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"Pido al Dios de nuestro señor Jesucristo, al Padre glorioso, que os conceda el don espiritual de comprender su revelación para que conozcáis, de verdad, quien es Él... Le pido que ilumine la mirada interior de vuestro corazón, para que conozcáis a qué esperanza os ha llamado" (Ef 1,17-18a)
Jesús, en su predicación del Reino, habla frecuentemente de los diferentes elementos de la naturaleza, que constituyen el entorno de la vida de los hombres. Hablaba del viento, del agua, de la tierra, del cielo, del fuego, de los campos y de las semillas, de los rebaños y de los sembrados, con la seguridad de ser bien comprendido por aquellos que tuvieron el privilegio de escucharle.
Su predicación pocas veces se realizaba en un lugar cerrado. El Maestro prefería lugares abiertos, donde la sonoridad viva de su voz llegaba a sus oyentes con una claridad entrañable. Casi todas las parábolas del Reino son proclamadas junto al mar de Galilea, escenario del Sermón del Monte, y testigo de sus curaciones liberadoras. A campo abierto, junto al agua, llama a sus primeros seguidores que no dudan en dejar las redes y la barca para seguirlo.
Últimamente he sentido, con una fuerza muy especial, la necesidad de "acudir" espiritualmente a este ámbito en el que se desenvuelve buena parte de la vida de Jesús entre nosotros. Por ello, a la hora de escoger un "entorno", real e imaginario, al mismo tiempo, en el que situar estos senderos de oración, que me siento invitado a proponer, no he dudado elegir "la parábola del agua", como punto de partida, para invitar a los hermanos y hermanas que han hecho opción de vida por Jesús, en los diferentes caminos y carismas del conjunto de la Iglesia, a vivir una experiencia de Jesús en el silencio.
Propongo una ruta oracional que se ha de recorrer con el aire de un buen caminante, en hermosa expresión de Helder Cámara, y manteniendo la mirada fija en Jesús, tal como leemos en la carta a los Hebreos. Estos ojos fijos en Jesús han constituido el alma de mi predicación, y también de mi propia vida de opción por Él especialmente en los últimos años.
A lo largo de este tiempo, en las numerosas experiencias de oración compartidas con hermanos y hermanas de diferentes países, alguien me hizo ver la fuerza expresiva que se podía encontrar en el agua para ambientar una experiencia de Jesús en el silencio.
El agua "útil, casta y humilde" de la que nos habla san Francisco de Asís, será como el entorno natural que nos acogerá. Con su manar y fluir silencioso nos recordará el anonimato en el que ha de vivir todo seguidor de Jesús. Porque el agua siempre es silenciosa. Incluso cuando "suena" en el romper de las olas en el acantilado, la monotonía reiterativa de su encuentro con las rocas tiene gusto de silencio.
Pero el agua que puede apagar completamente nuestra sed, nace de dentro. Y va manando y abriéndose camino con la fuerza vitalmente vigorosa de su silencio. De una manera o de otra acabará llegando a su plenitud en el océano, o en el mar. Porque todo ser creado encuentra su sentido en el caminar hacia la plenitud. Y toda gracia, nacida en el corazón de Dios, vuelve hacia Él, arrastrándonos a nosotros mismos, para llevarnos a sumergirnos para siempre en la inmensa plenitud del océano de Amor que es Dios.
Muy acertadamente afirmaba San Agustín: "Dios te ofrece su don, tú le das las gracias, y entre los dos se establece un diálogo ininterrumpido de Amor".
Se hace inevitable la evocación de las palabras proféticas: "Buscad conocer al Señor. Él está preparado para levantarse como la aurora, llegará a nosotros como la lluvia de otoño, o como las aguas torrenciales de primavera que inundan la tierra" (Os 6,3).
"De la misma manera que la lluvia y la nieve caen del cielo, y no retornan, sino que empapan la tierra y la hacen germinar, hasta dar simiente a los sembradores y pan para el alimento; así será la Palabra que sale de mis labios: no retornará a mi infecunda. Realizará lo que yo deseaba y cumplirá la misión que yo le he confiado" (Is 55,10 s).
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