MISTERIOS GLORIOSOS 1. Resurrección
a) "El sábado guardaron el descanso de precepto, pero el primer día de la semana María Magdalena y otra María fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la losa, entraron y no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían qué pensar de aquello, cuando se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?... No está aquí, ha resucitado" (Lc 24. 1-6).
Fue la primera noticia que tuvieron los Apóstoles de que Jesús había resucitado. Ellos no acabaron de creerlo. Pero aquella misma tarde Jesús se presentó ante ellos que estaban en casa, cerradas las puertas por miedo a los judíos, y les echó en cara su incredulidad.
b) Llama la atención el saludo con que Jesús se presenta ante los suyos después de resucitado: "¡PAZ A VOSOTROS!". Es lo que más desea el Señor para los que creen que vive. Paz es tranquilidad del orden, Paz es poner las cosas en su sitio. Paz es una palabra y una idea acariciada por Dios.
En el anuncio del nacimiento de Jesús, el Mesías de Dios, los ángeles anuncian la PAZ en la tierra a los hombres que ama el Señor. Cuando Jesús perdonaba los pecados, terminaba siempre su gesto con la consigna: "Vete en PAZ y no vuelvas a pecar". Cuando se despedía de sus Apóstoles, antes de la Pasión, les decía: "La paz os dejo, mi PAZ os doy" (Jn 14, 17).
c) En nuestro mundo de hoy suena con clamor universal el deseo de PAZ. Es lo que más necesitamos todos a nivel personal y a nivel social, en toda sociedad. Pero la PAZ, la verdadera PAZ sólo la encontrará el mundo en Cristo resucitado y VIVO: "EL ES NUESTRA PAZ" (Ef 2, 14). (Vicente Forcada Comíns, o.p.)
2. Ascensión a) Después de resucitar, Jesús se presentó a sus discípulos "dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y dejándose ver por ellos durante cuarenta día les habló del Reinado de Dios" (Hch 1, 3).Es lo que necesitaban los Apóstoles, la evidencia de que Jesús estaba vivo, el mismo que convivía con ellos antes de ser llevado a la Cruz, en la que murió.
Es lo que necesitamos los cristianos de todos los tiempos: la convicción de que Jesús vive y actúa en todo, que lo ve todo, que lo sabe todo, que lo planea todo. Que está con nosotros hasta el fin de los tiempos.
b) Pero llega un día en que parece que Jesús se despedía definitivamente de los suyos. Ya no estaría presente realmente entre ellos. El les había prometido estar con ellos hasta el final de los tiempos. Pero ahora asciende hacia lo alto y una nube lo oculta a sus ojos. Ellos, sin embargo, tenían que vivir y actuar como testigos de Jesús en el mundo entero. Para ello recibirían una fuerza especial, que era el Espíritu Santo (Cfr. Hch 1, 5).
Parecía que el Maestro se desentendía de la Iglesia. Aunque les habría recordado en las catequesis de aquellos cuarenta días que Él estaría presente en la Eucaristía, que es su Cuerpo y la Sangre de la nueva y eterna Alianza; que era Él en forma de pan y de vino. Pero El, vivo y palpitante, que estaba en presencia del Padre. Pero era cuestión de fe en la palabra del Maestro. Su vida en adelante sería una vida de fe. Fe en su palabra de vida eterna.
c) La vida cristiana es convicción de que Jesús vive. El vive, invisible, entre nosotros, con su inteligencia que lo conoce todo. El vive con su voluntad que nos ama y quiere para nosotros el mejor bien. Jesucristo es un hombre vivo, resucitado y glorioso, que está con los suyos no de manera corporal, pero sí de manera real. Esta es nuestra luz: ¡JESÚS VIVE!... (Vicente Forcada Comíns, o.p.)
3. La venida del Espíritu Santo a) "Al llegar el día de Pentecostés (a los cincuenta días de la fiesta de Pascua) estaban todos los Apóstoles reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban, y vieron aparecer unas lenguas como de fuego que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse" (Hch 2, 1-4).Era el cumplimiento de la promesa del Padre de la que Jesús les había hablado (Cfr. Hch. 1, 4), el bautismo del Espíritu Santo.
Es de notar la presencia de la Madre de Jesús en esta reunión (Cfr. Hch. 1, 14). Desde ese momento, los Apóstoles son testigos valientes de Jesús en Jerusalén, en toda Judea, Samaría y hasta los confines del mundo (Cfr. Hch 1, 8),
b) La venida del Espíritu Santo nos recuerda a cada uno de los cristianos nuestro bautismo, por el que somos hechos hijos de Dios, nacidos del agua y del Espíritu (Cfr. Jn 3, 5-8). Desde ese momento podemos llamar PADRE, o ABBA a Dios, porque lo es (Cfr. Ga 4, 7). Es el Espíritu, derramado en nuestros corazones, el que nos empuja a ser y a obrar siempre y en todo como hijos de Dios (Cfr. Ro, 8, 15-17).
c) Teniendo el Espíritu de Jesucristo, somos testigos que han de dar testimonio en su conducta de que Jesús vive y está con nosotros. Nada ni nadie podrá arrebatarnos el amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Cfr. Ro 8, 28) (Vicente Forcada Comíns, o.p.)
4. Asunción de la Virgena) la Inmaculada, Madre de Dios, no contrajo el pecado original. Por eso estaba exenta de la corrupción de su cuerpo. Y aunque murió, como murió Jesucristo, por exigencias de la redención, fue resucitado su cuerpo y fue llevado al cielo, juntamente con su alma, en donde está junto al cuerpo y el alma de Jesucristo,
Fue un detalle cariñoso del Hijo resucitado. El cuerpo de Jesucristo está glorificado por toda la eternidad. Y tiene un Corazón de carne que ama sensiblemente a su Madre y quiso ser amado sensiblemente por su Madre.
b) Es para nosotros los redimidos, hijos de María, una esperanza gozosa de luz y de felicidad. Somos hijos de Dios que tienen un cuerpo humano, como lo tiene Cristo Jesús. Este nuestro cuerpo, que un día morirá y se corromperá, tiene corazón, que es el instrumento sensible del amor a Dios y a la Madre de Dios. El amor, aunque sea el amor sensible, muy humano, no perece sino que permanece eternamente. Si Jesús quiso tener junto a sí a su Madre para amarla eternamente gloriosa, con un corazón de carne gloriosa, es también normal que la Madre quiera tener junto a sí a todos sus hijos para amarlos con su corazón de carne gloriosa.
c) Por eso la Iglesia la venera como "Madre de misericordia, Vida dulzura y esperanza nuestra". Por eso se aclaman a Ella todos los cristianos, repitiéndole una y mil veces: "Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, tus hijos, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". (Vicente Forcada Comíns, o.p.)
5. Coronación de la Virgen Maríaa) María, la humilde mujer de Nazaret, la esclava de su Señor, es Madre de Jesús. Y Jesús es Rey eterno, como Dios que es. Por lo tanto, María, la humilde Virgen de Nazaret, es Madre del Rey. Es la Reina-Madre. El reinado de Jesucristo abarca la tierra entera y abarca la creación entera. Pero abarca también el espacio increado en donde mora Dios y en donde moran las criaturas incorpóreas creadas por Dios y a las que ha dado a disfrutar de la inmensidad de la luz divina, los ángeles y arcángeles, los querubines y serafines... Dios es Señor y Rey de todo lo creado.
El Hijo de María, Dios, Señor y Rey, en cuanto hombre, es objeto de veneración por parte de todas las criaturas, visibles e invisibles, porque todas fueron creadas por Él. Esta veneración o culto a Dios se tributa desde los seres humanos a través del entendimiento y de la voluntad, a través del entender y del AMOR. Conocer y amar a Dios. Y este conocimiento y amor a Dios se proyectan en el conocimiento y amor hacia la Madre de Jesús, pues de Ella nació verdaderamente, lleno de gracia y de verdad, lleno de vida divina, que nos comunicó a todos nosotros. La vida de la gracia que nosotros disfrutamos nació de María en Belén. Ella es Madre nuestra.
b) María no es Dios. Pero es Madre del Dios humanado. Y como Madre de este Dios humanado ostenta su condición de Reina de toda la creación sin necesidad de signos externos, ni cortejo de personas, ni coronas, sin carrozas ni luces, sin tapices ni músicas. En Ella brilla una cualidad que no tiene ninguna criatura. Es Madre de Jesucristo, el Rey de la creación.
Pero para los humanos, a los que ha dado la vida con Jesucristo, que de Ella nació, es MADRE. Madre, más que Reina. Madre familiar, asequible, cariñosa, acogedora. Por eso la Iglesia de los bautizados la saluda como "Reina y MADRE de misericordia, Vida, dulzura y esperanza nuestra". Por eso le pide que "después de este destierro nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre".
c) Como Reina la admira y la venera. Como MADRE la AMA y siente la mirada de sus ojos "misericordiosos", "maternales", sobre cada uno de sus hijos. Siente que es MADRE y que ejerce de MADRE. Es el gran regalo que nos ha dado el Padre-Dios. Los hijos acuden con confianza a su MADRE. Porque la MADRE es siempre MADRE, que quiere el mejor bien para todos sus hijos. (Vicente Forcada Comíns, o.p.)