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Y Jesús adoctrinaba así a sus discípulos: "Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto" (Mt 6,6).
En lo secreto y... cerrada la puerta. Sin más testigo que el silencio.
¡Oración!... "una inmersión por amor en el OTRO". Una inmersión en ese hondón del alma, donde Dios mora por la gracia y donde sabemos que El nos vive desde dentro. Una inmersión que se logra perseverando en "hacer silencio"... Recuerdo haber leído que hay en ciertas playas niños negros que se sumergen muchas veces en el agua y vuelven a salir con las dos manos llenas de arena. La sueltan y se vuelven a sumergir... Y así, horas y días. Alguna vez, seguro, al cabo del tiempo, entre la arena hay una concha y en la concha una perla... iha merecido la pena...!, porque de no haberse sumergido con perseverancia, la perla habría permanecido en el mar.
¡Silencio!... ¿por qué se le teme tantas veces?... ¿Porque nos interroga?... ¿Porque nos exige?... ¿Porque nos recuerda lo que preferiríamos olvidar?... ¿Porque nos cuestiona?... ¿Por qué?... Las calles, el metro, el autobús, hasta las salas de los hospitales están llenas de gente con los auriculares puestos, conectando con el transistor, el cassette, la TV... y, claro, el móvil también... Un bloqueo imparable del silencio...
Y la Palabra de Dios está ahí: "entra..., cierra la puerta..., ora a tu Padre que está EN LO SECRETO, esperándote"... Está donde la intimidad habla en voz baja..., donde la cercanía es solo una brisa, un murmullo, un suspiro...
¡Silencio!... ¿por qué se le teme?... ¿Por qué se le ahoga?... Escribía Pablo VI que "el hombre interior ve en el tiempo de silencio como una exigencia del amor y le es normalmente necesaria una cierta soledad para sentir que Dios le habla al corazón... La búsqueda de la intimidad con Dios lleva consigo la necesidad verdaderamente vital de un silencio de todo el ser" (ET).
Necesitamos silencio para orar... ¿Tan difícil es "una inmersión" en aquel corazón que se ama? Conocer "al otro", abrir ese mundo interior que siempre está en búsqueda y anhelo, conocerse mutuamente, intercambiar amor... todo eso necesita intimidad.
Orar requiere la suspensión de muchos rumores que estorban, de impresiones sensibles, de estímulos que paralizan nuestra libertad interior para pensar... Silencio, para un poco de tranquilidad que deje afuera el vértigo acelerado y trepidante de la vida... Porque, no lo olvidemos. Jesús dice: "entra y cierra la puerta..., allí el Padre te espera en lo secreto..."
Todos llevamos dentro un anhelo de trascendencia, un anhelo de Dios, aún sin saberlo. El limite de todo lo humano, que cada día experimentamos, nos lleva a la insatisfacción y al deseo de "algo más". San Agustín, que fue un buscador incansable, lo decía así: "Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti".
¿Por qué, pues, enfocar el silencio sólo como una ascesis? Es un camino de oración y, por tanto, una cuestión de amor. Porque no se trata de un silencio de "métodos", sino de enamorados. ¿No es verdad que cuesta muy poco moderar las voces que estorban el recuerdo de lo que se ama?... ¿Verdad que no es difícil reproducir en el fondo del alma la imagen querida?... ¡Cómo estorba que nos distraigan de ciertos recuerdos que acariciamos con cariño...! El rostro de la madre que ya no está con nosotros..., del amigo fiel que se lo jugó todo por ayudamos..., del novio, de la novia... ¡Qué difícil, por no decir imposible, el silencio interior que sólo es ascesis... ! ¡Y qué fácil cuando es una necesidad del enamoramiento...!
Y Dios nos arrastra hacia adentro... El Padre nos atrae poderosamente hacia su ardiente centro, nos arrebata del dominio de todo centro que no es El.
¡Oración!..., inmersión por amor en el OTRO. Y ese OTRO, desde el centro de mi ser, me ruega, me pide que esté con El... ¡Me espera en lo secreto! Porque el tiempo de oración es una exigencia intrínseca de la amistad, que es el mayor de los exilios, porque nos saca de nosotros mismos para un trasvase total hacia el OTRO..., y hay que vivirlo en clave de amor. Un amor que pide desalojar de nuestra más íntima intimidad todo lo que estorba...
De un fraile dominico, que murió hace unos años, es esta oración:
"DIOS PADRE MÍO:
desaloja mis "ídolos".
Desaloja de mí toda persona o cosa
que ocupa un lugar indebido:
la que arropa mi soledad,
la que dulcifica mi renuncia,
la que no quiero perder...
Son mis ídolos, Señor.
Se interfieren entre Tú y yo.
¡Desaloja mi interior, Padre!
Tú solo eres mi Dios,
el único sostén de mi opción evangélica...
Vivir a la intemperie: en esa pobreza íntima
que es despojo, renuncia, soledad,
para hacer sitio a la solidaridad.
Sin otras razones de vivir.
¡SÓLO TÚ Y TU PUEBLO!" (A. Sanchís, o.p.)
Por Sor Ana María Primo Yúfera, dominica contemplativa. |