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La teofanía de Mambré
En el capítulo 18 del libro del Génesis se lee este relato:
"Se apareció Yahvé en el encinar de Mambré, mientras Abraham estaba sentado a la entrada de la tienda, en lo más caluroso del día. Alzando los ojos miró, y he aquí que tres hombres estaban parados cerca de él. Tan pronto como les vio, corrió a su encuentro desde la entrada de la tienda y se postró en tierra. Y dijo: Señor mío, si he hallado gracia ante tus ojos te pido que no pases de largo junto a tu siervo. Que traigan un poco de agua, lavaos los pies, y tendeos bajo el árbol. Voy a traer un bocado de pan para que reconfortéis vuestro corazón. Luego pasaréis adelante: que para eso habéis pasado junto a vuestro servidor. Y los tres contestaron: Haz como has dicho" (Gn 18,1-5).
La tradición cristiana ha visto en este paso de los tres misteriosos peregrinos un anuncio de la Trinidad en el corazón del Antiguo Testamento. Pero hay que notar que Abraham los acoge porque era hombre de fe, siempre atento al paso de Dios por su vida. Abraham hace todo lo posible para que aquellos peregrinos sean atendidos con la proverbial hospitalidad de su familia. Los venera como auténticos enviados de Dios.
El paso de los "tres", por la vida de Abraham, junto al encinar en el que tiene establecida la tienda, que comparte con su esposa Sara, es un paso fecundo. Abraham y Sara reciben el anuncio de un hijo que colmará su fe en las promesas de Dios y les convertirá en padres de una multitud de creyentes.
Muchos siglos después, Andrei Rublev, a la luz del relato del libro del Génesis pinta su conocido icono de la Trinidad. Una copia de este icono estará en todos los monasterios ortodoxos, como signo visual de la vocación orante del monje: su vida consistirá en entrar a compartir el diálogo de Amor de la Trinidad, participando en él, desde el silencio, la santa liturgia, y la oración de alabanza.
Es la representación iconográfica de una fiesta de comunión: los "tres" peregrinos, con su bastón de caminantes en las manos, están sentados en la mesa del compartir en comunión. Es la mesa del Amor. Es signo de la paz y del amor. Esta mesa de la comunión en el amor es la fuente de la ternura. Es anticipo y plenitud de la mesa de la eucaristía, comunión con el Cuerpo de Cristo, y desde Él, comunión en el Amor del Padre y del Espíritu Santo. Es la mesa de la ternura del Amor hecho Pan de Vida para compartir. Es la ternura que siempre nace de dentro. Y es alimentada por el Pan de Vida.
Tu vida es una encina acogedora como la de Mambré
El amor auténtico y sinceramente vivido no es un mandato que se te impone. Jesús quiere que nazca de dentro. Tiene su raíz en el don del Espíritu que recibiste el día de tu bautismo. Porque tu vida ha de ser como la mesa de la comunión abierta hospitalariamente bajo la encina de Mambré. ¿Cómo establecerás esta mesa?...
· Vive en la autoestima.
· Acéptate tal y como eres.
· Reconoce los dones que Dios te ha dado, y con la misma sencillez reconoce todo lo que entorpece que el Amor de Dios se pueda manifestar en ti.
· Vive en la armonía interior. En la paz de saberte amado por el Padre. En el gozo de la plenitud del Don del Espíritu en ti. En la convicción de que Jesús te habita y ha establecido su morada en ti.
· Eres morada de la Trinidad. Ella te habita y crea en ti mismo un lugar de comunión y de amor que se contagia.
· Vive en la paz confiada de quien se ha abandonado en las manos amorosas del Padre.
· Pon en sus manos tu pasado, para que lo acoja, tu presente para que lo fortalezca y tu futuro para que lo proteja. Que la confianza de saberte amado por El te inunde de su paz.
· Vive en el equilibrio de quien tiene un centro en que apoyarse. Él, sí, Él, sólo su Amor, sólo Él, nada más, nadie más... Porque tu vida ha sido unificada en Él. Con Él eres unidad en el Amor, y siembras unidad entre los hermanos.
· Reconoce su rostro en tu pobreza. Permítele a Él que te habite y te ame siendo, como eres, pobre y limitado.
· Permanece en la humildad, aceptando la experiencia mística que supone todo reconocimiento de la propia tierra, la propia nada, la realidad más profunda de tu ser y de tu vida.
· Ámale desde tu pobreza y desde tu miseria.
· Reconoce tu nada, porque así verás que Él es tu Todo. Llegarás al Todo asumiendo humildemente el camino de tu nada. Desde tu "nada" te será más factible amar y servir a tus hermanos en el amor.
· Vive consciente de que Él te pide que dés amor, y que te dés a ti mismo con amor. En Él tendrás la seguridad de saberte amado tal y como eres.
· Aprende a interiorizar. No vayas al jardín, no, no vayas allí, el jardín está dentro de ti. Si en ti hay una fuente, no vayas a otra fuente, la vida corre dentro de ti. La plenitud del ser está en tu interior, no olvides que eres templo de Dios.
· Serena tu alma en la paz. Acepta la necesidad de recorrer a lo largo de tu ruta caminos de descanso.
· Vive en la confianza abandonada. Reconoce que en Él eres un don de su Amor. Dile, al menos, esta honda oración:
"Señor!
¿Quién me has hecho? ¿Qué soy yo?
Si Tú eres el aire y eres el sol,
si Tú eres el aroma y el color,
eres el huésped y el árbol que lo acoge.
¿Soy yo la encina?... ¨¡Oh sí, soy yo!.
Soy el milagro de "tu" Amor,
que callabas y celabas secreto en tu corazón
esperando mi añoranza, mi anhelo
grito sin voz que desgarraba las cuerdas de mi ser hecho oración-
para mostrarme el regalo
con el que, fundido en ti,
vivo transformado en Amor".
Cuando la vida de servicio humilde a los más pequeños te lleva a ser "ángel de caridad y de paz", no pienses que se te propone un objetivo superficial o poético. La misión de caridad y de misericordia de todo seguidor de Jesús, en la cercanía sincera con el que sufre, pide un corazón lleno de ternura transformado por el Amor, una vida que sea, en verdad, fiesta de comunión, celebrada a la sombra de la encina de Mambré.Ama la vida... Déjate vencer por la ternura. Y tú que has de servir a tus hermanos en el Amor, hazlo volcando en tu oración y en tu vida, en tu atención a los pequeños y a los pobres, la vasija del Amor que hay en ti.Es el Amor al que adoras en la presencia eucarística. Llénate del Amor. Llénate de Dios. Deja que Él te inunde de presencia.
Lo entregarás con sencillez... como sin darte cuenta. Como siempre ocurre con las cosas de Dios.
Senderos de silencio
Siempre recordaré un momento privilegiado, en el que, desde mi Ermita Blanca, pude contemplar en el camino cercano, el paseo silencioso y orante de aquel buen sacerdote anciano que, desde hacía años, era ermitaño.Lo veía a lo lejos. Él no advertía mi mirada. Caminaba despacio, como saboreando cada uno de sus pasos.Vi que llevaba una pequeña madera en sus manos... Miraba el entorno y, de vez en cuando, miraba aquella madera, que, después, supe era un icono del Señor.De pronto, parece que su andar es más lento. Se detiene, observando absorto el icono del Señor que sostiene en sus manos.Desde mi lugar privilegiado, "veía" su silencio, e intuía su oración. Todo era silencio... y todo era "palabra". Hasta parecía que la naturaleza acompañaba aquella intensa oración hecha con una simple mirada.A veces, para orar, sólo hace falta aprender a "mirar", y "ver" con los ojos del corazón, y la mirada interior del alma. En esta oración del "mirar", llegas a descubrir que Él te invita a reconocerlo en los acontecimientos de cada día... Pero sueles caminar tan aprisa... Tienes tan poco tiempo para detenerte...
Quizás si buscaras aprovechar "esos" pequeños momentos para discernir y encontrarte con Él en el silencio, te llevarías la sorpresa de descubrir que Él siempre camina contigo. Y muchas cosas cambiarían en tu vida... |