PRIMER MISTERIO:
ORACIÓN Y AGONÍA DE JESÚS EN GETSEMANÍ
Relato bíblico
Jesús fue con sus discípulos a Getsemaní y comenzó a sentir tristeza y angustia... Les dijo: Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo... Se apartó de ellos, y puesto de rodillas, oraba... Padre, si quieres aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya... Se le apareció un ángel del cielo que le confortaba... Lleno de angustia, oraba con más insistencia... Y sudó como gruesas gotas de sangre, que caían a tierra... Se acercó a los discípulos, y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: ¿De modo que no habéis podido velar conmigo una hora?... Vigilad y orad, para no caer en tentación... El espíritu está pronto, pero la carne es flaca... (Mt 26, 36-41; Lc 22, 40-46; Mc 14,38)
Meditación 1ª
La mente conmovida llega a contemplar la imagen del Salvador en la hora del supremo abandono: «Y tuvo un sudor, como de gotas de sangre que caía a tierra» (Lc 22,44). Esto expresa la íntima pena del alma, la amargura extrema de la soledad, el quebrantamiento del cuerpo decaído. La agonía viene provocada por la inminencia de aquello que Jesús ve bien claro: la Pasión que le espera.
La escena de Getsemaní sirve de estímulo al esfuerzo de la voluntad para aceptar el sufrimiento: «Que no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Palabras que enseñan cómo se sufre, y precisan cómo se obtienen los mayores méritos. Pero también son consuelo interior y verdadero para todas las almas que sufren los dolores más agudos y misteriosos. En esta luz, ¡qué colores de confianza y de ternura adquiere la invocación a María que ha experimentado este íntimo dolor en unión con su Hijo!
La intención de la plegaria se eleva a una devota referencia sobre el Papa, visto en sus universales responsabilidades, objeto de viva preocupación para su propio corazón que, sin embargo, confía en la continua asistencia prometida por Cristo a su Vicario, e invoca a la vez fuerza y consuelo para los que sufren con Él, para los atribulados, para los afligidos... (Juan XXIII)
Meditación 2ª
Los que entienden de eso dicen que Jesús sufrió en su agonía toda la Pasión. Sudó sangre, suplicó a su Padre, lloró con gritos y lágrimas al que podía salvarle de la muerte. Sólo cuando aceptó el plan del Padre y dijo: "¡Hágase tu voluntad y no la mía!, sólo entonces se levantó victorioso del suelo.
Como una consumación del FIAT de su Madre, el de Jesús nos salvó de la muerte eterna. En la oración confiada es donde se decide todo (Ana Mª Primo Yúfera, o.p.)
Meditación 3ª
«Llegaron a un lugar cuyo nombre era Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí mientras voy a orar. Tomando consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, comenzó a sentir temor y angustia, y les decía: Triste está mi alma hasta la muerte; permaneced aquí y velad.»
Estás triste, Señor. No hay consuelo para un condenado. No te ayuda la presencia de Pedro, de Santiago, de Juan. Tienes miedo. ¡Menos mal! Porque nosotros tenemos miedo muchas veces. ¡Es tanto el esfuerzo que nos pides! ¡Son tan grandes las exigencias de tus mandamientos! Y somos débiles, más débiles que Tú, Señor.
Gracias, por la lección que nos das. Cuando sintamos temor y angustia, iremos contigo a orar y diremos: Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya (Sebastián Fuster Perelló, o.p.).