EL ROSARIO, "ORACIÓN EVANGÉLICA" |
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| Por Vicente Forcada Comíns, o.p.
El Rosario es ante todo una oración, y como toda oración es un acto de culto dirigido conscientemente a Dios por un creyente que sabe lo que dice. La oración siempre se dirige a Dios. Dios es la persona a la que se orienta todo acto de culto religioso. Ahora bien unas veces el orante se dirige directamente a Dios, y otras mediante un amigo suyo y amigo nuestro que hace las veces de intercesor en nuestro favor. En nuestro caso, el Rosario es una oración dirigida a Dios y a su Hijo Jesucristo a través de la intercesión de María, Madre de Dios y Madre nuestra. El Rosario, como oración vocal, no consiste sólo en la recitación material de las plegarias, sino que éstas brotan de una conciencia que sabe y cree en lo que dice, aunque a veces sobrevengan las distracciones. La voluntad inicial es la que sigue dando a este acto la categoría de humano. Como oración vocal requiere que se pronuncien las plegarias del Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Pero a cada decena de Avemarías se le asigna un misterio o cuadro de la vida de Jesús y de su Madre, para saborearlo mentalmente mientras se desgrana la oración vocal. Estos misterios se agrupan en tres series que abarcan: la vida de la entrada de Jesucristo en el mundo y su infancia (misterios de gozo); la Pasión y muerte del Redentor (misterios de dolor) y la vida gloriosa del Resucitado y de su Madre (misterios de gloria). La meditación de estos misterios es lo que le da al Rosario un valor de oración evangélica y contemplativa, al mismo tiempo. Según Pablo VI, "por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso interior que favorezcan en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de aquélla que estuvo más cerca del Señor". Oración evangélica Oración evangélica, escribe Pablo VI, "porque saca del Evangelio el enunciado de los misterios y las fórmulas principales (el Padrenuestro y el Avemaría). Porque se inspira en el Evangelio para sugerir, partiendo del gozoso saludo del ángel y del devoto consentimiento de la Virgen, la actitud con que debe rezarlo el fiel, y continúa proponiendo en la recitación sucesiva de las Avemarías el misterio fundamental del Evangelio: la Encarnación del Verbo en el momento decisivo de la Anunciación hecha a María" (Marialis cultus, 44). Y Juan Pablo II, añade: "El Rosario es la oración en la que, con la repetición del saludo del ángel a María, tratamos de sacar nuestras consideraciones sobre el misterio de la redención partiendo de la meditación de la Virgen. Su reflexión iniciada en el momento de la anunciación prosigue en la gloria de la asunción. Profundamente inmersa en el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en la eternidad María se une, por ser Madre nuestra, a la plegaria de quienes aman el saludo del ángel y lo expresan en el rezo del Rosario. En esta oración nos unimos a Ella como los Apóstoles congregados en el Cenáculo después de la ascensión de Cristo, preparándose a recibir al Espíritu Santo el día de Pentecostés. Oraba con ellos María, quien el día de la anunciación había recibido al Espíritu Santo con plenitud eminente. La plenitud particular del Espíritu Santo determina en Ella una particular plenitud de oración. Con esta plenitud singular María ora por nosotros y con nosotros". La plegaria "Santa María" no está literalmente en el Evangelio, aunque está inspirada en la condición de la maternidad divina de María, proclamada por Isabel, y refleja y atestigua la realidad de sus hijos que necesitan siempre su intercesión, sobre todo en la hora de la muerte. La oración del "Gloria", tampoco está literalmente en el Evangelio, pero está implícita en todas sus páginas, muy en sintonía con el mensaje y la vida de Jesús, que todo lo enfocaba hacia la gloria del Padre y quería que así fuese la vida del discípulo: "para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen al Padre" (Mt. 5, 16). Oración contemplativa Contemplar es saborear asimilando; o asimilar saboreando. Este aspecto contemplativo es consustancial a la oración del Rosario. "Sin la contemplación del misterio enunciado, el Rosario es un cuerpo sin alma" (Pablo VI). Bien se dice en algunas partes, al empezar el rezo del Rosario: "los misterios que vamos a contemplar son los de gozo, o de dolor, o de gloria". Contemplar es fijar la mirada de la mente y del corazón en una cosa, connaturalizándose con ella y dejándose empapar por la misma, para saborearla en la placidez de su bondad, que arrastra a amarla. Más que reflexionar sobre el misterio enunciado, se trata de contemplarlo, arropándolo y abrazándolo con el corazón, como lo hacía la Virgen María, la Madre de Jesús, "que conservaba todas las cosas que sucedían en su corazón" (Lc. 2, 31). Contemplar es sumergirse en el misterio y asistir como invitado familiar, a la vez que como actor activo y pasivo, al desarrollo del mismo, sintonizando con los latidos del Corazón de Cristo y desde el Corazón de su Madre, para gustar la virtualidad de la obra redentora y de sus motivaciones de parte de Dios. El espectro que presenta la panorámica de la salvación en el Rosario es infinito, como infinita es la misericordia divina en favor de los seres humanos. Esta misericordia se ve desbordada en la Encarnación, en la Pasión y muerte de Cristo, en su Resurrección y Ascensión, en la efusión de su Espíritu y en la glorificación de la Madre. De esa degustación brotan en el alma de quien de veras contempla, gozo y esperanza en la recitación de la primera parte; compartir la angustia, dolor y muerte, en la segunda serie; alegría desbordante en el recuerdo vivo de la resurrección de Jesús, sentimientos de ternura filial en los misterios de María glorificada. Empaparse, sumergirse, vivir con amor los misterios redentores con los mismos sentimientos de Jesús y de María. A eso nos lleva la contemplación del Rosario. Contemplar es hacer presente por la fe, la esperanza y la caridad, toda la historia de la Redención, fruto del amor que el Padre nos tiene (cfr. 1 Jn. 4,9). Revivir, pues, estos misterios de donación divina es hacer fecunda la Redención en nuestra existencia que encontrará siempre motivos inagotables para entretenerse sin cansancio. Es la alabanza, plena de gozo sapiencia¡ y desbordante, como los coros de los bienaventurados en la gloria. Contemplar es lo que haremos sin cansancio en el cielo. A ello nos prepara el rezo del Rosario en la tierra. El Rosario, plegaria en favor del hombre El 2 de octubre de 1983 enseñaba Juan Pablo II: "En este Año Santo extraordinario de la Redención, también el Rosario adquiere perspectivas nuevas y se llena de intenciones más fuertes y más amplias que en el pasado. Hoy no se trata de pedir grandes victorias. como en Lepanto y Viena, sino que, más bien, se trata de pedir a María que nos haga valerosos combatientes contra el espíritu del error y del mal, con las armas del Evangelio, que son la cruz y la Palabra de Dios. La plegaria del Rosario es oración del hombre en favor del hombre: es la oración de la solidaridad humana, oración colegial de los redimidos, que refleja el espíritu y las intenciones de la primera redimida, María, Madre e imagen de la Iglesia: oración en favor de todos los hombres del mundo y de la historia, vivos o difuntos, llamados a formar con nosotros Cuerpo de Cristo y a ser, con El, coherederos de la gloria del Padre". "Al considerar las orientaciones espirituales que sugiere el Rosario, oración sencilla y evangélica, volvemos a encontrar las intenciones que San Cipriano señalaba en el «Padre nuestro». Escribía él: «El Señor, maestro de paz y de unidad, no quiso que orásemos individualmente y solos. Efectivamente, no decimos: "Padre mío, que estás en los cielos", ni "Dame mi pan de cada día". Nuestra oración es por todos; de manera que, cuando rezamos, no lo hacemos por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que con todo el pueblo somos una sola cosa». El Rosario se dirige insistentemente a quien es la expresión más alta de la humanidad en oración, modelo de la Iglesia orante y que suplica, en Cristo, la misericordia del Padre. Lo mismo que Cristo «vive siempre para interceder por nosotros», también María continúa en el cielo su misión de Madre y se hace voz de cada hombre y en favor de cada hombre, hasta la consumación perfecta del número de los elegidos (cf. Lumen gentium, 62). Al rezarle le suplicamos que nos asista durante todo el tiempo de nuestra vida presente y, sobre todo, en el momento decisivo para nuestro destino eterno, que será la «hora de nuestra muerte»... En este mes de octubre dedicado tradicionalmente al Santo Rosario, quiero recordar a todos que ésta es una oración del hombre para el hombre; es la oración de la solidaridad humana que refleja el espíritu de María, madre e imagen de la Iglesia. El Rosario se dirige a Aquella que es la expresión más alta de la humanidad". El Rosario, escuela de oración Orar es dialogar desde el amor y sobre el amor con Dios. El diálogo tiene dos momentos: escuchar y comunicar. Escuchamos en la contemplación y comunicamos en la oración vocal. Pero siempre "comunicando", aun sin palabras. De ahí que, así como hay dos clases fundamentales de oración, mental y vocal, a su vez, hay dos clases de oración mental: la discursiva (o meditativa) y la contemplativa. Aunque tanto la mental discursiva, como la vocal, conllevan siempre una dosis notoria de contemplación, o a ello deben aspirar. Por otra parte toda oración tiene cuatro notas substantivas, que los estudiosos de la teología han especificado: "alabanza", "gratitud", "petición" y "satisfacción-expiación". Estas cuatro notas las tiene el Rosario de modo notorio, como oración de diálogo, vocal y mental, discursiva y contemplativa. El Rosario es alabanza de gloria a la Trinidad con Jesucristo y con su Madre, llena del Espíritu Santo, que es quien nos enseña cómo debemos orar. En la recitación de las fórmulas, expresamos en una de ellas, al final de cada decena de Avemarías, nuestra ansia incontenible de bendición y alabanza a Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el eco del himno de los tres jóvenes en el horno de Babilonia, invitando a todas las criaturas a bendecir al Señor: "Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor" (Dn 3,37). Otra fórmula encabeza la recitación de cada decena o misterio, con la oración dominical, el Padrenuestro. En ella se expresa la glorificación de los hijos de Dios al Padre, manifestando el deseo de que su nombre sea santificado con el cumplimiento de su voluntad en la tierra como se cumple en el cielo. En la recitación de las Avemarías es patente la expresión de alabanza en la "bendición del fruto de su vientre", Jesús. Y lo mismo en la repetición, del "Santa María". Ella es santa por ser Madre de Dios. Por ello es bendita y alabada por siempre. Bendecir, alabar, glorificar a Dios por su Madre. Toda oración es también acción de gracias. El mero hecho de poder hablar con Dios y de que nos escuche, merece una gratitud de base. Dar gracias es de bien nacidos. Y Jesús nos enseña a darlas. Y en este sentido, tanto en la recitación de las plegarias del Rosario, como en la contemplación de los misterios redentores, encontramos motivos abundantes para agradecer al Señor los dones que nos ha regalado gratuitamente en la vida, Pasión, muerte y resurrección de Jesús. Todo lo ha hecho por amor y la mejor gratitud al amor es devolver amor: "Amor con amor se paga", con amor desinteresado, como el suyo. La oración es, además, petición o impetración. El mismo Señor nos mandó pedir al Padre bueno: "Pedid y se os dará" (Mt. 7,7). Pedir es expresión de nuestra pobreza, con esperanza de que quien todo lo tiene y todo lo puede, nos socorrerá. Hay personas cristianas, muchas, que en la oración sólo piden y piden cosas materiales o bienes temporales, y hasta se comprometen con promesas a cumplir algo que les cuesta mucho, si Dios les concede lo que piden. ¿Y si no les concede? Entonces Dios se queda sin lo ofrecido. Hemos de pedir, pero teniendo siempre en cuenta la jerarquía de bienes, siempre condicionados a la salvación eterna. Esta petición está perfectamente jerarquizada en el Rosario, tanto en el Padrenuestro como en las Avemarías. La oración es, finalmente, satisfactoria y expiatoria. La satisfacción consiste en pagar las deudas con sacrificio, con dolor. La expiación es pagar las deudas con amor, además del dolor. Como Jesús y como María, en quienes el máximo dolor iba unido al supremo amor. El amor no es un anestésico del dolor. Pero hace que el sufrimiento, tanto físico, como moral, se asuman con ánimo y esperanza de alcanzar la victoria. Lo triste es sufrir sin esperanza. Triste, amargo e inútil. Tanto en la recitación de las fórmulas, como en la contemplación de los misterios de la vida de Jesucristo, aparece en el Rosario este aspecto esencial de toda oración: la satisfacción y la expiación. La práctica del Rosario nos hace comprender y compartir con Jesús y con María el dolor y el amor redentores.
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