|
|
"Santa María del Bosc" es una pequeña semilla que empieza a germinar con tanta pobreza como fragilidad, con tanta humildad como silencio. Será, en el futuro, si Dios lo quiere así, una casa de oración. El paraje en la que está enclavada tiene todos los condicionantes para ser, ya lo es de momento, un sencillo ofrecimiento a los hermanos, de un lugar donde encontrarse con el Señor en el silencio y la soledad, en plena comunión con Dios, con la Iglesia, con los pobres, con todos los hermanos y con uno mismo en el amplio templo de la naturaleza.
Un hermoso y extenso bosque, en un paraje de una belleza serena inigualable, es el lugar en el que está enclavado. Muy pronto se tuvo que pensar en dotar la casa de la provisión de agua imprescindible. Y se decidió que se iba a perforar la tierra, en el lugar adecuado, para poder encontrar un manantial suficiente para colmar la sed de los futuros orantes.
La perforación del pozo, a la búsqueda del agua fue, para mí, toda una parábola.
Primero, se encontró una breve y superficial alfombra de hojas y pequeñas ramas, medio secas, medio podridas que empezaban a convertirse en el humus que da tanta riqueza a la tierra del bosque. Después apareció una capa de humus, tierra buena, oscura, suave, dispuesta a dar vida.
Siguiendo la perforación se encontró una larga capa de tierra arcillosa, arenisca, con pequeñas piedras. Es el drenaje que la madre naturaleza ofrece para que el agua quede guardada, al menos en parte, en sus entrañas, después de haber fecundado la tierra. Más abajo los obreros encontraron un tramo de tierra blanquecina, caliza, infecunda. ¿Inútil?
Y al final apareció una dura roca de granito. Costaba seguir con la perforación, pero todo hacía pensar que valía la pena hacerlo. Porque después de varios días de trabajo, en el corazón de la dura roca granítica, apareció un manantial de agua viva, fresca, limpia. La tierra, generosa, había premiado nuestra constancia.
Así es el silencio. Has de ser constante si quieres llegar a la fuente. Cuando vives la ruta del silencio puedes pensar que tú también tendrás que llegar a vivir el largo recorrido hacia la propia interioridad: las entrañas de tu alma.
Tendrás que pasar primero por la etapa de las "hojas" que, en su superficialidad, te distraen y quizás te entretienen. Son las "hojas y pequeñas ramas" de las sensaciones de lo inmediato que te pueden distraer: los recuerdos, impresiones, sentimientos, temores, complejos, inseguridades, ilusiones, vivencias de los últimos días en tu casa de siempre.
Pronto ya lo puedes ir superando, pero conviene que seas consciente de que el Señor quiere que lo "dejes atrás", que lo superes, que no te entretengas... que sepas dejar a un lado todo lo que te impide encontrarte contigo mismo, con Él y con los hermanos.
Pasarás por el encuentro de este segundo nivel, más profundo, en la ruta hacia la propia interioridad. Te encontrarás con las heridas de lo que te ha hecho sufrir en los últimos días, el poso que va dejando la rutina de cada día; es la capa de tu quehacer diario, de tus ilusiones y preocupaciones, de tus actividades, de todo aquello que va dejando el roce de la convivencia diaria con tu entorno. Esta tierra es fecunda, sí. De hecho es el lugar donde se prueba y crece tu capacidad de amar y las posibilidades de tu encuentro contigo mismo. Es el núcleo de tu vida, lo que te permite crecer..., pero no te puedes quedar aquí: por la ruta del silencio has de entrar más dentro de ti.
Te encontrarás con las piedras de tu pobreza y la arenisca de tus miserias, de tus reacciones, de tu actitud positiva, con matices negativos, en tu manera de actuar y de darte a los hermanos: es el conjunto de tu vida. Espiritualmente lo has de recorrer, sin detenerte, porque no puedes detener aquí.
El Espíritu te dará la fuerza que necesitas para seguir en este proceso de silencio hacia el pozo de tu propia interioridad. Pasarás por momentos de sequedad, insulsos, en los que te costará orar: es la capa caliza, blanca, anodina que sientes inútil, aunque es aquí donde se prueba tu fidelidad para responder a la llamada de Dios a entrar dentro de ti.
Finalmente te encontrarás con la auténtica dificultad para tu silencio: el granito, la dureza de la roca. Tu alma está formada por tus autosuficiencias y tus orgullos, por tus soberbias y tus deseos de caminar a tu aire. Es la roca de tu cerrazón ante el perdón, y ante el amor abierto, generoso y decidido a los hermanos. Es la roca de tu tendencia a "poner puertas" para defender tu independencia. Para vivir tú, sin que te afecten las cosas que vienen de los demás.
Pero... si quieres orar de verdad, si quieres entrar en el corazón del silencio, no te puedes quedar aquí. Has de proseguir la perforación de la roca de tu propio "yo". Hasta que, indefenso, humilde y gozoso, puedas encontrarte con el manantial que te da la vida.
· "En todo momento el Señor te conducirá al corazón del desierto, saciará tu hambre y te hará fuerte y vigoroso: serás como un huerto anegado de agua, como una fuente que nunca se acabará" (Is 58,11).
· "Mi pueblo ha cometido una doble maldad: me ha abandonado a mi, fuente de agua viva, y se ha excavado cisternas agrietadas que no retienen el agua" (Is 30,20).
Senderos de silencio Manténte en la ruta de silencio. Vive en la constancia y en la paz del encuentro con el hondón de tu propio ser: desde él, reconstruirás tu comunión interior, y vivirás en la disponibilidad que exige el comprometerte a vivir en el sólo Él, y desde Él todo. Tu experiencia de Jesús, interior, profunda vivida desde el silencio, te capacitará para darte del todo: para vivir en plenitud, desde dentro, tu opción por Jesús. Cuando, humilde y disponible, dejas surgir el agua del amor, descubrirás ese amor que, desde dentro, nacido del silencio, será siempre más sincero, más concreto, y más real: se manifestará en una disponibilidad plena para el servicio y la entrega amorosa a la comunidad. Como Marta y María en Betania que acogen al Señor, cada una de ellas, desde su propio carisma. Piensa que Marta es advertida por Jesús por no servir desde el silencio, sino desde el nerviosismo y la inquietud de un activismo desmesurado. El Señor quiere que tú, serena y amorosamente, en total gratuidad, busques los momentos que necesitas para reencontrarte a ti mismo en Él, que te habla en la palabra serena y cercana que va manando de su corazón. Valora los caminos de quietud, silencio y escucha: los necesitas para crecer por dentro (Lc 10,38ss.). Experiencia mística y compromiso de vida Si la experiencia mística no te lleva al compromiso en la vida, no es sincera, ni auténticamente evangélica. Pronunciaron y vivieron la hermosa expresión: "Sólo Dios", hombres de Dios como el Hermano Rafael, o Helder Cámara. Ambos vivieron una intensa experiencia de Jesús que, por caminos distintos, les llevó a un compromiso total en la vida. También la pronunció la Madre Teresa de Calcuta. Su mirada profunda y penetrante reflejaba que estaba acostumbrada a la experiencia interior de Jesús. Pero la verdad de esta mirada podía autentificarse, en la rugosidad de sus manos gastadas en el servicio humilde a los más pobres y desamparados de la sociedad. La ternura de su honda mirada contrastaba con sus pies agrietados y deformes. Pero esos pies hablaban de la sinceridad evangélica de su amor. |