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"Un sonido purísimo se ha elevado a través del silencio...
Una franje color límpido se ha dibujado sobre el cristal...
Una luz se ha fijado en el fondo de los ojos que yo amo...
Eran tres cosas pequeñas y breves:
un cántico, un rayo, una mirada..." ( T. de Chardin)
¡La Belleza!... " Y vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien" (Gn 1,31). Todo para su gloria y para que el hombre lo disfrute. Todo para nosotros. Un don inconmensurable que sobrepasa nuestra capacidad de asombro. Una invitación a mirar agradeciendo, a bendecir cantando, a orar bendiciendo, a admirar contemplando...
Alma mía bendice al Señor,
Dios mío, qué grande eres,
vestido de esplendor y majestad,
arropado de luz como de un manto...
Tú despliegas los cielos como una tienda
haciendo de las nubes tu carroza...
sobre las alas del viento te deslizas... (Sal 103)
Dios creó la Belleza. Y toda la creación es más bella desde que Dios la miró con los ojos de Jesús. Escribe San Juan de la Cruz:
"Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura
y yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de hermosura".
El "Cántico de los tres jóvenes" (Ez 51) es una explosión de gozosa gratitud, como si el autor llevara, entusiasmado, la dirección de ese concierto maravilloso la creación entera para que exulte, bendiga, cante y demuestre de mil maneras la explosión de alegría por tener un Dios que lo ha hecho tan bien.
"Ángeles, cielos, mares y ríos, bendecid al Señor; cantadle, exultadle eternamente... Sol y luna, astros, viento y lluvia... todos los elementos... ¡todos!, bendecidle, cantadle, exultadle... Noches y días, luz y tiniebla, todo ser que vive... ¡alabe, exulte, bendiga al Señor...!"
Esto es ORAR... La Belleza está ahí, a nuestro lado. Nos rodea, nos envuelve... Pasamos por ella... ¡con tanta prisa, muchas veces...! Este mundo de la velocidad que pisa con nerviosismo el acelerador, hasta para ir "a descansar..." Y va dejando atrás, no sólo asfalto, sino un mundo de armonía, color, gracia y hermosura.. Todo es una invitación a detenerse, mirar..., trascender lo visible, para bendecir la mano que, gratuitamente, lo ha creado...
"Decid si por vosotras ha pasado...", pregunta San Juan de la Cruz a los campos esmaltados de flores.R. Tagore, el poeta hindú de la sensibilidad y la delicadeza, lo entendía muy bien. "El que puede abrir los capullos ¡lo hace tan sencillamente...! Los mira nada más. La savia de la vida corre por las venas de las hojas, los toca con su aliento y la flor abre sus alas y revolotea en el aire..., y le salen, sonrojados, sus colores, como ansias del corazón... Y su perfume traiciona su dulce secreto... ¡Ay, el que sabe abrir los capullos..., lo hace tan sencillamente...!"Todo el universo canta la gloria de Dios y desde la cumbre de la creación en que ha puesto al hombre, este debe trascender su finitud y asomarse al Dios creador, infinito."El orbe entero es una inmensa hostia, no consagrada, pero si sagrada, por la presencia universal sacralizadora de Jesús" (M. Llamera, o.p.).Los espíritus sensibles a lo bello, a lo grande, saben hablar con las flores, el agua y las estrellas... Saben detenerse... Mirar y admirar... Y desde ahí, pueden ORAR, ADORAR, BENDECIR, ALABAR...
Saben ser un rumor que reza en el silencio de la noche, un salmo que canta con el viento, una sencilla oración desde una flor, un tímido lamento desde el deseo de saber orar mejor, saber agradecer... Saber gritar con al orbe entero:
¡GLORIA AL PADRE, GLORIA AL HIJO, GLORIA AL ESPÍRITU SANTO...
Por Sor Ana María Primo Yúfera, dominica contemplativa. |