DIOS EN LA CIMA

Por Alfonso Canales

Señor, y para verte siempre subía a los montes.
Siempre estás en los montes, nos hablas en los montes,
tu majestad levantas en los montes.

Huía hasta la cima árida para encontrarte. Nubes
me traspasaban; aires brotados de las olas
del mar vecino herían mi piel, al divisarte.

Rugías Tú, afilabas tu navaja de viento
sobre las rocas ásperas, me hablabas de otros montes
plomizos, rociados por la altura que amas.

Te adoraba en las guijas, en los largos estambres
de la flor de alcaparra, en la pizarra llena
de menudos reflejos metálicos.

Te amaba en el almendro visto desde arriba, dorado
por el sol implacable del mediodía justo,
en la música ardiente de los tábanos.

No eras nada de cuanto arriba se veía: y estabas,
empero, sobre todo y en todo, por debajo
de todo, sustentándolo todo, como la tierra
sostiene los pinares, los luminosos árboles
del amor, como estoy sosteniendo este canto.