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"Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; pero di sólo una palabra y mi siervo curará" (Mt 8, 7-8)
Ya dentro del Rito de la Comunión, palabras similares a las dichas por el Centurión, son las que nosotros proclamamos, un momento antes de recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús.
"No soy digno"
La afirmación "No soy digno" trae implícito el reconocimiento por mi parte de que toda mi persona no está a la altura de la Persona a la cual voy a recibir, pero es esta misma Persona Jesús Eucaristía quien con su venida, dignifica mi indignidad.
Repasemos este relato del Evangelio de San Juan: "Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más" (Jn 8, 1-11)
Parece ser que los humanos estamos muy entrenados en el arte de emitir juicios internos o externos-, nos los pidan o no: "Uno solo es legislador y juez, el que puede salvar o perder. En cambio tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?" (St 4, 11-12)
En este pasaje joánico, Jesús, como siempre, nos pone ante nuestra realidad: ¿Tan digno te crees, que te permites sacar a la luz los trapos sucios de tu hermano?... El que de vosotros esté sin pecado, tire el primero sobre ella una piedra" (Jn 8,7)
Y ¿qué tenía que ocurrir? Pues ni más ni menos lo que de hecho ocurrió, es decir, lo que es de Perogrullo, conociendo de qué masa estamos hechos: uno por uno, comenzando por los más viejos, se fueron marchando. Ante una pregunta tan visceral y clara, como son todas las que nos hace el Señor Jesús, sólo cabe meterse la piedra en el bolsillo y tener las suficientes agallas para tirársela uno allí donde más le duele, por aquello de ser piedra de choque y como gato escaldado, salir con el rabo entre las patas. Así somos los hombres. Rápidos en apuntar con el dedo índice, pero aún más rápidos para salir huyendo de la quema cuando lo que era motivo de acusación para con el otro, revierte y se convierte en denuncia a mis propias actuaciones, actitudes.
"Incorporándose Jesús le dijo: Mujer, ¿dónde están?"
Por no quedar, ni tan siquiera se quedó el apuntador. Huida masiva. Así somos los hombres. Cabe preguntarse: Este pasaje, ¿trae paquete-mensaje para ti, para mí?...
Sólo DIOS dignifica la vida de toda criatura humana: "Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti. Volveré a edificarte y serás reedificada" (Jr 31, 3-4). Sea cual sea tu historia, su historia, mi historia... no creamos que sea obstáculo para el Señor: "Ninguna cosa es imposible para Dios" (Lc 1,37).
Las más de las veces, otorgamos a los hombres unos poderes que están con mucho fuera de su alcance. No debemos ni podemos olvidar si queremos tener una óptima calidad de vida que nuestros semejantes son seres contingentes, caducos y limitados, como lo somos nosotros, por lo cual, lo reciben todo del Creador: "Todo fue creado por Él y para Él" (Col 1,16). De lo cual se deduce, que lo único que podemos y deberíamos hacer cada uno de nosotros es, el partir y compartir con el otro lo que a su vez, recibimos del Otro: "Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios" (1 Pe 4,10).
Esto significa que uno, por muchos dones que tenga que al fin y al cabo, gratis los ha recibido, no puede por ello dignificar al otro ni dignificarse a sí mismo. Lo más que puede hacer es ejercer el poder de controlar, explotar, para que el otro actúe y piense como uno quiere que lo haga. Pero acaso ¿esto tiene que ver algo con la dignidad?
Ser una persona digna significa que tiene dignidad, es decir, merecedor. Proporcionado al mérito o condición. ¿A qué condición?... Evidentemente proporcionado a la condición de ser humano, y ésta no tiene ninguna relación con la de ejercer el poder de controlar, explotar, extorsionar; al igual que no la tiene con la de sufrir la explotación, el control y la extorsión.
¿Cuál es el mérito de todo ser humano? Dios ha tenido a bien el hacernos hijos en el Hijo. He aquí la dádiva recibida por cada uno de nosotros: "No recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!" (Rm 8, 15)
"Sólo por el hecho de nacer, he heredado grandeza. Y es el amor el alimento de esta grandeza" (María Prieto)
Cabe preguntarse: ¿Qué o quién es el Amor, pues tiene poder para alimentar esta grandeza?... DIOS ES AMOR, afirma San Juan, por tanto, sólo Él es el que alimenta, nutre, hace crecer la grandeza de mi ser creatural. En una palabra: sólo Dios tiene autoridad para dignificar la vida de todo hombre, y es por ello que antes de recibir a Jesús Eucaristía, hacemos confesión de nuestra Fe al decir: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para hacerme digno. |