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1. AGRADAR A DIOS
Un novicio preguntó al abad Nicerio:
- ¿Cuáles son las cosas que debo hacer para agradar a Dios?
El abad le respondió:
- Abraham aceptaba a los extraños, y Dios estaba contento. A Elías no le gustaban los extraños, y Dios estaba contento. David estaba orgulloso de lo que hacía, y Dios estaba contento. El publicano frente al altar se avergonzaba de lo que hacía, y Dios estaba contento. Juan el Bautista fue al desierto, y Dios estaba contento. Jonás fue a la gran ciudad de Nínive, y Dios estaba contento.
Por lo tanto, no existe fórmula para agradar a Dios. Pregunta a tu alma cuál es su voluntad.
2. APRENDE CON LOS MÁS SABIOS
Mira el mundo a tu alrededor, ve el trabajo que se ha hecho, escucha lo que los más viejos quieren enseñar, y utiliza todo eso como si fuese tu herencia. Porque la verdad está ante tus ojos, y cualquier cosa, un hombre, un río, una planta, puede ser tu maestra. Ve cómo el agua fluye libremente entre las rocas e intenta ser como ella. Cada mañana, vístete con las ropas del cielo y de la tierra, lávate con la energía del amor y déjate abrigar por el corazón de la madre naturaleza.
3. LAS CUATRO VIRTUDES QUE HAY QUE CONSERVAR
Aquellos que buscan mejorarse a sí mismos no deben ser prisioneros de teorías o palabras, sino intentar actuar de manera impecable, empleando las cuatro virtudes que hay que conservar: el coraje, la sabiduría, el amor y la amistad.
Existen varios caminos para ello, así como existen varios senderos para llegar a la cima de una montaña. Pero la cima de la que hablamos se llama amor y un verdadero guerrero debe recordar esta palabra cada vez que se encuentre ante una decisión.
Para ello, hay que prepararse y entrenar, pero también hay que actuar, en último término, basándose en la intuición, porque el amor siempre nos permite escoger el mejor camino.
4. DESTRUIR AL PRÓJIMO
(De Malba Tahan, según Paulo Coelho)
Una mujer insistió tanto en que su vecino era un ladrón, que el muchacho acabó preso. Días después, descubrieron que era inocente; el muchacho fue puesto en libertad y decidió llevar a juicio a la mujer.
- Los comentarios no eran tan graves, dijo ella al juez.
- De acuerdo, respondió el magistrado. Hoy, cuando vuelva a casa, escriba todas las cosas malas que dijo del muchacho; después rompa el papel y tire los trozos por el camino. Mañana vuelva para oír la sentencia.
La mujer obedeció, y volvió al día siguiente.
- La acusada será absuelta si me entrega los trozos de papel que ayer esparció por el camino. En caso contrario, será condenada a un año de prisión -declaró el magistrado al día siguiente.
- ¡Pero eso es imposible! ¡El viento ya se lo habrá llevado todo!
- De la misma manera, un simple comentario puede ser arrastrado por el viento, destruir el honor de un hombre y luego ya es imposible reparar el mal que se ha hecho.
Y envió a la mujer a la cárcel.
5. DOS HERMANOS MALVADOS
Dos hermanos, de pésimo carácter, acostumbraban a explotar a los trabajadores de su aldea. Pero para mantener las apariencias, frecuentaban la iglesia los domingos. El antiguo pastor decidió jubilarse, y enviaron a otro a ocupar su lugar, un hombre joven, con fama de decir siempre la verdad, y poseer un gran carisma. Lleno de entusiasmo, este pastor decidió emprender una serie de reformas en el templo. Cuando comenzó la colecta, uno de los malvados hermanos murió.
En la víspera del entierro, el otro hermano buscó al pastor y le entregó un cheque por valor de la cantidad necesaria para terminar las obras que estaban realizando.
- Pero hay una condición, dijo. Mañana, llegado el momento de encomendar el cuerpo, deberá decir que mi hermano fue un verdadero santo. Sé que usted jamás falta a la palabra dada.
El pastor prometió hacer lo que le pedía, aceptó el cheque y lo cobró.
Al día siguiente cumplió su palabra:
- Este hombre fue una mala persona, dijo el pastor durante la ceremonia. Explotaba a los más pobres, prestaba dinero con intereses draconianos, engañaba a su esposa y abusaba de los más débiles.
Tras una pausa, concluyó:
- Sin embargo, comparado con su hermano, que todavía está entre nosotros, el muerto fue un verdadero santo.
6. EL CALIFA MO'AVIA Y LUCIFER
Cuenta el poeta persa Rumi que Mo'avia, el primer califa del linaje de Omniad, estaba un día durmiendo en su palacio cuando lo despertó un extraño.
- ¿Quién eres?, preguntó.
- Soy Lucifer, fue la respuesta.
- ¿Y qué buscas aquí?
- Es ya la hora de las oraciones y tú sigues aquí durmiendo.
Mo'avia se quedó asombrado. ¿Por qué el Príncipe de las Tinieblas, aquel que desea siempre el alma de los hombres de poca fe, estaba ayudándole a cumplir con un deber religioso?
Lucifer explicó: - Recuerda que yo fui creado como un ángel de luz. A pesar de todo lo acontecido en mi existencia, no puedo olvidar mi origen. Un hombre puede viajar a Roma o Jerusalén, pero siempre lleva en su corazón los valores de su patria. Lo mismo sucede conmigo. Todavía amo al Creador, que me alimentó cuando era joven y me enseñó a hacer el bien. Cuando me rebelé contra Él, no fue porque no lo amase. Antes al contrario, lo amaba tanto que tuve celos cuando creó a Adán. En aquel momento quería desafiar al Señor y eso me arruinó. Sin embargo, aún recuerdo las bendiciones que me fueron dadas un día, y tal vez actuando bien pueda retornar al paraíso.
Mo'avia respondió: - No puedo creer lo que me dices. Tú has sido el responsable de la ruina de muchísima gente en este mundo.
- Pues puedes creerlo, insistió Lucifer. Sólo Dios puede construir y destruir, porque es todopoderoso. Fue Él, al crear al hombre, quien colocó en los atributos de la vida el deseo, la venganza, la compasión y el miedo. Por lo tanto, cuando veas el mal a tu alrededor, no me culpes, pues yo no soy más que el espejo de todo lo que de ruin tiene el mundo.
Mo'avia sabía que algo no iba bien y comenzó a rezar desesperadamente para que Dios lo iluminase. Pasó la noche entera hablando y discutiendo con Lucifer, y a pesar de los brillantes argumentos que éste esgrimía, no se dejaba convencer.
Cuando el día ya estaba amaneciendo, Lucifer finalmente cedió, explicando:
- Está bien, tienes razón. Cuando llegué y te desperté para que no se te pasara la hora de las plegarias, mi intención no era acercarte a la luz divina. Sabía que si dejabas de cumplir tu obligación, sentirías una profunda tristeza, y durante los próximos días rezarías con redoblada fe, pidiendo perdón por haber descuidado el ritual. A los ojos de Dios, cada uno de estos rezos, hecho con amor y arrepentimiento, valdría lo mismo que doscientas oraciones hechas de manera automática y rutinaria. Terminarías más purificado e inspirado, Dios te amaría más, y yo estaría más lejos de tu alma.
Lucifer desapareció, y acto seguido entró un Ángel de Luz: - No olvides nunca la lección de hoy, le dijo a Mo'avia. A veces, el mal se disfraza de emisario del bien, pero su oculta intención es causar más destrucción.
Desde aquel día, Mo'avia rezó con arrepentimiento, compasión y fe. Sus plegarias fueron oídas mil veces por Dios.
7. EL CAMINO DEL GUERRERO
La espada sagrada, afilada y reluciente, siempre corta el mal de raíz. Si dicha espada estuviese hecha de hierro, estaría llena de impurezas y se rompería al primer golpe. Sin embargo, fue trabajada y moldeada por la mano del herrero hasta transformarse en acero, y ésta es también una de las cualidades del hombre o la mujer que la empuñan. Cada golpe recibido en el pasado fue también una manera de aprender alguna lección, y evitar las trampas en el futuro.
La verdadera vida está basada en las cuatro virtudes que hay que conservar: el coraje, la sabiduría, el amor y la amistad; y limitarla a su manifestación física es empobrecerla, pues el cuerpo tiene sus límites. El espíritu, sin embargo, es tan grande como el universo, y puede entender todo lo que el amor nos enseña.
El verdadero guerrero está siempre armado con tres cosas: la espada radiante de la pacificación, el espejo cristalino de la sabiduría y la amistad y la joya de la luz divina. Y esta luz divina no se encuentra en el cielo ni en la tierra, sino dentro de cada uno de nosotros.
8. EL CATÓLICO Y EL MUSULMAN
Almorzando estaban un sacerdote católico y un musulmán. Cada vez que pasaba el camarero con una bandeja, todos se servían, salvo el musulmán, que cumplía el ayuno prescrito en el Corán. Cuando terminó la comida y casi toda la gente se hubo ido, uno de los convidados no pudo reprimir el siguiente comentario:
- ¡Mira que son fanáticos estos musulmanes! ¡Menos mal que no tenéis nada que ver con ellos!.
- Sí tenemos, dijo el sacerdote. Él se esfuerza por servir a Dios tanto como lo hago yo. Simplemente observamos leyes diferentes. Es una pena que las personas sólo vean las diferencias que las separan. Si mirasen con más amor, verían lo que tienen en común unos y otros, y se resolvería la mitad de los problemas del mundo.
9. EL LEÓN Y LOS GATOS
Un león se encontró con un grupo de gatos que conversaban. «Voy a comérmelos», pensó. Pero, extrañamente, decidió sentarse con ellos y prestar atención a lo que decían.
- ¡Dios mío!, dijo uno de los gatos, sin darse cuenta de la presencia del león. ¡Hemos rezado toda la tarde! ¡Hemos pedido que lluevan ratones del cielo!
- Y hasta ahora ¡no ha pasado nada!, dijo otro. ¿Será que el Señor no existe?
Y el cielo permaneció mudo. Y los gatos perdieron la fe.
El león se levantó y siguió su camino, pensando: «Hay que ver lo que son las cosas. Yo iba a matar a estos animales, cuando Dios me lo impidió. Y, sin embargo, ellos han dejado de creer en la gracia divina: estaban tan preocupados por lo que les faltaba que no repararon en la protección que recibían».
10. EL NIÑO Y LA TRAICIÓN
Un sacerdote gritaba en la calle: - ¿No somos todos hijos del mismo Padre Eterno? Si esto es así, ¿por qué traicionamos a nuestro hermano?.
Un niño que asistía preguntó al padre: - ¿Qué es traicionar?.
- Es engañar a tu compañero para conseguir determinada ventaja, explicó el padre. - ¿Y por qué traicionamos a nuestro compañero?.
- Porque, en el pasado, alguien comenzó. Desde entonces, nadie ha sabido cómo detener la rueda: estamos siempre traicionando o siendo traicionados.
- Entonces yo no traicionaré a nadie, comentó el pequeño.
Y así fue. Creció, recogió mucho de la vida, pero no dejó de ser fiel a su promesa. Sus hijos sufrieron menos y recogieron menos. Sus nietos no sufrieron. |