asuncion 4.jpg (18788 bytes)CUARTO MISTERIO:

MUERTE Y ASUNCIÓN DE LA VIRGEN AL CIELO

Relato bíblico

Os conjuro, hijas de Jerusalén, que si encontráis a mi Amado le digáis que desfallezco de amor... (Ct 5, 8.) Ved que mi Amado me dice: «Levántate ya, amada mía, paloma mía; hermosa mía, y ven»... (Ct 2, 10) ¿Quién es ésa que sube del desierto, como columna de humo, como humo de mirra e incienso y de todos los perfumes exquisitos?... (Ct 3, 6) ¿Quién es ésa que se alza como aurora, hermosa cual la luna, espléndida como el sol, terrible como escuadrones ordenados?... (Ct 6, 10) ¿Quién es ésa que sube del desierto apoyada en su Amado?... (Ct 8, 5) La Reina del mundo deja ya esta triste vida; la Virgen María sube a los cielos; regocijaos, pues reina con Cristo para siempre... María fue llevada al cielo; gózanse los ángeles aclamando, y bendiciendo al Señor... (Antífona litúrgica)

Meditación 1ª

La suave imagen de María se ilumina e irradia en la suprema exaltación. ¡Qué bella escena la Dormición de María, tal como los cristianos de Oriente la contemplan! Ella permanece distendida en el plácido sueño de la muerte, y Jesús está junto a ella, y tiene en su pecho, como a un niño, el alma de la Virgen para indicar el prodigio de la inmediata resurrección y glorificación.

Motivo de consuelo y de confianza en los días de dolor para aquellas almas privilegiadas, que Dios prepara en silencio para los más altos triunfos. El misterio de la Asunción nos familiariza con el pensamiento de nuestra muerte, en una luz de plácido abandono en el Señor, que queremos que esté cerca en nuestra agonía para recoger entre sus manos nuestra alma inmortal... (Juan XXIII)

Meditación 2ª

Se hizo el silencio... María no volvió a hablar... Se nos fue calladamente lo mismo que se extingue el fuego de una llama...

Ahora está con su Hijo; y en le mundo sólo queda el olor de su ternura (Ana Mª Primo Yúfera, o.p.)

Meditación 3ª

Un sueño. Sólo fue un sueño. Nada hubo en su muerte que pudiera turbar la paz de su alma. Nada de aquello que acongoja a los hombres en los postreros instantes. Ni remordimientos, ni tristezas. Su vida había sido una vida de amor. Estaba desprendida de todo el barro del mundo. Vivía sólo para Dios. El era su centro. Por esto podía volar...

A nosotros nos arrastra demasiado el peso de esta vida. Amamos las riquezas. Buscamos los placeres. Queremos «vivir». Por eso, ¡no podemos volar!... (Sebastián Fuster Perelló, o.p.)