JUVENTUD, SEXUALIDAD Y ESPIRITUALIDAD ANTE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN.

Por Cosme Puerto Pascual, o.p.

Sexólogo

Introducción.

Este artículo lo escribo a primeros del siglo XXI e inicio del nuevo milenio, que ha visto el final de una tradición que ha durado veinte siglos y que vinculaba la sexualidad de nuestros jóvenes a la procreación. De uno u otro modo, dicha tradición parecía sospechar que el concepto de sexualidad humana era muy complejo y rico. La guerra mantenida para salvaguardar el sexo sólo vinculado a la nueva vida estaba perdida. Ya que la investigación de finales del XIX, que continuaría el siglo siguiente, no hacía más que crear nuevas armas, como el avenimiento de los anticonceptivos seguros y un largo etc.

Todo esto ha aportado y dejado un vacío que la Iglesia no ha sido capaz de llenar adecuadamente. La Iglesia católica esta pasando de vincular el sexo de la procreación a vincularlo con el amor, pero la Iglesia ante las dificultades que esto trae sobre todo para el mundo juvenil, esta soslayando la tarea de explorar y adaptar el amor a las necesidades y exigencias de la juventud europea. Yo considero que no dar respuesta a estas exigencias en la nueva evangelización supone una seria falta de responsabilidad por parte de ella para con los jóvenes y que implica grandes riesgos para la comunidad de fe. Creo desde mi experiencia que la juventud actual está hambrienta de un diálogo serio. responsable acerca del amor sexual y, de esto es de lo que trato hablar en este artículo.

La Iglesia católica ha perdido y está perdiendo su influencia entre los jóvenes. El estudio Santa Maria limita a un 5% los jóvenes que comparten la doctrina sexual católica. La edad en que más la abandonan en este campo esta comprendida entre los 15 a18 años, al encontrarse en plena pubertad y adolescencia. La clave de este alejamiento en el campo sexual se debe a que no encuentran los jóvenes en la Iglesia ayuda educativa y espiritual para orientar su sexualidad y hallar respuestas a esos problemas. Su sexualidad en plena ebullición, la doctrina de la Iglesia anclada en el pasado, el control de la natalidad, sus exigencias morales, la libertad sexual... Muchos de ellos dicen que la Iglesia no les aporta la educación sexual que necesitan, que les niega y reprime su sexualidad, que no les ofrece cauces espirituales positivos para vivirla y desarrollarla de acuerdo a su edad, que su postura ante el SIDA es incomprensible, que no es respetuosa con los homosexuales y que la castidad de abstinencia y continencia no les sirve para vivir en este mundo secular.

Algunos de ellos acusan a sus educadores y pastores de cerrarse en sí mismos, negar el diálogo sobre este tema dentro de las comunidades de fe, apuntando que no pueden sintonizar con una institución portadora de una cultura sexual tradicional y que no esta adaptada y capacitada para entenderse con la juventud y sus problemas sexuales. Tan sólo un grupo cada vez más reducido practican la moral sexual católica en el campo de la sexualidad y reconocen recibir ideas y valores para sus vidas válidos en este campo.

Crece entre los jóvenes el numero de los que cada día se oponen con más fuerza a la demonización de la sexualidad que hace algunos sacerdotes y jerarcas. Ven el modelo de mujer y de familia que les ofrecen no sólo obsoleto sino pernicioso, porque produce dominación y sometimiento de la mujer al hombre. Ven cada vez más necesaria la familia, pero no el modelo patriarcal y machista, buscando unas relaciones más igualitarias donde se pueda compartir por igual entre hombres y mujeres todos los roles.

La jerarquía de la Iglesia hecha las culpas del abandono de los jóvenes a la secularización, a la gran revolución sexual de mayo del 68... pero hay otras muchas causas. Algunas de ellas apuntan directamente a la responsabilidad de la propia Iglesia. Una Iglesia que no ha sabido asumir los cambios de modelos positivos que ofreció el Vaticano II y ante el miedo de realizarlos ha dado marcha hacia atrás. Llevándonos a unos conservadurismos e integrismos religiosos que nos enfrentan a la nueva sociedad y cultura. Que no son creadores de diálogo y tolerancia sino de enfrentamientos, creando un nuevo y fuerte anticlericalismo en el mundo europeo.

La juventud necesita y exige una nueva evangelización en el campo de su sexualidad.

Al no conectar con las aspiraciones y valores sexuales de los jóvenes actuales que hay, que evangelizar, asume su evangelización rasgos socioculturales, mentalidad y las actitudes de grupos integristas cerrados en sí mismos, olvidando que la nueva evangelización europea que se nos pide, no puede lograrse de ese modo. Aunque de momento parezca una esperanza para la Iglesia actual, más que ser un fermento que se mezcla con la masa que hay que evangelizar, se cierran hacia dentro y se convierten en grupos sectarios. Creando una mayor agresividad por no saber dialogar con el nuevo joven sino condenarlos. Cayendo en manos de ellos el liderazgo de la Iglesia y creando un nuevo problema dentro de ella.

Pero existe una juventud minoritaria dentro de la Iglesia seria y comprometida que confiesa, que es la hora de buscar una educación sexual y su manera de vivirla y que encuentra en Jesús y su Evangelio la ayuda que necesitan, aunque no en la institución. Son respetuosos del derecho a una educación sexual, están abiertos a recibirla de los educadores y pastores cristianos, desean formarse en una visión positiva y desarrollar un gran juicio crítico para no perderse en el mundo donde la viven y en el gran supermercado espiritual. Estos jóvenes necesitan y buscan encontrar la solución a una sexualidad integrada en su vida espiritual, no contentos con lo que se les ofrece, buscan soluciones positivas, de cómo integrarla en una espiritualidad cristiana autentica, seria y crítica.

La experiencia cotidiana en el trabajo de la nueva evangelización con los jóvenes europeos nos hace que vivamos tiempos de enorme esperanza, que se son muchos los logros y también los retos que determinan nuestro trabajo evangelizador en este campo de la sexualidad. Uno de los grandes retos de esta nueva evangelización cristiana de la sexualidad de los jóvenes europeos en este campo esta en llevarles una buena noticia: la buena noticia de una sexualidad positiva, don y regalo de Dios para realizarse como persona, ser feliz y hacer feliz al otro. Una sexualidad que se convierte para el creyente sexuado en un camino de espiritualidad cristiana.

El modo de recibir esta nueva evangelización esta en los jóvenes, pero la negligencia de los evangelizadores a la hora de preparar a los jóvenes para pasar de ver el sexo como medio procreativo únicamente a verlo como un medio de expresar el amor ha hecho que el pueblo de Dios y los jóvenes cristianos hayan tomado el tema en sus manos y estén experimentando intensamente. Algunos poderes jerárquicos y fieles conservadores de la Iglesia ven esta experimentación con consternación y horror. Yo creo que es necesario en esta evangelización un cambio radical en el modo de ver, ofrecer la sexualidad y no dudo en decirlo, para que los jóvenes no sigan dejando la Iglesia.

Hoy se distingue con razón entre genitalidad y sexualidad. La genitalidad es una función de los órganos genitales, un fenómeno fisiológico. Mientras la sexualidad tiene una dimensión típicamente personal y humana. Claro que también comprende la genitalidad, pero la supera y trasciende, llegando a un contexto mucho más rico de valores. La sexualidad afecta a toda la persona, sobrepasa los limites del impulso genital, que no es más que uno de los muchos elementos de una relación sexual en la que interviene sobre todo la afectividad y el rico mundo de las emociones.

Hoy en nuestra labor educativa y evangelizadora con los jóvenes, el paso de la biología al amor es lo adecuado, hasta ahora la evangelización del pasado sólo ha arañado la superficie. Dar mayor relieve a la sexualidad amorosa es lo que esperan y necesitan nuestros jóvenes. Lo que resulta asombroso en la pastoral de los últimos treinta años, la mención al amor estaba por completo ausente. Constituye una enorme tarea el camino a recorrer en este campo para ver que Dios es amor, que la creación entera está relacionada con el amor, el sexo, la sexualidad y la erótica, que lo expresan de manera sumamente poderosa. Hasta épocas recientes las actitudes cristianas europeas no han mostrado mucho entusiasmo por la idea del amor sexual como un elemento de la vivencia cristiana de su espiritualidad.

El no primar en la pastoral de los jóvenes católicos el significado de la relacional de la sexualidad y su calidad, se debe a que no esta esencialmente vinculada a la función reproductora sino al amor. Las referencias al amor no tiene un apoyo por parte de la jerarquía. Ante la palabra amor nace y crece el miedo, ya que no tienen una solución a la alternativa del sexo ocasional. Pero en el evangelio de Jesús y su enseñanza fundamental y el principal de sus preceptos están subordinados al amor a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. Desde la doctrina de Jesús no hay duda de que el significado de la sexualidad hay que hallarlo en el amor y esto es lo que están exigiendo los jóvenes de hoy en su evangelización.

La sexualidad relacional afectiva ha sido siempre descuidada por la educación y la pastoral católica, por la presencia de resistencias inconscientes que han perturbado en el niño y joven el descubrimiento de sí mismo. Como consecuencia, la sexualidad no reproductora ha sido a menudo ignorada, negada o considerada como fuente de mal, separándola del joven y corriendo el riesgo de hacer de él un ser desexuado o asexual.

Aunque el joven no adquiere más espíritu, ni vive mejor su vida espiritual cuando más reniega de su ser sexuado, sexual y erótico. Ni puede, precisamente por su condición de hombre sexuado, despojarse de lo que es y lo define, limitándose a ser puro espíritu como lo ángeles. Un estado angélico sería algo no humano y por tanto neurótico, porque renegaría de la fundamental unidad psicosomática de nuestro ser sexuado y sexual. Somos un todo unitario, un espíritu que se manifiesta a través del cuerpo y un cuerpo animado por el espíritu. Corporeidad y espíritu son dos componentes esenciales del mismo ser humano sexuado. De lo que vamos diciendo no podemos vivir una espiritualidad cristiana sino en lo que somos: seres sexuados y sexuales.

La verdadera gravedad de los actos sexuales juveniles, su verdadero peligro, no pasa por ser sexual, sino por una actitud egoísta y destructiva, destructiva de uno mismo y del otro; pasa por la deshonestidad con que lo realicemos, por la hipocresía y la falsedad en nuestra propuesta hacia el otro. En el aprendizaje sexual todos los jóvenes van a aprender desde la experiencia del intento y del posible fracaso. Esto nos pasa desde que nacemos y sobre todo en la pubertad y adolescencia donde hay que integrarla en la fe y espiritualidad y se encuentra en pleno apogeo genital.

La mayoría de nuestros jóvenes creyentes la intentan vivir y aprender desde la búsqueda de afecto o desde el intento de darlo; en la aproximación a un desconocido o en el cortejo a una joven o en la seducción de un joven. En la condición del aprendizaje están el error y el fracaso, desdramaticemos los errores y las culpas sexuales de nuestros jóvenes, que no son los problemas más graves de la moral, ni de la humanidad. El amor compasivo que ofrece Jesús en el evangelio es la solución a todo ello. El no vino a culpabilizar y condenar la sexualidad de nuestros púberes y adolescentes para impedirle vivir una vida espiritual liberativa sino a salvarlos a todos.

La nueva evangelización en términos de relación afectivo-sexual debe respetar y adaptarse a las fases evolutivas por las que pasa el joven.

Lo que aporto Freud en el año 1905 fue que somos unos seres sexuados, sexuales y eróticos. Que la sexualidad no se reduce a genitalidad reproductora, que nace con nosotros mimos. Tiene, pues, desde el nacimiento manifestaciones claras, y antes de llegar a servir para la reproducción de la especie pasa a través de varias etapas de desarrollo, durante los cuáles se siente y manifiesta a través de nuestro cuerpo de diferentes formas. Lo que su atenta observación demostró es que el ser sexuado desde que nace pasa por fase infantil cuya finalidad es obtener placer, por una fase adolescente que nos desarrolla la función genital que nos hace reproductores y que pasa por una fase adulta capaz de contribuir a la supervivencia de la especie y a unas ricas relaciones afectivo-sexuales entre las personas.

Referente a la adolescencia y juventud que hoy se estira hasta los 25 0 30 años, recordemos que dicho periodo evolutivo es muy difícil por los notables cambios fisiológicos acompañados de las correspondientes transformaciones psíquicas y sociales, que condicionan tanto su afectividad como su sexualidad. Pero lo más importante es que madura la capacidad reproductora. En la vertiente afectiva se acentúa el interés heterosexual con los enamoramientos, que tienen que ser considerados con cierto respeto, aunque distraigan al adolescente de sus estudios, de su trabajo y de sus relaciones con la familia. Educar y respetar significa orientar, madurar, no reprimir esas primeras experiencias afectivas, que le llevaran poco a poco a la madurez afectivo-sexual.

En esta edad se da con frecuencia el autoerotismo, es decir, la autosexualidad, solitaria o en grupo, como comprobación tranquilizadora. El joven varón advierte los cambios de su cuerpo y los acepta con dificultad, porque la falta de armonía de su físico no son el soñado por él. A menudo odia de forma inconsciente su cuerpo y normalmente suele verificar su propia virilidad con el autoerotismo. En este periodo tal comportamiento no tiene que ser considerado como una realidad pecaminosa, sino como un medio para aceptar y descargar el impulso genital, aún no claramente integrado y encauzado hacia el amor adulto y maduro.

El autoerotismo del adolescente es como una expresión de la evolución, que corresponde como una expresión de esta etapa de la evolución psicosexual, y que alcaza su madurez para el resto de la vida. Conviene que tenga claro que la masturbación va encaminada a encontrar una sensibilización y satisfacción genital, mientras que la autosexualidad busca las sensaciones placenteras globales de todo el cuerpo sin tener por qué acabar en la masturbación o sensibilización aditiva de las llamadas zonas erógenas. El autoerotismo es como la autoescuela de nuestras sensaciones afectivo-sexuales corporales. En ello está implicada nuestra capacidad de sentir placer y la conciencia respectiva. Esta capacidad de escucha es una habilidad que se puede educar y desarrollar.

En las jóvenes la aceptación de la menarquía y, por tanto, de su propia feminidad está condicionada a la educación psicoafectiva recibida y la trasmitida en esta fase evolutiva. Como los órganos genitales femeninos, por su estructura anatómica no permiten un completo control de su existencia e integridad, si la joven no ha recibido una adecuada preparación psicológica antes de la menarquía, se creerá que ha sufrido una daño, una destrucción, una enfermedad. Retrocede entonces a etapas precedentes de desarrollo; considerando todo esto como una herida y la menstruación como un fenómeno inaceptable y desagradable.

Hoy, más que liberar lo relacionado con lo sexual, se tiende a liberalizar por el consumismo lo relacionado con lo genital, que es exactamente lo contrario. A los jóvenes del ayer les estaba prohibido acostarse con una joven; ahora es casi obligatorio. A veces los responsables son los propios padres, que por su propia frustración y represión en su vida sexual animan a sus hijos, sin tener en cuenta que psíquica y afectivamente no están preparados. Que pueden provocar en el adolescente experiencias precoces, que les pueden producir angustias, sensación de culpabilidad y prejuicio negativos sobre su propia capacidad sexual. Muchas veces la relación completa resulta decepcionante precisamente por ser cumplida demasiado prematuramente.

La prisa de poner en practica prematuramente lo genital, porque han logrado la madurez de procrear, sin haber logrado la madurez psicoafectiva, les va atraer muchos y graves problemas. Esto se debe en gran arte a la propaganda publicitaria y las presiones socioculturales presentes. Aumentando los problemas a los jóvenes que tienen la madurez fisiológica, pero no la psicoafectiva, que tendrá que conquistar personalmente en los años sucesivos.

Ante este problema mayoritario en la sexualidad de nuestro adolescentes, pienso que sería oportuno recordar que la madurez afectivo-sexual no es una meta fija, sino conquista continua, y que sobre todo la capacidad para vivir una vida positiva y sana de nuestra sexualidad está en íntima relación y dependencia de las influencias positivas y negativas ejercidas por el ambiente religioso de la familia y de la Iglesia.

Contra el puritanismo sexual, que durante tanto tiempo ha culpabilizado la sexualidad y el placer sexual, y contra su moderno avatar que culpabiliza en cambio el significado amoroso de las relaciones sexuales y el sentimiento valorando tan sólo una sexualidad reproductora y los otros la técnica, tomadas como finalidades en sí mismas, hay que defender el lenguaje amoroso de la sexualidad, en cuanto constituye ese horizonte anhelado por los jóvenes en el que pueden sentir.

En mi labor educativa y pastoral con los jóvenes creyentes que están viviendo en esas fases de su sexualidad, la religión católica le esta haciendo mucho daño, por ello lo único que puedo decir es que esas actitudes negativas, represivas y condenatorias deben superarse. De lo contrario el abandono masivo de su fe se va a seguir produciendo y con un recuerdo muy agresivo contra la religión. Yo como sexólogo cristiano me regocijo al ver una era de educación positiva, sana, progresiva y de liberación de la sexualidad y tener la oportunidad como cristiano que soy de valorarlo como un don de Dios. Viendo en ello un signo de los tiempos, que nos pide y exige a los creyentes, un mayor esfuerzo para integrar todo esto en proyecto de vida de fe y enseñar a vivirla como un camino espiritual.

Todo ello es un paso enorme hacia delante en una civilización secular que ahora puede reivindicar la bondad de la erótico y de la relación afectivo-sexual. En los colegios católicos desde que se impuso la educación sexual han hecho avanzar a la formación biológica a expensas del amor. Información biológica que no ha sabido integrarla en una vivencia espiritual de fe. La ausencia de amor en la imagen de nuestros adolescentes de la relación sexual se encuentra también en la abundante literatura pornográfica existente. ¿Cuál debe ser la respuesta católica a todo esto?. La Iglesia en este momento tiene una tarea muy difícil, que no consiste en dedicarse a condenar a todos los jóvenes por lo que viven. Esta en hacerles ver a nuestros jóvenes la relación sexual como un don de Dios y enseñárseles a vivir como un camino espiritual dentro de su fe y que les lleva a Dios.

Los católicos debemos aceptar la sexualidad en su complejidad y evaluarla críticamente en términos de amor y de relación afectiva de forma evolutiva. No quedarnos en condenar los errores y los egoísmo normales del proyecto del camino que debemos aprender. El mundo secular espera de nosotros que rechacemos el sexo como malo, pero no debemos caer en esa trampa, Dios no crea nada malo. La sexualidad es buena y santa, pero su manera de vivirla y la que vive ese mundo secular no es todo necesariamente bueno. La fe es crítica, pero desde una escucha tolerante y afable.

La respuesta cristiana de pasado consistía en negar, suprimir y reprimir la sexualidad humana; pero la genuina respuesta cristiana a nuestros jóvenes en estas etapas y lo que viven, consiste en dar la bienvenida y acoger su sexualidad hasta el punto que sea posible como relación amorosa y enseñarles a no utilizarla como objeto sino integrada en proyecto afectivo de vida afectiva. Debemos optar por la persona sexuada y por la relación sexual en el amor progresivo, no por el egoísmo y la cosificación. No por la prohibición y el miedo a la sexualidad sino por la educación positiva y seria que nos permite elegir y vivirla como camino de amor.

La sexualidad en la adolescencia es una rica fuente de espiritualidad.

Es tan legitimo como importante que intentemos ahora precisar el sentido teológico de lo que podrá llamarse el valor espiritual del erotismo. El valor espiritual de la sexualidad y erotismo cristiano debe vincularse a Dios como una vocación dirigida al joven de ponerse en camino para salir al encuentro de ese Dios y del otro en un amor progresivo. Hasta el punto de que sólo los que se desplazan, los que se ponen en camino, pueden encontrarse con su Dios, que les ha puesto en movimiento como le sucedió a Abrahán hasta llegar a la tierra prometida. Ya que Dios no es lo que queda cuando se ha hecho desaparecer o es negada la sexualidad real, sino aquel a quien la sexualidad real debe su profundidad y su sentido. La sexualidad humana como experiencia amorosa de Dios es un camino espiritual que termina en una comprensión de la sexualidad: ésta es el lugar por excelencia de la aprehensión de la alteridad de Dios y del otro.

La educación sexual católica de nuestros jóvenes ha contribuido con excesiva frecuencia a que la fe y la sexualidad fueran tenidos por enemigos irreconciliables. Llegando hasta el punto de que la sexualidad ha sido vista como algo que poco o nada tiene que ver con la fe y la espiritualidad, a no ser en su función de trasmisora de la vida y como fuerza instintiva que había que dominar o incuso reprimir o negar. Su afán ha sido construir un torreón con gruesos muros y encerrarla allí, en ver de aceptarla, hacerse amigo de ella y dialogar con ella para vivirla como camino espiritual. Los santos son más santos, cuanto más desexuados y asexuados son.

En mis cursillos de educación sexual con los jóvenes con frecuencia, me resulta alarmante y muy duro comprobar cuán profundamente heridos se sienten por sus educadores cristinos les han dicho y hecho, supuestamente en nombre de Dios, sobre la sexualidad y el modo personal de vivirla. Olvidando que estas visiones negativas en nombre de Dios de la sexualidad humana pueden dañar también su relación con Dios, nuestra actitud religiosa y nuestra vida espiritual

La sexualidad humana no es un simple instinto; en el joven cristiano es el ámbito de la vivencia y expresión del deseo del otro como presencia corporal. Le empuja a la búsqueda del otro porque el otro es también la promesa de un placer, en este caso del placer sexual. El placer sexual, huelga recordarlo, goza de mala reputación en la espiritualidad cristiana, que siempre lo ha considerado sospechoso aliado de los falsos valores de este mundo en detrimento de la vida espiritual y de nuestra entrega a Dios.

La sexualidad que se dé en su totalidad por el mero hecho de decidir practicarla: todo joven creyente sabe que es una realidad muy compleja y ambigua; que también es una realidad a conquistar para que su ambigüedad primordial vaya ganando paulatinamente en bondad y trasparencia; dando origen a un reencuentro amoroso donde el egoísmo siempre presente en ella vaya disminuyendo al trasformarse en amor.

Si existe una espiritualidad del placer sexual, ésta ha de consistir en relacionarse estrechamente conciencia de fragilidad y reconocimiento del placer sexual como signo en el joven de un deseo de vivir que él sólo puede apaciguar si renuncia a imaginárselo por su cuenta y riesgo y se deja zambullir día a día en la presencia del otro y superando su egoísmo.

El narcisista sexual busca la presencia del otro tan sólo para confirmar la legitimidad de su propia existencia. El otro se torna espejo donde él contempla su imagen. En toda relación sexual humana existe este componente. Pero la sexualidad puede convertirse en expresión privilegiada de esa cerrazón en sí mismo, síntoma evidente del miedo al otro en cuanto éste siempre puede negarse al reflejar la imagen gratificante que el narcisista quisiera hallar de sí mismo. Porque el otro es, por su sola presencia, y justamente porque es presencia y no mero reflejo, un insoportable recordatorio de la propia finitud. La negativa a dejarse descentrar por el otro, requerido tan sólo para confirmar la validez del sujeto por el placer que esto le reporta, es el componente esencial de la relación narcisista.

Una evangelización de la sexualidad juvenil negadora de la espiritualidad, nos conduce al pasado, a no encontrarle sentido positivo que caracterizo al creyente hasta ahora. La sexualidad le daba miedo, hasta se indicaba que era bueno eliminarla del panorama espiritual y era confinada a los márgenes de lo infrahumano. De igual manera que hoy, muchos jóvenes creyentes se tienen que enfrentar a un problema creciente, marginarla o negarla, que termina arruinando su sexualidad o dejar la fe y vivirla de forma positiva.

La mayoría de los jóvenes creyentes de hoy creen que pretender encerrarla en los limites de la espiritualidad cristiana, acaba negando y arruinando su sexualidad. La fe de antaño temía que el deseo sexual del joven le arrastraba hacia abajo, hacia la animalidad infra-espiritual; hoy parece temer que la espiritualidad cristiana le hunda en alguna ciénaga infrasexual donde ya no podrá erigirse en el dueño de su deseo sexual. Además de caer en el peligro de que su sexualidad quede reducida a una de sus funciones (la reproducción, y perder todas las dimensiones de una sexualidad abierta al amor.

En la Europa existen dos maneras diferentes de ver la espiritualidad sexual cristiana. Al terminar el siglo y comenzar el nuevo uno se ve forzado a preguntarse a la hora de evangelizar a los jóvenes, ante las críticas de que son objeto una y otra, más aún, ante el poco interés que suscitan para el mundo secular, si no ha llegado ya l ahora de una reevaluación de esas divergencias. Cabría preguntarse tal vez si la espiritualidad juvenil católica no tiene la urgente necesidad de sacudirse, mediante una confrontación sería, teológicamente sincera y honesta, con la escritura en la mano, de la carga insoportable que su concepto de ley natural le ha supuesto para todos los creyentes y especialmente para los jóvenes.

La nueva evangelización de nuestros jóvenes europeos esta pidiendo a voces antes un debate a fondo sobre su "positividad".

Como muy bien nos dice Eric Fuchs en su libro, Deseo y Ternura, pg. 171: "ha llegado el momento de un debate a fondo entre los cristianos occidentales sobre la validez de su discurso moral". Este paso supone partir de que todos, la Iglesia, su propio Magisterio, la ciencia sexológica, los jóvenes creyentes y todos los cristianos, aceptemos no saberlo todo de antemano, y se dejen desposeer e indagar, por la Palabra de Dios presente en el Evangelio y en la experiencia del pueblo fiel y que su concepción jerarquía de la autoridad que trasforma a cada paso el Evangelio liberador en ideológica justificadora del sistema en ideología justificadora del sistema espiritual católico actual. Todos necesitamos volver a partir de un principio muy sencillo, que toda la verdad sexual sólo la posee Dios, que los demás la vamos arañando poco a poco con una ardua y dura investigación. Que el Espíritu de Jesús la va infundiendo poco a poco al que la busca con corazón sencillo, humilde, sincero y la busca con apertura y espíritu crítico cada día.

La educación sexual cristiana de nuestros niños y jóvenes europeos en nuestro pasado evangelizador cristiano respecto de la sexualidad; sin dejar de admitir que la sexualidad es positiva y buena por disposición divina, la tradición evangelizadora cristiana ha tenido que sostener un largo combate para descubrir que no tiene por qué ser necesariamente mala; durante siglos enteros, ha yuxtapuesto, sin poderlo conciliar, dos datos que no tenían la misma autoridad pero que parecían tener el mismo peso: bondad radical de la sexualidad sana y maldad radical del placer sexual.

La evangelización que ha trasmitido ha sido de negación. Los adolescentes y jóvenes cristianos han captado que negando su sexualidad es como podrán aproximarse más a la perfección y espiritualidad cristiana. Sin embargo la Biblia es consciente de todo lo que la sexualidad puede expresar de violencia, pero nunca condena la sexualidad como tal. Pues reconoce en ella el lugar por excelencia en que el chico y la chica expresan el sentido de la promesa de Dios. Sin embargo de esta dificultad para pensar la sexualidad como ternura y acogida se deriva, un menosprecio de la espiritualidad cristiana en el momento actual entre los jóvenes.

¿Qué joven cristiano es hoy más espiritual?: el que renuncia, niega, reprime, condena la sexualidad y por tanto intenta ser como los ángeles o el que se considera un ser sexuado, sexual y erótico tratando de integrarla de manera evolutiva en la unidad de su ser personal y proyecto de vida realizándose plenamente como la persona sexuada que es en el gozo y la alegría. La evangelización cristiana no consigue reconocerla como un valor positivo, ni asociarla a la ternura, ni de ver en ella el lugar propio de la positiva experiencia espiritual de nuestra corporeidad, condición de posibilidad de la relación de alteridad y de amor.

La sexualidad para el joven cristiano actual pertenece al orden de lo impuro, no tiene más justificación que la procreación. No consigue desembarazarse del todo de la concepción en lo corporal el obstáculo de lo espiritual, y lo sensual el obstáculo del amor cristiano. Parece como si la espiritualidad cristiana de la Iglesia católica dispusiera de una ciencia particular de la realidad sexual que, sin deberles nada a los trabajos de la investigación de los científicos, lograra la objetividad de la verdadera ley natural.

Es fácil de comprender que la evangelización de la Iglesia católica de nuestros jóvenes actuales no quiera ponerse a remolque de la seudo-objetividad de las ciencias, exactas o humanas, pero ello no implica pretender, por su parte, una objetividad que no puede ser sino máscara de un discurso de autoridad tautológica. Lo grave de hoy en este tema de la espiritualidad sexual cristiana, es la tarea crítica de la teología, en particular frente a las pretensiones totalitarias de cierta ideología científica, se hace imposible: frente a un discurso totalitario se levanta otro discurso totalitario: ningún observador imparcial negará que la mayor parte de las enseñanzas morales decretadas por la Iglesia romana desde hace un siglo expresan sobre todo la parcialidad de una situación política y social estrechamente europea, latina. El concepto de ley natural sexual donde intenta apoyarse, es muy cultural.

Sobre el tema concreto de la espiritualidad cristiana de la sexualidad, la utilización acrítica del concepto de ley natural ha llevado a ponderar la función procreadora en detrimento de las otras funciones o significados de la sexualidad. La libertad creativa de la función amorosa de la sexualidad humana no es tomada para nada en cuenta. Descuido o negación que descalifica a la sexualidad humana como símbolo de la alianza amorosa. La ley natural que rechaza o condena todo lo que no sea fecundidad es mala, pecaminosa. La sexualidad como valor de ternura y de amor es condenada. El amor no es amor, más que si evita al máximo la sexualidad. El recurso a la ley natural se antoja, a la postre, un nuevo modo de descalificar al concepto moderno de sexualidad, que no debe reducirse a genitalidad reproductiva.

Dios se encarno en un hombre sexuado y sexual, quiso por tanto un hombre sexuado, y considerar la sexualidad como un realidad desdeñable o mezquina, es despreciar su voluntad. Lo mezquino no es la sexualidad sino la forma de vivirla. El punto de ruptura no se da entre la sexualidad y castidad, sino entre una sexualidad en el egoísmo y una sexualidad del amor como camino de espiritualidad para el creyente. Vivirla como camino de espiritualidad implica purificarla continuamente de lo que implica de egoísmo. El confrontar sexualidad reproductora y afectiva es instaurar de nuevo un sutil dualismo, que tiende, a su vez, a culpabilizar a los jóvenes creyentes ante la realidad del deseo, del placer sexual y incapacitarle para poderla vivir como un camino de espiritualidad que les lleva a su Dios.

La espiritualidad cristiana juvenil que no eche sus raíces en el amor compasivo de Jesús, en ese ser solidario con la debilidad y con el pecado, no puede ser cristiana, sino máscara de un afán más que sospechoso de poder y dominio de nuestros jóvenes.

La autentica tradición bíblica de la sexualidad aporta a la espiritualidad cristiana de la sexualidad grandes valores existenciales en esta materia:

El cristianismo continuó y prosiguió la empresa de la desacralización de la sexualidad iniciada por Israel.

Al reinsertarla en el horizonte humano ha permitido ver mejor sus pros y contras, sus retos y sus dramas.

Nos ha permitido entender que es un regalo de su obra creadora.

Nos permite comprender mejor el misterio de la Encarnación, haciéndose un sexuado, sexual y erótico como nosotros.

Ha intentado superar siempre el dualismo antiguo, siempre presto a entrever en el pensamiento cristiano, pensar el cuerpo en clave de presencia, como icono del espíritu.

Nos ha permitido descubrir la sexualidad humana como una forma de amar, como un lugar de encuentro, en la medida que triunfa el amor sobre el egoísmo.

Por último diremos que desde esta perspectiva afectiva, nos parece urgente que la espiritualidad cristiana reconsidere el sentido y el valor espiritual del erotismo.

Reinsertada en el horizonte humano, nos ayuda a comprender la necesidad urgente de la nueva evangelización sexual de nuestros jóvenes europeos para vivirla como un camino espiritual. Evangelización que debe poner su ahínco evangelizador en hacer ver la relación existente entre sexualidad y espiritualidad cristiana, y a la vez comprender porque no ha logrado atraer a él a nuestros jóvenes sino alejarse de su fe. Ya que su educación cristiana como labor evangelizadora ha tendido a oponer espiritualidad y sexualidad. Por otra parte, en vez de lograr superar los dualismos tan presentes en este campo, los ha provocado su crecimiento y arraigo en los jóvenes creyentes, que les ha impedido en su espiritualidad ver el cuerpo sexuado y erótico como un icono del Espíritu.

Al ser cuerpos sexuados, decimos también sexual y erótico, aun cuando el pensamiento teológico cristiano, tenga, a menudo, sus dudas al respecto. Una actitud de positividad sexual en la evangelización de nuestros jóvenes en el momento presente, que aporte una mayor atención a defender la sexualidad de nuestros jóvenes, es la mejor defensa a una tradición cristiana, que movida por una sólida desconfianza respecto a la sexualidad, no siempre ha hecho posible en esta labor evangelizadora, ofrecer la nobleza y dignidad del cuerpo sexuado, lugar de encarnación de Dios, así como lugar de experiencia espiritual como nos han trasmitido los místicos cristianos. El cuerpo sexuado de nuestros jóvenes es expresión del espíritu, lugar visible de la experiencia misteriosa que lo habita y que él ha de hacer comunicable: esta debe ser la línea maestra de la nueva evangelización de nuestros jóvenes europeos.

En esta nueva labor pastoral con nuestros jóvenes europeos debe quedar muy claro, para que no sigan abandonando las filas de la Iglesia católica, la visión de una castidad positiva. Que esa castidad negativa en que eran muchos de ellos evangelizados y que era mucho menos frecuente que la que confunde con el rechazo temeroso de lo sexual. Lo que está en juego en este nueva evangelización, es lograr hacer salir a la sexualidad cristiana de lo indiferenciado, o de la violencia cerril sobre sí misma, para permitirla ser realmente signo de presencia abierta a Dios, al otro, signo del don de Dios y camino de amor.

Conclusiones:

1. Como punto de partida, como sexólogo y pastor me resulta alarmante comprobar en mis charlas y cursos cuán profundamente heridos se sienten algunos jóvenes creyentes por lo que su padres, educadores y pastores les han dicho, supuestamente en nombre de Dios, sobre sexualidad y el modo personal de vivirla.

2. El catolicismo ha contribuido repetidamente a que la sexualidad y la espiritualidad fueran tenidas por enemigos irreconciliables. Ha llegado a ser vista como algo que poco o nada tiene que ver con la espiritualidad, a no ser en su función reproductora. La sexualidad era considerada como un instinto que había que negar, dominar, reprimir y la mejor manera de vivir la espiritualidad era viviendo una vida de fe desexuada.

3. Unas actitudes negativas de los jóvenes creyentes ante la sexualidad puede dañar también nuestra actitud religiosa y nuestra vida espiritual. El Dios en el que creen pasa a ser un Dios de poder, de autoridad, que desconfía de la sexualidad creada por El y que sólo existe para castigar los errores, fallos o faltas sexuales de los jóvenes.

4. Lo sexual y la vida espiritual cristiana son dos fuerzas muy fuertes. Su camino dentro del ser sexuado debe hacerse no como dos adversarios irreconciliables, que nos devuelven al dualismo y escisión de alma espiritual y cuerpo desexuado, alma buena y cuerpo malo. La vida espiritual cristiana es un proyecto de vida imitando a Jesús y empujados por ambas fuerzas en la unidad intrínseca de la persona humana.

5. Si la religión cristiana no consigue esta nueva, cercana, inseparable y feliz amistad entre fe y sexualidad, reconciliando la positividad de la sexualidad humana con la dignidad del ser sexuado y sexual, no se producirá el renacimiento y la vuelta de la juventud europea a la fe, en la que hoy muchos jóvenes confían y que tanto la esperan de la Iglesia. Pero si se logra se convertirá en una de las armas más importantes para la nueva evangelización de los jóvenes europeos.

6. Ahora le corresponde a la Iglesia católica en su labor evangelizadora con los jóvenes, a través del estudio y reflexión teológica, comprender la maravilla de la sexualidad como obra creada por Dios, lugar donde se hace hombre como nosotros, como gran don y regalo que nos hace para ser felices y compartir esa felicidad con el otro.

7. Debemos abrirle a la sexualidad las puertas de nuestra religión, amor, fe, iglesias, educación... para que ese dinamismo positivo pueda ser realizador de nuestras personas en el gozo. Sólo su reintegración en nuestra vida espiritual cristiana puede embebernos de la fuerza, la vida y el gozo que porta. Ha llegado el momento de superar una teología demasiado abstracta y alejada de la realidad sexual del Evangelio de Jesús, por la animadversión contra el cuerpo sexuado y para que la evangelización que realizamos se desprenda del férreo corsé con que asfixiamos la sexualidad de nuestros púberes y adolescentes.

8. La nueva evangelización católica de los jóvenes europeos exige la reintegración del sexo, sexualidad, y Eros en nuestra fe, espiritualidad, comunidad cristiana y en nuestra pastoral educativa. Ya que debe partir de la realidad de un Dios que se hace hombre sexuado, sexual y erótico, negar esto, es negar el misterio de la Encarnación.

9. Yo como sacerdote y sexólogo creo que la Iglesia cristiana a la hora de la nueva evangelización que se nos pide debemos estar muy agradecidos al mundo secular por su contribución a nuestra comprensión más positiva y compleja de la sexualidad humana.

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