"Yahvé dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Contestó: No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?" (Gn 4,9)
En el acto penitencial de la Eucaristía, en el cual somos invitados al arrepentimiento, hacemos confesión común de nuestros pecados diciendo: "Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión (...) Por eso ruego a (...) vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor"¿Cómo eludir esta súplica?... ¿Cómo hacer oídos sordos ante este ruego?... ¿Cómo desentenderme de mi prójimo?... ¿Cómo dormir a "pierna suelta", cerrando mis entrañas al sufrimiento de este mi mundo?... ¿Cómo, cómo, cómo...?La intercesión por el otro es el ejercicio más noble, veraz, que otorga tarjeta de credibilidad y autenticidad a toda criatura que la ejerce. Interceder por el hermano es entrar de pleno y con todo derecho en el ejercicio de la función sacerdotal, con la que la Madre Iglesia ha investido a los cristianos por el Bautismo : "Para que el Señor alegre en ti a todos los desterrados y ame en ti a todos los desgraciados, por los siglos de los siglos" (Tb 13,10)Rogar por las necesidades de mi hermano, sin hacer acepciones ni excepciones: "Todos somos uno en Cristo Jesús". Salir de mi egocentrismo para hacer tournée fraternal, siendo el buen samaritano que saca de su cartera, no sólo unos cuantos dólares con los cuales limpiar la conciencia y hacer de este gesto un acopio de méritos, sino que va más allá de esto. Vamos a sacar de nosotros mismos, de lo que somos y tenemos, para medicar con nuestros buenos deseos y acciones al hermano que nos suplica: "ruega por mí", sin ponernos de "magistrado de luto"... ¡Qué seria es la causa! Y además, sin más dilación, hacer notar que la súplica que se nos dirige es formulada en plural: "Os ruego que intercedáis por mí". Ni más ni menos que estamos tocando el punto central de toda comunidad cristiana que se reúne para celebrar y compartir su Fe: "Yo estoy en medio de vosotros"En un mundo -como el nuestro- que de forma tan machacona se habla y, por desgracia, se hace práctica de la tan traída y llevada Globalización, es interesante hacer notar, más todavía, mostrar con nuestra vida de compromiso cristiano, aquello de: "Mirad como se aman". Y el amor disculpa siempre, espera siempre, soporta siempre... ¡De qué forma tan magistral!, formuló S. Pablo lo que es el agapê, la caridad. "A diferencia del amor pasional y egoísta, la caridad es un amor de benevolencia que quiere el bien ajeno", es decir, que va más allá de las narices de uno. Nos hace salir de nos para ir a los: mirar al otro, saber de sus necesidades, urgencias, ocupaciones y preocupaciones. En suma, saber escuchar su grito, tanto si es ejecutado de forma descubierta como encubierta: "Os ruego intercedáis por mí".Se nos pide ser apósitos de misericordia, reflejos de la Misericordia del Padre manifestada en su Hijo Jesús. Nosotros hemos sido hechos, hijos en el Hijo. Es por ello, que no somos invitados a una utopía, sino a una realidad: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1,35).La Misericordia nos precede y acompaña. ¿Queremos ser cubiertos por ella y a la par, ser sombra donde nuestros hermanos puedan restablecerse de la contienda emprendida contra el pecado?...Entramos de plano en la comunión de los santos -común unión-, dándose una bidireccionalidad: yo nutro a mi hermano y, a su vez, yo soy nutrido por él. Esto se debe a que ambos, recibimos el Nutriente del Otro: del Padre por Jesús, a través del Espíritu de ambos. Esta doble circulación permite que yo sea medicina para mi hermano y esto mismo revierta en medicina para mí mismo: Dándome es, como recibo. Así, al orar por el otro, esta misma intercesión hace que en mí, de forma paulatina, se vayan gestando entrañas de misericordia, un corazón agradable a mi Dios y Señor: "¡Portones! alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas, va a entrar el Rey de la Gloria" (Sal 23).Movimiento continuo, evolución: "El que es de Cristo es una criatura nueva, lo viejo ya ha pasado, ha comenzado lo nuevo" (2Co 5,17). Urgencia, deseo apremiante de que se abran nuestros cerrojos, nuestros candados interiores. La libertad llama a nuestra puerta y tenemos ansia de ella. Viene de la mano de la intercesión, montada en pollino de borrico. Sólo desde la humildad -verdad- de lo que somos, tenemos capacidad para abrirnos a las heridas de los otros y a las propias, y ofrecernos como bálsamo suave y oloroso.Hemos sido convocados -invitados- a la vida, para ayudarnos mutuamente a llevar los unos las cargas de los otros y cumplir así la ley de Cristo (Ga 6,2), y ésta no es otra que la ley del Amor. Y ¡ojo avizor! con traernos a engaño, pensando que este poner el hombro para que en él sea descargada la sobreabundancia de peso de vida del hermano, nos vaya a convertir en héroes o heroínas del celuloide. Simplemente llevamos a cabo, aquello para lo que hemos sido llamados: partir y compartir con los hermanos, lo que recibimos del Padre. Al pelo nos viene el traer a la masa gris aquella palabra con la cual San Pablo exhorta a los Gálatas y los pone sobre aviso: "Porque si alguno se imagina ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo. Examine cada cual su propia conducta y entonces tendrá en sí solo motivos de gloriarse, y no en otros, pues cada uno lleva su propia carga" (Ga 6, 3-5).
¿Motivos para gloriarme? Obviamente, esta glorificación no nos va a venir de la mano de sentirnos supermanes o superwomans. Al contrario, se dará en la medida que seamos conscientes de nuestra realidad creatural: handicaps, déficits, dificultades..., al igual que de todo lo hermoso y bello que el Señor ha puesto en nuestra vida y sigue regalándonos. Ello hace que poco a poco la vida de uno se asiente sobre la base de la humildad, que -como bien apuntó Santa Teresa de Jesús- es andar en verdad, lo cual implicará el no mirar con altivez a mi hermano, sea cual sea su historia, sean cuales sean sus heridas, porque yo no me oculto a mis propios ojos ni a los de los otros, cuales son las mías, que lejos de ser motivo de desesperanza y desolación, son motivo de glorificación, pues en ellas está actuando el Dios sanador y confortador de toda dolencia que continuamente me repite: "Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la debilidad". Podemos afirmar que el acto de pedir perdón se convierte en toda una fiesta, y la actitud de intercesión me afirma y confirma en lo que soy: hechura de Dios, hecho a su imagen y semejanza (Gn 1,26), capacidad de dar y recibir amor. Todo lo apuntado hasta ahora nos orienta a tener abierta de par en par la puerta de la CATOLICIDAD, es decir, de la universalidad. No ha lugar a acepciones ni excepciones: Jesús con su vida, muerte y resurrección nos ha hecho a todos los hombres, Uno con Él: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra» (Ap 5, 9-10). Es por ello, que nadie me puede ser indiferente, extraño, ajeno a mi persona. No es cuestión de conocernos o no; no se trata de caernos bien o no; no es asunto de...
El amor se salta todo presupuesto puramente terrenal, elevando lo humano con material humano. Así de sencillo, así de veraz. De ahí, que las preguntas enunciadas al principio de esta meditación no pueden ser eludidas en un corazón que esté abierto a la luz de quien es la Luz (1Jn 1,5), porque: "Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros" (1Jn 1, 6-7) Y es esta comunión entre nosotros, la que nos lleva a suplicar los unos para con los otros: "Os pido roguéis por mí"...