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Había sufrido mucho Moisés: exilio, rebeldía del pueblo, despojo de todo arrimo... Y nunca había protestado. Un hombre amasado de mansedumbre, hecho para la voluntad de Dios. Y había orado mucho... Surcos de manso silencio atravesaban su alma contemplativa.
Se querían mucho Yahvé y Moisés. Cuando le manda construir el Santuario le promete: "allí me encontraré contigo..." (Ex 25,22). Y allí esperaba siempre Moisés.
"Yahvé hablaba con Moisés cara a cara, como un hombre habla con su amigo" (Ex 33,11). Así era frecuentemente en la "Tienda del Encuentro". Y aquel mutuo amor se iba intensificando más, cuanto más íntimos eran los encuentros. Era una amistad cara a cara... Se quemaban las pupilas de Moisés a fuerza de tenerlas fijas en Yahvé... Hasta que un día Moisés ya no pudo más : "Déjame ver tu gloria..." (Ex 33,18)
Hasta aquí, Moisés, porque "mi gloria no puede verla hombre alguno y seguir viviendo... Imposible. Se "fundirían los plomos"... ¡no dan para tanta descarga de luz!
Pero, aún sin ver el rostro de Yahvé, su gloria, le quedan a Moisés intimidades donde penetrar... "Sube donde mí al monte, que nadie suba contigo..." (Ex 34) Nadie. Despojo total. Soledad. Y dice el Éxodo que Moisés estuvo allí 40 días con sus 40 noches. Y..., "cuando bajó del monte la piel de su rostro se había vuelto radiante por haber hablado con EL..." (Ex 34,29)
Los salmos lo proclaman así: "Contempladlo y quedaréis radiantes..." (Sal 33)
Pero vamos a lo nuestro: "Señor, enséñanos a orar". Enséñanos a gustar "eso"... Porque ¿es para todos tanta grandeza?...
Hay unos hombres y mujeres, los místicos, que son capaces de asomarse al misterio de Dios, de atisbar sus maravillas, de gozar sus confidencias...: saber y "saber" = saborear su intimidad. Han luchado, han sufrido, han guardado silencio... y han llegado hasta ahí. Ellos lo han creído así: no hay plenitud, si antes no hay vacío; no hay riqueza si antes no hay despojo. Se lo han creído y, al final, les ha ido bien.
Pero... ¿es alcanzable?... ¿Estamos todos llamados a ello?...
La vida humana no tendría sentido sin la orientación de un ideal aparentemente inabarcable. Y, si el empeño en tomar el gusto a lo que merece la pena es fuerte y decidido..., ¡claro que se puede alcanzar! San Juan de Ávila, que supo lo que era gustar estos manjares, como tantos santos de carne y hueso como nosotros, decía: "Oh, Bien sobre todo bien; solo y suficientísimo Bien. ¿Y qué le sabe bien a quien Tú le sabes?" Para saborear así, hay que bucear siempre, sin descanso. Como decía el poeta: "quiero sacar de ti tu mejor tú..."
¿Cómo?... "Señor, enséñanos a orar... "Métenos muy hondo en tu mejor TÚ... Porque, indudablemente, a quienes ha sido descubierto un atisbo de la Belleza de Dios, a quienes su fuego les va quemando los ojos a fuerza de mirarle, ya nada puede seducirles... Ya solo saben decirle: "Muéstrame tu gloria".
Lo supo expresar muy bien S. Juan de la Cruz en su incomparable "Cántico espiritual":
"Apaga mis enojos
pues que ninguno basta a desacellos,
y véante mis ojos
pues eres lumbre dellos
y sólo para Ti quiero tenellos".
"Señor, enséñanos a orar..." ¡dinos el secreto y ayuda nuestra debilidad...!
Por si vale, te cuento lo que le pasó al "Pastor enamorado":
"Érase una vez un pastor que cuidaba su rebaño. Un buen día le pasó algo maravilloso. Se enamoró de la luna. Y su vida comenzó a girar en torno a su amada. Se pasaba las noches en claro contemplando a su luna. Varias veces trasladó su majada: al valle, a la orilla del arroyo para contemplar el rostro de su amada reflejado en el agua... Luego la trasladó al monte, para estar más cerca de ella y poder comunicarse mejor... No contento con eso, comenzó a escribirle cartas de amor en los viejos papeles de envolver su merienda... Con una piedra y la honda las lanzaba hacia su luna... Hasta que un día bajó al pueblo. Y radiante de júbilo, fue contando a todos sus amores. Y se rieron de él. Se burlaron. Le decían: eres un iluso, un loco. Nunca llegarás con tus cartas de amor a la luna, es imposible.
Pero el pastor enamorado tenía para todos la misma respuesta: "Yo no sé si llegaré algún día con mis cartas de amor a la luna. Pero de algo estoy absolutamente seguro: de que cada día me acerco un poco más a ella".
No necesita comentarios, ¿verdad?...
"Señor, enséñanos a orar...
Por Sor Ana María Primo Yúfera, dominica contemplativa. |