DIMENSIÓN RITUAL Y FESTIVA DE LA VIDA

Cuando nos acercamos a una fiesta, lo primero que aparece es un ritual, una estructura significativa, un todo integrado de fenómenos solidarios, en los que cada uno depende de los demás para poder significar y actualizar un mito, un acontecimiento o una utopía. Así ocurre en el carnaval, en una romería popular que celebra a su patrón, en la celebración del año nuevo o en cualquier otra fiesta. Vemos una celebración tejida de símbolos, gestos, danzas, juegos que trasuntan riqueza existencial y trascendencia.

1. La urgencia de redimir los vocablos rito y ritual

Antes que nada, es preciso redimir estas palabras para poder entendernos. En nuestro medio, y también en otros ámbitos culturales, han perdido su primitiva capacidad significativa. Son vocablos devaluados, deformados por un sinfín de prejuicios y, por ello, con frecuencia, son vocablos en desuso. Para muchos -incluso para quienes pudiéramos llamar profesionales del rito, clérigos y fieles-, estas palabras evocan, a menudo, sentimientos peyorativos como falsedad, hipocresía, vaciedad. Los ritos, así entendidos, son, de hecho, tolerados con sumo descreimiento, como herencia de una etiqueta anacrónica.

Para otros, según advierte Harvey Cox, los ritos se han convertido en «ideología»: «El ritual se convierte en ideología cuando se usa para sofocar la creatividad, para canalizar la religión o la fantasía dentro de los moldes, cuya aceptación no ofrece riesgos. Las religiones organizadas, cuando se encuentran en períodos de declive, las naciones ansiosas de reforzar el patriotismo y la obediencia, los individuos que sienten estar quizá perdiendo el control de sí mismos, todos ellos se vuelven obsesivos y meticulosos acerca de la corrección en los detalles rituales. El ritual impuesto desde arriba asfixia la espontaneidad y mata el espíritu».

Todas estas razones y sentimientos, y la torpeza reinante en la comunicación simbólica, han provocado la antipatía hacia los rituales. Sin embargo, mal que les pese a quienes sienten este desafecto, nuestra vida, toda ella, necesita de rituales. Nuestras experiencias más íntimas las expresamos ritualmente. Así vivimos y manifestamos el amor y el odio, el dolor y la alegría, los encuentros y desencuentros familiares. El rito es la manera de expresar nuestra relación con la patria, con lo trascendente y con Dios. Sólo a través de ellos nos expresamos y hacemos presentes, nos autocomprendemos y revelamos. Está bien que rechacemos los rituales vacíos, las estructuras significativas que dejaron de serlo, y que creemos otras nuevas. Pero, que aborrezcamos los rituales, sin ninguna justificación válida, equivaldría a aborrecer una dimensión vital de nuestra vida.

2. La intencionalidad de los ritos

Los ritos, en sí mismos, nunca son neutros, opacos. Así podríamos definirlos o dar una idea de ellos: «Es un acto individual o colectivo que siempre, aún en el caso de que sea lo suficientemente flexible para conceder márgenes a la improvisación, se mantiene fiel a ciertas reglas que son, precisamente, las que constituyen lo que hay en él de ritual. Un gesto o una palabra que no sean la repetición siquiera parcial de otro gesto u otra palabra, o que no contengan elemento alguno destinado a que se lo repita, podrán constituir, sí, actos mágicos o religiosos, pero nunca actos rituales». Los ritos siempre dicen algo y hacen presente la realidad que evocan y los trasciende. Esto ocurre en los ritos que pudiéramos llamar, convencionalmente, profanos, pero con idéntica fuerza y mayor riqueza de contenido en los ritos sagrados. A quien conozca el pensamiento de Mircea Eliade esta afirmación le será familiar y evidente.

Importa subrayar -pensando en los rituales festivos- que éstos ejercen una función de «control» contra «la impureza» que atenta a la «condición humana», y, además, una función anamnética. Por una parte, los ritos, en ciertas ocasiones, aseguran la vida del hombre en contra de cuanto pueda desestabilizarla provocando una situación caótica. Son ritos mediante los cuales el hombre se defiende invocando lo mágico, lo mítico o lo sagrado. Por otra, esta función es la que más quiero destacar, los ritos son anamnéticos, es decir: hacen presente aquello que evocan y posibilitan entrar en comunión con un acontecimiento pretérito. Es frecuente leer estas o semejantes palabras en las obras de Mircea Eliade: «La repetición simbólica de la creación implica una reactualización del acontecimiento primordial, la presencia, por tanto, de los dioses y de sus energías creadoras. Escribe: «La vuelta al comienzo revierte en una reactivación de las fuerzas sagradas que en aquel entonces se manifestaron por primera vez. Al restaurar el Mundo tal cual era en el momento en que acaba de nacer, al reproducir los gestos que los dioses hicieron por primera vez, in illo tempore, la sociedad humana y el cosmos todo volvían de nuevo a ser los que entonces habían sido: puros, poderosos, eficientes, con sus virtualidades intactas».

En la experiencia religiosa los ritos tienen la fuerza para re-presentar los acontecimientos míticos y divinos, llenos de sentido. Ellos son un conjunto de hierofanías o teofanías en las que lo absolutamente Otro irrumpe en nuestro mundo, llenándole de sentido. Las hierofanías y teofanías sacralizan lo profano abriéndole a horizontes de trascendencia. Ésta es también una misión de los ritos sagrados.

Por Luis Carlos Bernal Llorente, o.p.