|
Fue el recado que Marta y María enviaron a Jesús, desde Betania, donde Lázaro, su hermano, se debatía entre la vida y la muerte. Lo cuenta San Juan en el capítulo 11,1-44. Nada como leerlo directamente, con la frescura y la vida de la Palabra de Dios.
"Las hermanas enviaron a decir a Jesús: Señor, aquel a quien tú quieres está enfermo. Al oírlo Jesús dijo: esta enfermedad no es de muerte, es para gloria de Dios" (Jn 11 3-4)...
Hospital X. Pasillos transitados por médicos, enfermeras, familiares..., y en la habitación X, un hombre, una mujer, un niño...
Goteros, oxígeno y toda suerte de remedios. Pero ¡ahí está el dolor! Ese problema por el que nos interrogamos tantas veces... ¿por qué? ¿por qué tanto dolor?...
Se sufre mucho en el mundo. Abunda el dolor que sabemos, y muchísimo más el que desconocemos.
La enfermedad y sus secuelas, esa "inutilidad" que nos limita. ¡Cuesta! Porque todos querríamos que Dios nos utilizara para su servicio... Podemos apreciar y hasta desear el sacrificio de trabajar por El, pero aceptar padecer "inútilmente" por EL, ya es otro cantar.
Una joven, que supo hasta su muerte lo que es sufrir, me decía que "al dolor debía lo que sabía de Dios". Y es que el dolor nos capacita para recibir más a Dios. Es el dolor el que agranda nuestro pequeño molde y nos urge a buscarle de corazón. Porque, en clave cristiana, si reconocemos nuestra total pertenencia a Cristo, hemos de dejarle disponer de nosotros sin condiciones. Esta verdad es dura, pero es una gran verdad. Es ahí donde está el secreto de nuestra configuración con el crucificado... Dejar que nos haga, o mejor, que nos deshaga para rehacernos a imagen viva suya.
¡Qué misterio la cruz! Pero ¡cómo ilumina su oscuridad nuestras tinieblas...!
La cruz más comprensible y hermosa en nuestras teorizaciones, hablando de ella descrucificados, es terrible cuando se convierte en efectiva crucifixión.
"Lejos de mi gloriarme sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo" (Ga 6,14) .
"Llevamos siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús" (2 Co 4,10).
Son grandes verdades, pero duras realidades cuando nuestro cuerpo o nuestro espíritu padecen... Sin embargo, si el amor es la savia de la cruz, se impone una actitud valiente y una alegría profunda, nacida de la fe, que demuestre que ésta es mayor, mucho mayor, que nuestro dolor, siempre limitado. Santa Teresa de Jesús decía que "su majestad es amigo de ánimas animosas";... ¡y ella supo bien de penas y dolores!
Pero vamos con nuestro tema. ¿Cómo orar desde el dolor, desde esa habitación X, o desde la silla de ruedas de un tetrapléjico, desde esa prueba inesperada e incomprensible?
Un ejemplo aleccionador. El Cardenal John Henri Newman rezaba así: "Condúceme, cariñoso resplandor, en medio de la penumbra que me rodea, guíame..."
Newman fue tocado por el dolor. Y reflexionaba consciente de la misión que Dios le había confiado: "Por consiguiente, confiaré en El... Si caigo enfermo, que mi enfermedad sea para su servicio. Si estoy confuso, que mi confusión sea para servirle... El no hace nada en vano... El puede llevarse a mis amigos, El puede arrojarme entre extraños. El puede hacer que me sienta desconsolado, que mi espíritu zozobre..., esconderme el futuro... Pero El comprende por qué lo hace..."
Sí, podemos orar desde el sufrimiento. Seguramente nos será difícil hacerlo a nuestro gusto, pues la mente está a veces como incapaz de pensar en otra cosa. Sin embargo, lo verdaderamente importante es tener la voluntad abierta al querer de Dios; que el corazón no ponga obstáculos a una comunicación cierta con el Señor Jesús. Desde El emana siempre una fuerza sanante.
"Si tocase siquiera su vestido, quedaría sana "pensaba en su interior la hemorroisa"...
"Alguien me ha tocado exclama Jesús- porque he sentido que una virtud salía de mí" (Lc 8-40 y ss.).
Tocar su corazón con el amor...; como se pueda: un gemido, una palabra, una mirada...
Y como hemos empezado esta reflexión desde un Hospital, en una habitación cualquiera, me ha llevado a pensar en el mecanismo de los goteros (que me perdonen los profesionales si digo alguna imprecisión). Por esas sondas y esas botellas, entra en la venas la salud y la vida que el enfermo necesita. Pero si las venas se rompen, si el catéter se obstruye... todo se paraliza. Las "sondas" que traen de Dios la salud y la vida son esas actitudes de entrega, intentos de serenidad y paz, aceptación cordial de los planes de Dios sobre nosotros, que siempre son un bien mejor. Si esas "sondas" se obstruyen puede ser -sólo Dios lo sabe y puede todo- que no entre en el corazón la VIDA.
Los goteros no dependen de nosotros, al menos en parte... Los otros "goteros", por los que entra la gracia de Dios y la vida, sí...
No pongamos obstáculos: rebeldía, rechazo, desesperación... Escribía un cristiano gravemente herido por la enfermedad: "Ciertamente, en vez de preguntarnos, cuando alguno de los nuestros o nosotros mismos enferma ¿por qué nuestro Señor nos envía este castigo?, deberíamos preguntarnos, como personas mayores en Cristo: ¿de qué "enfermedad" quiere curarme el Señor con esta "medicina-enfermedad" que me hace tomar?"
Señor Jesús: ahí en la habitación X, o en cualquier lugar de la tierra: "el que amas está enfermo"... Aquel a quien Tú quieres sufre soledad, abandono, depresión ....
¿Cómo orar desde el dolor?... Toma en tus manos el evangelio:
- "Jesús, ten piedad de mí" (Mc 10,47)
- "Mi hijita se está muriendo, ponle las manos para que sane y viva" (Mc 5,22-24)
- "Señor, baja a mi casa antes que mi hijo muera" ( Jn 4,49)
Señor: que me punza el dolor
y yo quiero sonreír
y yo quiero cantar
y yo quiero ponerlo de rodillas
y enseñarlo a rezar... Por Sor Ana María Primo Yúfera, dominica contemplativa. |