|
EL ROSARIO Y RÉGIMEN DE CONTEMPLACIÓN |
|||
|
Por Áurea Sanjuán Miró, o.p.
El Rosario en su sencillez y concreción es un modo, un método y un medio de oración, de una oración que no pretende explicar el Misterio, sino intuirlo, contemplarlo, empaparse de él. Privilegiamos el pensamiento, la razón, pero en realidad lo que nos dinamiza, es la sensibilidad, la emoción, el sentimiento y en definitiva y en el terreno religioso, el deseo de una configuración cada vez más plena con el sentir, el actuar y el mirar de Jesús. El Rosario es un método basado en la repetición, pero en una repetición amorosa que no cansa ni aburre. Cristo tiene un corazón divino rico en misericordia y perdón pero también un corazón humano capaz de todas las expresiones de afecto. "Simón, hijo de Juan ¿Me quieres?. No se nos escapa la belleza de esta triple repetición que se expresa en términos conocidos por la experiencia universal humana. Para comprender el Rosario es necesario entrar en la dinámica psicológica propia del amor La repetición favorece el deseo de una configuración cada vez más plena con Cristo. El Rosario nos ayuda a crecer en esta configuración. Conclusión La vida contemplativa despojada de ese misterio que le conferían las rejas y la separación establecida por una férrea clausura, deviene en un vivir natural y sencillo. Las monjas no somos seres raros pretendiendo una extraña perfección. Nuestro "Vivir escondido en Cristo" es un intento de seguir tras sus huellas. Un intento de pasar, como Él, haciendo el bien. Nuestro contemplar es un intento de mirar por los ojos de Jesús, con "sus gafas". Mirar con el color de su cristal. Mirar con ojos de bondad, de amor y gratitud a personas acontecimientos y cosas. Un intento de ofrecer y compartir "esa mejor parte" y esa "perla de gran valor" patrimonio de todo seguidor de Jesús. Un intento, en definitiva, tarea de todo cristiano. Nuestra contemplación quiere ser cristiana, por eso ha de aportar su fruto. Rezamos "Venga a nosotros tu Reino" y estamos pidiendo "Ayúdanos a construir Tu Reino" Nuestros monasterios quieren ser escuelas de oración, remansos de paz y consuelo. Testimonio de caridad. Rezar el Rosario en la vida monástica es un momento de la jornada y un rezo entre los rezos, pero a lo que aspiramos es a rezar ese Rosario constante que fue la vida de María "que guardaba esas cosas y las meditaba en su corazón". No sólo recitar avemarías, sino obedecer su consejo "haced lo que Él os diga" Reflexión a modo de epílogo: El Rosario un tesoro que recuperar Es mucho lo que se afirma a favor del Rosario, aunque siempre con el condicional "si se recita bien, como verdadera oración meditativa" y desde luego sin la "charlatanería y locuacidad advertida por el mismo Jesús. Sin embargo es obvio que el Rosario padece una crisis que el Papa insta a afrontar. Se va relegando su rezo y en muchos sectores, incluso los religiosos, va quedando en el "baúl de los recuerdos" único lugar en el que los jóvenes conocen ese objeto denominado "rosario" y que usaba la abuela. Una devoción en otros tiempos presente en casi todos los hogares cristianos y que ya no es transmitida a las nuevas generaciones. Una devoción que suscita recuerdos en los mayores. Pero ¿pueden las nostalgias devolver vitalidad? ¿Podrá el Rosario recobrar hoy su vigor? Son orientadoras las palabras de Pablo VI: "Ciertas prácticas cultuales, que en un tiempo no lejano parecían apropiadas para expresar el sentimiento religioso de los individuos y de las comunidades cristianas, parecen hoy insuficientes... porque están vinculadas a esquemas socioculturales del pasado". "La Iglesia, no se ata a los esquemas representativos de las varias épocas culturales ni a las particulares concepciones antropológicas subyacentes, y comprende como algunas expresiones de culto, perfectamente válidas en sí mismas, son menos aptas para los hombres pertenecientes a épocas y civilizaciones distintas". Debemos afrontar con realismo la crisis del Rosario. No basta con afirmar sus valores y privilegios. "Resulta que las formas en que se manifiesta dicha piedad, sujetas al desgaste del tiempo, parecen necesitar una renovación que permita sustituir en ellas los elementos caducos y dar valor a los perennes..." Es cierto que el Rosario puede recobrar su vitalidad atendiendo a la actualidad de esas "Oraciones del corazón" y a la demanda de espiritualidad que aflora en la cultura contemporánea impulsada también por el influjo de otras religiones pero pesan sobre él demasiados prejuicios originados en parte por la conciencia de su origen como alternativa al salterio para la "gente sencilla". El Rosario, pese a los privilegios que le ha otorgado su arraigada tradición, en algunos sectores es considerado como oración de rango popular y humilde. Son conocidas las anécdotas que se cuentan de personas sencillas, casi siempre ancianas y mujeres o "monjitas de clausura" que consiguen algo grande rezando en un rincón de la iglesia su Rosario. Los sabios, los prudentes, los más avezados, tenemos otras cosas más importantes que hacer u otras devociones más cultas. Otra rémora que pesa sobre este modo de oración es su status de "obligación cotidiana". El Rosario, en nuestros ambientes religiosos suele ser un deber que hay que cumplir cada día. Nuestros horarios la incluyen y cuando no se ha podido coincidir con él es frecuente escuchar: "Aún me falta el Rosario". Y ya se sabe lo obligatorio suele dañar la devoción. Por otra parte, el Rosario es sujeto, a veces, de unos encomios que rondan lo desmesurado y que contrastan con la realización concreta de su rezo que muchas veces deriva en una recitación mecánica, soñolienta o bien precipitada. Al Rosario, como oración mariana por excelencia cabe aplicarle la advertencia conciliar ratificada por Pablo VI y más recientemente por Juan Pablo II que nos exhortan a abstenernos de "toda falsa exageración" y a la vez de "una excesiva mezquindad de alma". Exageración que falsea la doctrina y estrechez de mente que oscurece la figura y la misión de María. En este caso la función del Rosario. Ni "falsa exageración" ni "estrechez de mente". Están claras las indicaciones de la Iglesia. Seguirlas nos inducen a relativizar. Relativizar tanto el rezo del Rosario como su estructura, favoreciendo la creatividad y la libertad. El mismo Papa nos ha dado ejemplo de ello alterando el esquema tradicional que conservaba el paralelismo con el Salterio, al añadir una nueva serie de misterios. Es preciso mantener el Rosario en lo que es sin desmesuras que lo falseen ni prejuicios que lo minusvaloren. No es un fin en sí mismo. El Rosario es un modo, un método, un medio de oración. Y como tal está al servicio de la contemplación y sujeto a la vulnerabilidad del tiempo y la evolución sociocultural. Es vano el empeño de mantener lo obsoleto, y es preciso favorecer una metamorfosis que mantenga lo esencial aún dando vida a nuevas formas: "la verdadera devoción, culto y amor a María," esa que consiste en hacer la voluntad del Padre en seguimiento de Jesús. Esto es lo fundamental que hay que mantener. El fin al que como medio conduce es a la configuración con Cristo y a hacernos "como respirar sus sentimientos." |