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"Alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos" (Lc 10,20)
Dice un refrán: "Tanto tienes, tanto vales" y aunque a lo largo de esta reflexión, se expresará la disconformidad que se tiene con tal aseveración, bien es verdad que en la vida de los más de los mortales, se funciona -¡por desgracia!- en base a dicha afirmación.
No hay que ser excesivamente avispados, para ver "a vista de pájaro" y dando un vuelo rápido a nuestro alrededor las distinciones que hacemos entre personas con una cuenta en el Banco X, donde figura un 1 seguido de muchos ceros, con otros, también con una cuenta en el susodicho Banco, salvando la distancia de los ceros. En lo tocante a esto, ¿qué lectura podemos hacer?... Vayamos pensando al respecto.
Otro ejemplo, podría ser el de una persona con Doctorado "cum laude" por la Universidad X y aquel otro, con las 4 reglas básicas de instrucción. ¿Los trataríamos de igual modo o tal vez, estaríamos en el grupo de los que son denunciados por Santiago en su Primera Carta?...
"Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado. Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: "Tú, siéntate aquí, en un buen lugar"; y en cambio al pobre le decís: "Tú, quédate ahí de pie" o "Siéntate a mis pies". ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos?" (St 2,1-4)
Insistimos de nuevo: ¿qué lectura podemos hacer?... Vayamos pensando al respecto.
¿Cabe afirmar que la felicidad del ser humano estriba en "tener una buena imagen", en poseer, en tener...? Sin lugar a dudas, habrá quienes "ipso facto" asientan con la cabeza y lo peor- con el corazón que esto es así. Pues bien, a esos cabe decirles: Estáis equivocados.
Otros, en cambio, habiendo escuchado la Buena Noticia: "Todos sois uno en Cristo Jesús. Habéis sido rescatados al precio de la Sangre de Cristo", en teoría reconocen que la felicidad del hombre no está en el Poder, Poseer y Placer, pero en la práctica viven corroborando lo que niegan con la lengua.
Otros, los menos, aúnan palabra y vida, teoría y práctica, sabiendo que la valía del hombre no está en función de tener una buena cantidad de dinero en el Banco; o de cumplir los cánones establecidos para ser etiquetado de guapo; o de tener un coeficiente intelectual cuyo resultado lo arroja en el grupo de los llamados "genios". ¡Qué va!, todo, absolutamente todo, es, puro Don de Dios para con su criatura.
Por lo tanto, tengas la nariz aguileña o más bien seas chat@, estés montado en el dólar o con cinco duros en el bolsillo, doctorado por la "prestigiosa" Universidad de... o con las 4 reglas elementales aprendidas en la escuelita de tu pueblo, léelo bien: Tú eres MUY IMPORTANTE, tanto, que has sido convocado a la vida por el mismo DIOS Y Padre de Nuestro Señor Jesucristo y por pura Gracia, eres hijo suyo: "El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo" (Rm 8,16-17).
"No tengo que hacer nada para ser. Soy lo que soy por Voluntad y Gracia Divinas. De mí depende el celebrarlo y acrecentarlo o destruirlo. En todo caso, nunca podré impedir que Dios me quiera" (Ángel Moreno). Es por eso, que todos los hombres, "creados a imagen y semejanza de Dios" (Gn 1,26), somos iguales, llamados a recibir el regalo, el don de la Vida Eterna.
Llegados a este punto del discurso, cabe con toda razón cuestionar a la que escribe y decirle: ¡Vale!, de acuerdo con todo lo dicho hasta ahora, pero ¿cuál es la causa, el motivo, por el cual los hombres nos empeñamos en marcar clases, distinciones, escalafones y un largo etcétera entre nosotros, cuando de hecho, somos todos iguales?... ¿A qué ese empecinado y necio empeño?... Así, hablamos del Primer, Segundo y Tercer mundo; de clases sociales: altas, medias, bajas. Afirmamos la existencia de distintas razas y en muchas ocasiones -¡por desgracia!- hay un mensaje subliminal de fondo en esta afirmación y es, el de la xenofobia, por la cual, entran en juego la clasificación de los derechos de la persona y, aunque en 1948 se promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como dice el refrán: "Del dicho al hecho, hay un trecho".
Siguiendo con las demarcaciones que imponemos, qué apuntar en lo tocante a nuestras relaciones interpersonales, donde marcamos pautas, delimitaciones, acordonamientos en nuestro entorno, para... ¿Qué deseamos en el fondo? ¿Qué buscamos con tanta clasificación, cuando a la par se nos llena la boca enarbolando la bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad? ¿Es posible que la respuesta estribe en que estamos acariciando o tocando todo un problema de identidad? Thomas Merton en sus Notas sobre la contemplación, expone de forma magistral este desajuste, dicotomía entre el yo verdadero (yo interno) y el supuesto yo (yo externo o ideal). Dice así:
"El yo interno (nuestra entera realidad sustancial en sí misma, en su nivel más elevado, más personal y más existencial) no es un yo ideal ( el "yo" exterior, el "yo" de los proyectos, de las finalidades temporales, el "yo" que manipula objetos con el fin de tomar posesión de ellos), y ante todo no se trata de una criatura imaginaria, perfecta, fabricada a la medida de nuestra compulsiva necesidad de grandeza, heroísmo e infalibilidad. Por el contrario, el "yo" de verdad es simplemente quienes somos y nada más. Nuestro ser tal como somos a los ojos de Dios. Nuestro ser en lo que tiene de único, en su dignidad, pequeñez y grandeza inefables: la grandeza que hemos recibido de nuestro Padre Dios, y que compartimos con Él, porque Él es Padre Nuestro, y en Él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser".
¿Nuestras actitudes son signos inequívocos de una actitud como la de Goliat que volvió los ojos y viendo a David, lo despreció, "porque era un muchacho rubio y apuesto"? (1 Sa 17,42)... ¿Qué subyace en esas actitudes de prepotencia, desprecio, altanería, soberbia?... "¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!" (Qo 1,2).
Lo dicho, no hay nada, pura fachada a mantener, porque el interior o bien está vacío, o a medio llenar, y ¡claro!, tembloroso y con miedos a diestra y siniestra. ¿Motivos? Múltiples, entre ellos:
· Descubierta la realidad de un@, no se acepta, hay una necesidad imperiosa de enmascarar nuestros déficit ("la insoportable levedad del ser").
· No somos conscientes de nuestras heridas y damos respuestas compulsivas, sin saber los estímulos que las desencadenan.
· En todo caso, la prepotencia es un índice evidente de esclavitud para con uno mismo, para con los otros. Nunca es respuesta de libertad, superioridad o de virilidad (en el caso masculino) como se intenta hacer creer. Para desdicha nuestra, a lo largo de la Historia, y en este siglo que acabamos de cerrar, hemos tenido muchos casos de esta índole, viendo y, todavía peor, experimentando las terribles consecuencias de las actuaciones "prepotentes". Léase el caso de las Dictaduras, con sus líderes a la cabeza. Más, no nos traigamos a engaño: el continuo de la prepotencia es uno, depende del grado de aplicación, pero sea lo que sea, sigue siendo prepotencia.
"Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar Rabbí, porque uno sólo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos (...) Ni tampoco os dejéis llamar Instructores, porque uno solo es vuestro Instructor: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor" (Mt 23, 8.10-11)Retomando de nuevo el pensamiento de Ángel Moreno, deseamos incidir en el aspecto sustancial de esta meditación: "Soy lo que soy por Voluntad y Gracia Divinas", por lo tanto, nada ni nadie me puede quitar o añadir algo a mi ser creatural, ya que nada ni nadie se puede equiparar a Dios, pues todo y todos somos contingentes, limitados, finitos... de la misma "pasta", hechura de la mano de Dios.
Lo más que podemos hacer, y dicho de paso, es lo mejor, será el partir y compartir con el otro lo que a priori, yo recibo y he recibido del Otro: "Pues ¿con quién asemejaréis a Dios, qué semejanza le aplicaréis? (...) Yo soy, yo soy el primero y también soy el último" (Is 40,18; 48,12b). Así es, como, más que trabajar por lograr diferencias y divergencias para eso no vino Cristo, sino que desde su Encarnación fueron rotas las divisiones que habían en su momento y las que acontecerían a lo largo de la Historia, aunque los hombres nos empeñemos con nuestras actuaciones en negar esta realidad nuestras fatigas han de desarrollarse en la línea de tomarnos muy en serio el trabajar por la unidad: "Que todos sean uno, como Tú, Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros" (Jn 17,21)
¿Cómo bracear en esta línea?...
Pablo nos da la clave en su carta a los Gálatas: "Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo. Porque si alguno se imagina ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo" (Ga 6, 2-3)¡Vaya!, parece ser que hemos topado con hueso duro y nos encontramos en un buen atolladero y hasta es posible estar experimentando cierto nerviosismo en la boca del estómago. Vayamos por pasos. ¿Cómo nos comemos que somos muy importantes, que nada ni nadie nos puede añadir o quitar algo en relación con nuestra persona y a la par, afirmar que "si alguno se imagina ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo"? Algo no cuadra. Es lo que en psicología se llama una "disonancia cognitiva", es decir, no existe una correlación entre el enunciado formulado y éste puesto en práctica. Bien, hecha esta objeción, ¡por cierto!, muy interesante, el mismo Pablo nos va a dar la respuesta, esta vez en su carta a los Romanos: "No os estiméis en más de lo que conviene (...) Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo los unos para los otros, miembros" (Rm 12, 3-5)Aquí radica el quid de la cuestión: no se trata de infravalorarse, tampoco de supervalorarse, sencillamente una estimación equilibrada, reconociendo nuestros pros y contras.¿Acaso la carcoma de todo corazón humano no estriba en creerse superiores a los demás? Y no sólo eso, sino que ¿acaso lo más abominable no es el trabajar por que los demás lleguen a creerlo? Si por algunos momentos, reflexionáramos con profundidad y hondura ¡claro está!, contando con la Luz del Espíritu del Señor sobre ésta y otras actitudes, nos provocaría un bochorno del tipo de 40º a la sombra, por aquello de ser de lo más ridículo y patatero, que posiblemente nos zambulliríamos en el deseo permanente de caminar en pos de la Verdad y ello traería una liberación interior, haciendo carne la Palabra: "¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?" (1Co 4,7)En nuestro hoy, en el que tanto se discursea acerca de la calidad de vida. No estaría de más, que para que ésta sea una realidad y no se quede en "agua de borrajas", nos aplicáramos el cuento y nos tomáramos un espacio de tiempo para "rumiar" el siguiente salmo: "No temas cuando el hombre se enriquece, cuando crece el boato de su casa. Que a su muerte, nada ha de llevarse, su boato no bajará con él. Sus tumbas son sus casas para siempre, sus moradas de edad en edad; ¡y a sus tierras habían puesto sus nombres!" (Sal 48, 17-18.12)¡Qué ironía y gracejo la del salmista!: "¡Y a sus tierras habían puesto sus nombres". Me viene a la memoria aquella frase que alguien puso en boca de Napoleón y que tiene mucha manteca. Dice así: "Alejandro Magno, César Augusto y yo fundamos grandes imperios por medio de la fuerza y, después de muertos no tenemos ningún amigo. Cristo fundó su Reino sobre el amor y, aun hoy en día, millones de hombres irían por él voluntariamente a la muerte". Por la boca muere el pez.
Afirmaba San Ireneo que la gloria de Dios está en que el hombre sea feliz y este mensaje machacón es el que por activa y pasiva nos dirige nuestro Dios: "Escoge la vida, para que vivas, amando a Yahvé tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en eso está tu vida" (Dt 30, 19-20)
¿Cómo escoger la vida?...
"Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o valor, tenedlo en aprecio" (Flp 4,8)
Si decidimos con una "determinada determinación" como diría Santa Teresa tomar el sendero de la vida, nos vamos a topar "cara a cara" con el Dios de la paz (Flp 4,9b). Apuntemos un dato más, muy importante, y es que no estamos hablando de un encuentro meramente "exterior", una cita puntual, sino que, más extraordinario todavía, va a ser que este Dios Nuestro, acontece habita- en el interior mismo del hombre: "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23)
"¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1,34). Fue ésta la pregunta que hizo la Virgen María ante la promesa tan sumamente de vértigo que le estaba siendo anunciada por el arcángel Gabriel. Nada más y nada menos, que si daba su consentimiento, iba a ser la Madre del Mesías. La observación hecha por María tuvo una respuesta: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1,35)La cuestión lanzada por María de Nazaret sigue estando vigente y nos la podemos apropiar cada uno de nosotros: Pero, ¿cómo va a ser esto, si yo, tengo sobrada experiencia de moverme en niveles puramente egocéntricos, mediocres, impuros, que nada tienen que ver con la fecundidad de un corazón limpio?...Y también a nosotros se nos da una respuesta: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti" y "cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa" (Jn 16,13) Y acaso, ¿no es esta verdad completa, la de ir configurarnos en nuestro cada hoy con Cristo Jesús?... "El que es de Cristo es una criatura nueva; lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado ya" (2 Co 5,17).
Y eso nuevo que ha comenzado en el devenir del tiempo, en nuestro cada aquí y ahora: "Así dice el Señor: No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? (Is 43, 18-19), es tener en cuenta y poner por obra todo lo que la vida ofrece como verdadero, noble, justo, puro, amable y honrado.
Podríamos concluir con la siguiente pregunta: Y todo lo dicho ¿con qué fin, para qué fin?... La respuesta requiere una bifurcación:
· "Escoge la vida, para que vivas tú" (Dt 30,19)
· "A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común" (1 Co 12,7)
"La estima, ¿moneda exclusiva de los guapos, ricos, inteligentes y simpáticos?"... Si recordáis, es el título que encabeza estas reflexiones. El objetivo desde un primer momento ha sido desmitificar que la estima sea patrimonio de un grupo de personas que tienen en su haber, tal o cual cosa, atributo, don o llámesele como se quiera. La estima es propiedad de todo hombre.
"Si es virtud amar a mi prójimo porque es un ser humano, también debe ser virtud y no vicio amarme a mí mismo, pues también yo soy un ser humano" (Erich Fromm). |