SENDEROS DE ORACIÓN

"TÚ TOMAS MI MANO Y ME GUIAS"

Lo creemos así. Y por eso podemos orar desde la seguridad, la audacia, el atrevimiento, la certeza de que vamos cogidos de su mano...

Aquel niño lo entendió. El barco iba a la deriva a causa de una terrible tempestad. Los marineros andaban locos, disponiendo las naves de salvamento. Y, mientras, el chiquillo jugaba en cubierta. Lo agarraron sin miramientos. "¿Qué haces aquí? ¿No ves el peligro?...

¿Peligro...? ¡pero si mi papá es el capitán del barco!"

Imprudente, claro. Ni se plantea el problema. Sabe que su padre está ahí. Podría hundirse el barco, pero pase lo que pase, él está a salvo. Con decir "¡papáaaaa!", unos brazos seguros le rescatarían del oleaje.

¡Orar! Tener fe ciega en que la oración llega a Dios. Orar desde la certeza de su amor. Orar desde un amor audaz. Los salmos son como un respirar orante en todos los estados del alma: desde el amor y la confianza, hasta la angustia y el peligro. Toda una gama de necesidades, que podrían acabar así:

Mi suerte está en tu mano...
Yahvé está a mi diestra y no vacilo... (Sal 15)
Yahvé está por mi, no tengo miedo...
Mi fuerza y mi cántico es Yahvé...
¡Yahvé es mi salvación! (Sal 117)

¡Orar! desde ese trampolín de lanzamiento donde la confianza alcanza cotas altísimas; la debilidad es un grito que se fortalece cuando se descansa blandamente en las manos de Dios; el desvalimiento cobra bríos cuando "algo" le dice por dentro que... ¡adelante!; y la pusilanimidad se reviste de empeño con la certeza de que hay un corazón —el corazón del Señor Jesús— que vela y espera para cobijar siempre... Es esa intuición que tenemos los débiles —nosotros— y que no nos engaña... Dios nos quiere más que nadie... ¡Estamos seguros!

El pájaro pequeñito y frágil que posa sobre una rama endeble, canta incesantemente mirando al cielo... La rama puede romperse, pero él sabe que tiene alas. Lo triste para el pájaro sería aferrarse a la rama...

Y otra vez los salmos:

Yahvé, es el refugio de mi vida
¿por qué he de temblar?...
Él me da cobijo en su cabaña
el día de la desdicha... (Sal 26)

Porque tanto para los fuertes como para los débiles, para todos, hay días de desdicha y a veces largos, muy largos días... No iba de fiestas el salmista cuando oraba así.

El salmo con el que hemos comenzado, "Tú tomas mi mano...", me recuerda esta sencilla anécdota:

"Deseando alentar el progreso de su joven hijo en el piano, una madre llevó a su pequeño a un concierto de Paderewski. Después de acomodarse, la madre vio a una amiga en la platea y fue allá para saludarla.

Aprovechando la oportunidad para explorar las maravillas del teatro el niño se levantó y, eventualmente, sus exploraciones lo llevaron a una puerta donde estaba escrito: "Prohibida la entrada". Como es natural, por allá se fue.

Cuando las luces bajaron y el concierto estaba a punto de comenzar, la madre regresó a su lugar y descubrió que su hijo no estaba allí. De repente, las cortinas se abrieron y las luces cayeron sobre un impresionante piano Steinway en el centro del escenario.

Horrorizada, la madre vio a su hijo sentado al piano, tecleando inocentemente. En aquel momento, el gran maestro hizo su entrada, fue rápidamente al piano y susurró al oído del niño: "no pares, sigue tocando".

Entonces, Paderewski extendió su mano izquierda y comenzó a tocar la parte del bajo. Luego colocó su mano derecha alrededor del niño y añadió un bello acompañamiento de melodía. Juntos, el viejo maestro y el joven novicio, transformaron una situación embarazosa en una experiencia maravillosamente creativa. El público estaba perplejo."

Así es Dios. Hace todo lo que falta, aunque a veces tenga que hacer todo o casi todo. El niño fue audaz, puso su manita en el teclado... Dios hace lo que falta, pero... hay que decidirse a poner la mano en el teclado... Hoy diríamos que hay que mojarse..., y CREER que la mano del Maestro guiará nuestra torpeza y saldrá una hermosa melodía... "No pares..., sigue tocando"...

Y volvamos a nuestro salmo:

Pero a mí, que siempre estoy contigo,
me tomas de la mano, me guías
según tus planes
y me llevas a un destino glorioso...
¡Roca de mi corazón, mi porción, Dios por siempre...! (Sal 72)

Orar con la certeza de que Dios pone su mano sobre nuestra mano torpe, y sacará una hermosa melodía: un canto a la esperanza, al amor, a la vida.

¡Señor enséñanos a orar así!

Por Sor Ana María Primo Yúfera, dominica contemplativa.