SACRAMENTO Y SACRAMENTALIDAD
La palabra sacramento nos introduce directamente en el mundo cristiano. Dentro de él tiene un significado técnico referido a determinadas acciones rituales realizadas por la Iglesia en nombre de Jesucristo, a través de las cuales actualiza de forma real el misterio de la salvación de Dios, manifestado en Cristo. Como se ve en este primer acercamiento, el sacramento logra reunir en sí mismo algunos de los elementos clave de la fe cristiana. Elementos que se articulan en la secuencia "misterio de la salvación-Jesucristo-Iglesia". En este sentido, el sacramento posee la virtud de condensar o de resumir la "verdad" cristiana y, consecuentemente, constituye una "realidad" central del misterio de la fe. Esta circunstancia plantea a la teología la pregunta por el "lugar" del tema sacramental en la reflexión cristiana.
Si el sacramento es capaz de concentrar lo esencial del universo cristiano habrá que reconocer que la cuestión sacramental, por más que -en primer lugar- afecte a las acciones rituales celebradas por la comunidad eclesial para actualizar la Pascua de Cristo, es mucho más amplia. Tan amplia, en principio, como el todo de ese universo cristiano que consigue resumir. En este sentido, es lícito considerar al sacramento como una categoría fundamental del cristianismo. Una categoría fundamental a la que se le puede dar el nombre, para distinguirla del significado técnico de sacramento, de sacramentalidad.
Con estas últimas consideraciones hemos alcanzado el trasfondo de la cuestión que nos ocupa. Tanto la sacramentalidad como el sacramento nos trasladan al presupuesto primero de la fe cristiana. La fe supone una relación entre Dios que se revela y una humanidad que es capaz de acoger dicha revelación y responder desde la fe. La fe supone la viabilidad del contacto Dios-humanidad. Pero supone más: está indicando también el lugar en el que acontece dicho contacto. Dios y la humanidad se relacionan "en la humanidad que está en el mundo".
Es lógico que esto sea así. Entre Dios y el hombre, dada su diferencia radical, sólo existe un punto de coincidencia: "el hombre mismo". El hombre es creación de Dios. Por lo tanto es, antes que nada, de Dios. Dios no desconoce lo humano. Lo humano es su casa. Únicamente en esa "humanidad de Dios" la criatura humana puede reconocer y atender a la comuninación divina y sentirla propia. De este modo, la humanidad creada actúa como mediación en la relación Dios-humanidad. Se podría decir que esa humanidad mediadora está cualificada por Dios mismo para desempeñar la función de encuentro. En el universo de la fe cristiana, dicha cualificación mediadora ha recibido su sanción definitiva en el momento más importante de la relación entre Dios y la humanidad: Jesucristo, el Hijo de Dios. Él, siendo todo de Dios, es también todo del hombre, es verdadero Dios y verdadero hombre. Su humanidad, por consiguiente, es mediadora de la revelación y de la salvación de Dios a los hombres. Su humanidad es la referencia clave del cristianismo.
La cualidad mediadora de la humanidad (sobre todo la de Cristo) en la relación Dios-humanidad está en el origen de la sacramentalidad y de los sacramentos cristianos. Esa mediación humana que habla de Dios admite el estatuto de huella, de signo, de símbolo. Ese estatuto es sacramental. La humanidad mundana de Cristo es huella, signo, símbolo de Dios. De ahí que, en la economía cristiana, todo tenga un significado sacramental. Todo es sacramental. En primer lugar, Jesucristo que, en su humanidad, es el sacramento fuente y original; luego la Iglesia que prolonga en la historia la sacramentalidad de su Fundador; pero también la naturaleza creada, la palabra de Dios, el discurso sobre Dios etc.
Volviendo a lo que decíamos un poco más arriba, a esta dimensión sacramental envolvente la llamamos sacramentalidad; y, a su vez, a las celebraciones eclesiales en las que se condensa de un modo especial esta sacramentalidad las denominamos sacramentos. Según esto, los sacramentos recogen lo mejor de la verdad sacramental del misterio de la fe; sobre todo, la sacramentalidad salvífica de Jesucristo (puesto que las acciones rituales que se celebran nacen de él y contienen su fuerza salvifica) y la de la Iglesia que celebra y actualiza en nombre de Cristo los sacramentos.
La tradición occidental, desde San Agustín, ha entendido la realidad sacramental a partir de la categoría "signo". Justamente, el signo se caracteriza por cumplir una función de mediación entre dos realidades. El signo es una realidad sensible que permite captar y comprender otra realidad diferente a la que permenece vinculada. En este sentido la pertinencia de su aplicación a la realidad del sacramento explica su éxito. En nuestro caso, la realidad sensible, el signo sacramental, conduce hacia la realidad invisible de Dios y de su don gracioso y salvífico expresado por Jesucristo.
Pero también el pensamiento cristiano ha sido consciente de que el sacramento cristiano era un tipo de signo especial: un signo eficaz, que en verdad producía aquello que significaba. En los últimos tiempos, la teología cristiana, atendiendo a la relación originante entre sacramentalidad y sacramento, y redescubriendo las enseñanzas de los antiguos cristianos de lengua griega, prefiere hablar de los sacramentos como "símbolos". Con ello se quiere corregir la distancia que el concepto signo establece entre la primera realidad concernida y la realidad a la que transporta. El símbolo se caracteriza por reconciliar en sí mismo significados distintos a los que verdaderamente re-presenta. El símbolo, pues, posee una estructura transcendente en su inmanencia, que interesa a la explicación sacramental. Y es que, no ha de olvidarse, que a pesar de la diferencia, nunca suprimida, entre Dios y la humanidad (relacionadas por la fe), es en la humanidad mediadora donde realiza el encuentro entre Dios y la humanidad (piénsese en Jesucristo).
La Iglesia Católica reconoce y celebra siete sacramentos (bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, unción de enfermos, orden y matrimonio) emparentados con momentos salvíficos de la vida de Jesucristo y legados por éste a su Iglesia, y que ésta celebra, ahora, para acompañar el proceso cristiano de sus miembros. Dos de ellos (bautismo y Eucaristía) son los más importantes por conectar más directamente con Cristo y, de ese modo, condensar en sí de una manera más clara la verdad salvífica de la relación de Dios con la humanidad.
Por Vicente Botella Cubells, o.p.