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Los santos se mueren de sed. Una sed provocada por la fuente, que "tiene sed de ser bebida", y cuya medida de agua la da la misma sed. Pues bien, esa sed el orante ha de saciarla de alguna manera. Y como el tiempo dedicado exclusivamente a la oración no puede ser permanente, porque ha de poner la atención en diversas actividades: trabajar, estudiar, descansar, comer, hablar..., ha de ingeniarse el amor la manera de estar con quien desea. Los monjes de Oriente lo llaman "oración continua"... Es la recomendación de San Pablo: "orad siempre, orad ininterrumpidamente..."( I Ts 5,17)
El orante lleva un nombre grabado a fuego en el alma: JESÚS. Leí una vez que "aquel cuya enfermedad se llama Jesús no tiene cura "... Pienso que es cierto.
Jesús, el rostro humano del Padre, grabado como una marca indeleble en la misma entraña del orante...: "los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados..." (San Juan de la Cruz)
Cada vez que decimos Jesús actualizamos su presencia, entramos en oración.
Difícil explicarlo, porque así como no se puede decir cómo se ama, cómo se llora, cómo se intuye..., tampoco se puede expresar cómo se "respira" ese aliento inconfundible que es SU NOMBRE. El nombre repetido miles de millones de veces en la historia del cristianismo, incansablemente, amorosamente...
¡La oración continua es un don que hay que pedir y disponerse a recibir!
¿Fácil?... ¿espontáneo?... Depende. Lo que no se puede es improvisar. La perseverancia en una comunicación diaria, frecuente, asidua, con Dios, es lo que provoca el deseo, la sed de que hablamos...
"Mi carne tiene ansia de Ti, como tierra reseca..." (Sal 62)
Y lo mismo que una materia fluorescente, para iluminar ha de estar tiempo recibiendo la luz directa del foco, así nuestro espíritu ha de estar recibiendo el influjo de la Luz, la Vida, el Amor, para aflorar después, como un desahogo del alma. Escribía un monje que "al acto de oración sucede el estado de oración", es decir, permanecer bajo la mirada de Dios en una experiencia de silencio, que ha de llegar a ser capaz de atravesar todo el cúmulo de distracciones que la vida ordinaria conlleva. Desde ese espacio íntimo sí que se puede seguir el consejo del apóstol: "orad continuamente..." Un peregrinaje continuo a lo más hondo del corazón... "La cueva del corazón", se le ha llamado.
Ahí, hacer silencio; un silencio que despoja y plenifica a la vez.
Dicen los que lo viven y entienden, que la invocación del nombre de Jesús está al alcance de los más humildes adoradores y, sin embargo, introduce en los más profundos misterios y se adapta a todas las circunstancias.
A veces pensamos que orar es una especie de "concentración" y ello hace difícil o casi imposible la oración continua, que hay que compaginar con los quehaceres habituales.
Pero no se trata de concentración = ensimismamiento, sino, como decía Teresa de Lixieux "ser magnetizada por Cristo", que será "entimismarse", mejor que "ensimismarse"... Descubrir la mirada fascinante de Jesús. Él es el protagonista de toda la atención. Lo decía muy bellamente Jean Lafrance: "Si tu corazón ha sido abrasado por el rostro de Jesús, queda en ti una cicatriz que solo curará en el cielo".
¿CON QUÉ NOMBRE HE DE LLAMARTE?...
¿Con qué nombre he de llamarte
a ti que estás por encima de todos los nombres?
A Ti, el por-encima-de-todo,
¿qué nombre he de darte?
¿Qué himno es capaz de cantar tu alabanza?
¿Qué palabra hablar de Ti?
Ningún espíritu es capaz de entrar en tu secreto,
ninguna mente entenderte.
De Ti sale todo hablar,
pero estás por encima de toda habla,
de Ti proviene todo pensar
pero estás por encima de todo pensamiento.
Todas las cosas te proclaman,
los mudos y los dotados de habla.
Todas las cosas se unen para celebrarte,
lo inconsciente y lo consciente.
Eres el final de todo anhelo
y de todo deseo silencioso.
Eres el final de los suspiros de tu creación.
Todos los que saben interpretar tu mundo
se unen para cantar tu alabanza.
Eres ambas cosas, todo y nada,
una parte y el todo.
Se te dan todos los nombres
y, sin embargo, nadie es capaz de captarte...
¿Cómo he de llamarte, pues,
a Ti que estás por encima de todos los nombres?..."
(San Gregorio de Nisa)
Por Sor Ana María Primo Yúfera, dominica contemplativa. |