SENDEROS DE ORACIÓN

CON LA CARA LAVADA, Y RECIÉN PEINÁ

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El título que hoy nos ocupa, corresponde al principio de una canción –de la llamada "música española"– que dice así: "Con la cara lavada y recién peiná, recién peiná, recién peiná; niña de mis amores que guapa estás, que guapa estás, que guapa estás..."

¡Atención!, no os alarméis. No es que nos vayamos a adentrar en la canción española, dejémoslo para otra ocasión –cuando la haya–, pero sí que el estribillo señalado nos da pie para la reflexión que hoy proponemos: el uso, en mayor o menor medida por parte de todos, de "caretas, maquillajes, corazas...", con la conclusión sacada desde ya: "no nos sirven para nada". Y si esto es así, ¿por qué los hacemos "carne de nuestra carne" y nos empecinamos y entrenamos en robustecer lo que es nada?... "Vanidad de vanidades! Todo es vanidad. ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol?" (Qo 1, 2-3)

Allá por el siglo primero, San Pablo, que sabía muy bien de lo que iba el tema –por aquello de que nadie se lo había contado, si no que lo había experimentado en él mismo–, argumenta: "Si hay que gloriarse, en mi flaqueza me gloriaré" (2 Co 11,30). Y un capítulo después, sigue su pensamiento girando en torno a la misma vivencia-experiencia: "Con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo" (2 Co 12,9).

¿A qué se debe que, por norma general, no "presumamos" de nuestras debilidades? Cuando los cristianos hacemos profesión de nuestra fe, proclamando el Credo: ¿qué sentido damos a las palabras: "Creo en el perdón de los pecados...", o en la oración del Padrenuestro, cuando rezamos: "Perdona nuestras ofensas..."?... ¿Acaso no es, en mi pecado, en mi debilidad, en mi flaqueza, donde de forma "escandalosamente MISERICORDIOSA", experimento al DIOS de toda paz y consuelo?... ¿Acaso no afirmamos con San Pablo que "ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro"? ( Ro 8, 38-39) Entonces, ¿qué nos pasa? Con toda honradez y lealtad, uno/a ha de preguntarse: ¿A qué o a quién tengo miedo? ¿Por qué?... Realmente, algo no cuadra en todo este "tinglao". ¡¡¡Qué precio tan caro pagamos por nuestro miedo a mostrarnos tal cuál somos, sin aditivos, colorantes ni conservantes!!! Lo dicho, ir por la vida al aire del Espíritu y esto se traduce en un "con la cara lavada y recién peiná".

Y la oración, ¿qué tiene que "decir" en todo esto? Santa Teresa de Jesús "explicaba" la oración como un "tratar de amistad con Aquel que sabemos que nos ama" (V 8, 5-9). En ese trato diario con Jesús, muy poquito a poco, uno/a se va descubriendo tal cual es a la Luz de Dios. A este propósito, afirmaba Bossuet: "Antes de conocerte –refiriéndose a Jesús– era una nada que se creía algo. Hoy soy alguien que se sabe una nada".

¡Atención!, no caigamos en la tentación de ciertas espiritualidades de antaño –y ¡por desgracia!, todavía en vigor en ciertos círculos– acerca de las humillaciones, como modo de santificación. No vamos por ahí. Lo fascinante de Jesucristo es, que nos enseña a amarnos a nosotros mismos –en lo favorable y en lo adverso– y simultáneamente entramos en la dinámica del amor al hermano: "Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; pero no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos unos a otros por amor. Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" ( Ga 5, 13-14 ). Cada uno de nosotros es más que una suma de aciertos y fallos. Es adentrarse en la experiencia insondable e inefable de que somos criaturas muy amadas por Dios: "Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti" (Jr 31,3 ).

De forma progresiva se va experimentando que nuestra pobreza –lejos de ser un obstáculo– es un manantial abundante de riqueza: "Por eso me complazco en mis flaquezas..., pues, cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte" (2 Co 12,10). Nuestra historia personal no es una historia de pequeñas o grandes hazañas... ¡Qué va! Simplemente es creer a Jesús. Hay que señalar que esto no es a fuerza de puños, sino por pura experiencia, cuando a través del apóstol se me dice: "Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2 Co 12,9).

Así de claro y sencillo es Jesús de Nazaret para contigo, para conmigo, para todo hombre que quiera escucharlo. ¿Dónde?... Dios nos habla a través de muchos medios. Para todo cristiano el centro de su vida ha de ser la EUCARISTÍA: la mesa de la Palabra y del Cuerpo y Sangre del Señor.

Pues eso, en nuestro cada hoy, pinchémonos la tonadilla del: "Con la cara lavada y recién peiná..."

Os dejo con un pensamiento de M. Raymond, extraído de su libro "La familia que alcanzó a Cristo", que dice así: "Las sedas, las púrpuras, los adornos de colores brillantes poseen un encanto, pero no lo confieren. Cuando te pones tales cosas sobre el cuerpo, esas cosas exhiben su belleza propia, pero no se la dan a tu cuerpo. Y cuando te las quitas, se llevan consigo toda la belleza. Así, pues, ¿por qué convertirse en perchero de las galas?..."