EL SIDA: UNA EDUCACIÓN SEXUAL EN VALORES

Por Cosme Puerto, o.p. (sexólogo)

 

Un año más el día del SIDA nos recuerda que nuestros jóvenes necesitan estar bien informados y formados sobre el síndrome de inmunodeficiencia adquirida. Las noticias de los medios de comunicación y la prensa no parecen muy alentadoras: sigue aumentando en el mundo y en nuestra país. No logramos los resultados deseados por todos. Esto nos lleva a hacernos una pregunta: ¿qué hacen nuestros educadores con el eje transversal de la educación sexual?... La represión del pasado ha dado paso a la permisión del presente, "tanto monta, monta tanto". Los unos y los otros han dejado todavía pendiente la asignatura de la educación sexual. Pero la educación sexual en valores sigue siendo una asignatura suspensa para unos y otros.

¿Qué hacen nuestros colegios religiosos para evitar el SIDA? Siguen educando en la castidad entendida como continencia y abstinencia de la genitalidad como la mejor forma de evitarlo. Los niños que tienen SIDA han sido castos, no han tenido relaciones genitales y sus padres por falta de responsabilidad y respeto a los otros, se lo han trasmitido. La campaña de algunos sectores católicos hacen creer a ciertas conciencias mal formadas, que la castidad como abstinencia es el único camino para evitarla. La castidad como virtud no va en la dirección de no vivir la sexualidad sino de vivirla integrada en nuestra persona, en nuestro estado de vida, que potencia la manera y la forma de vivirla por medios positivos, además de promocionar el encuentro, la comunicación, el amor y el gozo de nuestro ser sexual y el de los demás.

El camino marcado por el Decreto de Educación para los Católicos del Concilio Vaticano II sigue siendo la gran asignatura pendiente de los colegios cristianos en su mayoría. Una educación sexual sana, positiva y evolutiva conforme avanza la mente y la capacidad de comprensión del niño y del joven. Las campañas de tipo informativo, con las que año tras año, celebran los estados europeos el día de SIDA, van demostrando que no logran tampoco el deseado fin. Que nuestros jóvenes sean libres y responsables de lo que hacen y de cómo lo viven. Evitar esta enfermedad de trasmisión sexual no es cuestión sólo de mera información biomédica y de crear más miedos en nuestros niños y jóvenes sino de una formación de actitudes y valores positivos.

El O. M. S. nos ofrece la clave de cómo educar en una sexualidad sana, positiva y gozosa. "La salud sexual es la integración de los elementos somáticos, emocionales, intelectuales, sociales, culturales del ser sexual por medios que sean positivamente enriquecedores y que potencien la personalidad, la comunicación, el amor y la realización feliz y gozosa de la persona" (Cuadernos de la Salud Pública Nº 47 Ginebra, 1974).

La auténtica virtud de la castidad no es abstenerse de un valor sino vivirlo de forma sana, positiva, integrada en nuestra persona y en nuestro estado de vida. Pero esta integración de todos los elementos del todo sexual no es posible si no se educa desde la más tierna infancia en niños y jóvenes una " voluntad activa".

La "voluntad activa" no tiene nada que ver con la voluntad ascética represiva del pasado, que se basaba en fortalecer la voluntad para no vivir lo reprimido o prohibido. La capacidad volitiva que necesitan para vivir hoy nuestros niños y jóvenes no nace de evitar lo prohibido sino de hacer y vivir lo sano. Se necesita hoy más fuerza de voluntad para vivir lo positivo, que para evitarlo. Evitar lo malo nos convierte en ascetas, y el asceta deja de serlo, cuando no puede reprimir más lo prohibido. Fortalecer la voluntad viviendo lo que nos da salud sexual y la desarrolla nunca tiene fin. La voluntad que se necesita para vivir una sexualidad sana, positiva, adaptada a cada etapa evolutiva, es comprensible y nunca hace mal a nadie.

El niño nace amoral en este campo, sin embargo la dimensión ética es fundamental en su vida. No olvidemos que no hay educación sexual si no es desde unos valores y por unos valores, que día a día el niño va interiorizando y van a ser los que le guíen en el futuro sexual. Los educadores debemos interiorizarlos y nunca imponerlos por la fuerza de nuestra autoridad. Todo lo que el niño no hace suyo tarde o temprano lo va a dejar y no sin ciertas dosis de agresividad contra los educadores autoritarios y fundamentalistas. Esos valores no deben ser negadores de la sexualidad en ninguna etapa de la evolución de la persona.

La sexualidad es, en sí misma, un valor positivo, una realidad buena, pertenece a la creación de Dios, forma parte de la estructura de la persona, tiene unas funciones y significados muy importantes en la existencia humana. No es, como algunos creen, un mal o la principal fuente del males que debe rehuirse o combatirse, si bien es verdad, que como cualquier otra realidad humana, puede ser utilizada y vivida contra el propio orden de los valores de la persona. Aceptarla y vivirla de manera sana y positiva en el ámbito de nuestra escala de valores y de acuerdo con nuestra vocación constituye la finalidad principal que debe proponerse a toda labor educadora.

Los valores que demos a nuestros niños y jóvenes no pueden ser negadores de la positividad y bondad de nuestra sexualidad. Los valores que demos a nuestros jóvenes en este campo deben ser sólidos y válidos para toda la vida. Los valores éticos-religiosos no deben negar la verdad de los otros componentes de la sexualidad sino fundamentarse en ellos. Deben ser comprendidos y nunca impuestos por la fuerza. No basados únicamente en una escala de valores reproductores, que sólo vivirá pocas veces en su vida. Deben ser unos valores basados sobre todo en un ética del encuentro comunicativo y el gozo compartido. Que sean creadores de personas libres y responsables, pero nunca creadores de jóvenes represivos y culpabilizados.

La educación sexual impartida en nuestros colegios debe crearles unas estructuras de valores que, sin atar y coartar su libertad sexual, le capaciten para vivir una sexualidad crítica, tomando decisiones responsables y realizadoras de sus personas. No caer en un moralismo represivo, llenos de personas miedosas, inhibidas y culpabilizadas, en caso de tener que darles normas que coarten la vivencia de la sexualidad propia de su edad evolutiva. Que vea y comprenda, que es, para vivirla y gozar más plenamente de ella. Dios no da las virtudes para no vivir un valor sino para vivirlo mejor.

No olvidemos que hoy está en crisis el área de los valores sexuales y debemos ser muy sensibles en impartirla bien. Hoy nuestros niños y jóvenes desprecian y dejan una ética sexual cristiana por considerarla no válida y no la suplimos por nada a no ser nuestros intereses sexuales individuales egoístas y esto es muy deformador. La ética del bienestar inmediato se está imponiendo para los que niegan una educación sexual en valores y esto es negativo para todos. Va siendo hora de que los católicos nos demos cuenta que una moral negadora de la sexualidad sana y evolutiva se transforma en negadora del componente moral y de una educación en valores.

La conclusión de la celebración del día del SIDA debe ser para nuestros colegios, una insistente invitación a la responsabilidad en nuestra educación en valores a niños y jóvenes. Para todos nuestros educadores, dominicos y no dominicos, dentro y fuera del colegio, les recuerdo que el proceso formativo de la persona en el campo sexual, aparece cada vez menos como prerrogativa de unos ambientes determinados (familia, colegio, Iglesia), para convertirse en el resultado del complejo entretejimiento de numerosos –y con frecuencia contrapuestos– mensajes y estímulos de la gran "ciudad educativa". La educación sexual que demos en nuestros colegios debe constituirse, para los niños y jóvenes que formamos, en la gran "conciencia crítica" de la ciudad educativa en la que hoy y mañana han de vivir. Esto sólo será posible en la medida que se ayude a estos niños y jóvenes a descubrir los grandes valores que fundamentan, iluminan y definen nuestra sexualidad sana y a traducirlos en criterios rectores de su conducta sexual futura.