SEGUNDO MISTERIO

LAS BODAS DE CANÁ

 

Relato bíblico

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: no tienen vino. Jesús le responde: ¿qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. Dice su madre a los sirvientes: haced lo que él os diga. Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala. Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio. Y le dice: todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora. Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos (Jn 2, 1-11).

Meditación

"Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente" (Juan Pablo II).

Una sonrisa cuesta menos que la electricidad, pero da más luz. Cristo, con su madre María y sus discípulos, va de fiesta. Dicen que a Cristo se le vio llorar muchas veces, pero nunca se le vio reír. Mentira. El vino alegra el corazón del hombre y en Caná sobreabundó en gran manera. Por cierto, que en el milagro se ve la fuerza que la madre ejerce sobre su hijo. Jesús dijo: ¡No!, y María dijo: ¡Sí!, y ella ganó. La fe invita al gozo de vivir. "Nadie será capaz de quitaros vuestra alegría", dijo Jesús en una ocasión (Jn 16,22) (Sebastián Fuster, o.p.)

Plegaria

Señor, Padre Santo, que quisiste, por disposición admirable, que la bienaventurada Virgen María estuviese presente en los misterios de nuestra salvación; concédenos, atendiendo a las palabras de la Madre de Cristo, hacer aquello que tu Hijo nos ha mandado en el Evangelio (Misal romano).