una carta. En
un momento dado, le preguntó:
– ¿Estás escribiendo una historia que nos pasó a
los dos? ¿O es una historia sobre mí?
El abuelo dejó de escribir, sonrió y dijo al
nieto:
– Estoy escribiendo sobre ti, es cierto. Sin
embargo, más importante que las palabras es el lápiz que estoy
usando. Me gustaría que tú fueses como él cuando crezcas.
El niño miró el lápiz, intrigado, y no vio nada
de especial.
– ¡Pero si es igual a todos los lápices que he
visto en mi vida!
– Todo depende del modo en que mires las cosas.
Hay en él cinco cualidades que, si consigues mantenerlas, harán de
ti una persona madura.
Primera cualidad: puedes hacer grandes cosas,
pero no olvides nunca que existe una mano que guía tus pasos. A esta
mano nosotros la llamamos Dios.
Segunda: de vez en cuando necesito dejar de
escribir y usar el sacapuntas. Eso hace que el lápiz sufra un poco,
pero al final está más afilado. Por lo tanto, con mucha probabilidad
tendrás algunas dificultades, pero debes ser capaz de afrontarlas,
porque si lo haces te harán crecer como persona.
Tercera: el lápiz siempre permite que usemos una
goma para borrar aquello que está mal. Entiende que corregir algo
que hemos hecho no es necesariamente algo malo, sino algo importante
para mantenernos en el camino de la justicia.
Cuarta: lo que realmente importa en el lápiz no
es la madera ni su forma exterior, sino la mina de grafito que hay
dentro. Por lo tanto, cuida siempre de lo que sucede en tu interior.
Finalmente, la quinta cualidad del lápiz: siempre
deja una marca. De la misma manera, has de saber que todo lo que
hagas en la vida dejará trazos y, por tanto, intenta ser consciente
de cada acción.
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