"No tenía apariencia ni
presencia; le vimos y no tenía aspecto que pudiésemos estimar" (Is 53,2)
¡Así te lo hemos puesto, Madre! Este es TU HIJO e HIJO DEL ALTISIMO. El que debía heredar un trono, que sería grande... y que su reino no tendría fin... (Lc 1,32)
¿Qué pasó par tu mente? ¿Qué sintió tu corazón?... Seguramente sería tan grande tu pena que sentirías sencillamente impotencia, casi esa inabarcable insensibilidad que no es más que el colmo del sentimiento. Dejarías que tus ojos se posaran sobre El, lo acariciarías como cuando, pequeño, lo tenías en tus rodillas... Le besarías con tu alma traspasada..., y volverías a repetir: "Aquí está tu esclava..."
Entonces, Madre, aceptabas también, junto a Jesús, ese innominado dolor de tantas madres que a lo largo de los siglos sufrieron y sufrirán viendo a sus hijos maltratados, torturados, perseguidos... Madres de hijos buenos... y ¿madres de hijos "malos"?... Pero ¿es que para una madre los hay de una clase y otra?, ¿no son simplemente hijos?... Pues el amargo dolor de esas madres acogías en tu seno virgen: allí quedaría purificado y bendecido; allí, en la calle de la amargura, quedaría para siempre la imagen de una madre que tiende sus brazos al hijo que le es arrebatado... ¿Quién puede medir el dolor en el corazón de una madre? ¡Sólo es comparable a su amor!
QUINTA ESTACIÓN: EL CIRENEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR SU CRUZ
"Despreciable y desecho de
hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el
rostro, despreciable, y no lo tuvimos en cuenta" (Is 53,3)
Tuvieron que obligar a este hombre para que echara una mano al reo que se les moría por el camino... También Simón vendría cansado..., venía del campo, de su trabajo. Lo haría can bastante desgana, pero seguramente este gesto jamás quedó olvidado en la vida de este sencillo trabajador. Ayudar a un condenado a muerte ¿a qué?... ¿A poder llegar hasta el lugar designado de antemano? ¿Qué alivio podía ofrecer en este corto trecho que lo separaba de la muerte?... ¿Quién sería el ayudado?... Seguramente Simón de Cirene.
Jesús mismo lo había dicho: un vaso de agua dado en SU NOMBRE... Pero ¿qué conocía este Simón de lo que Jesús había enseñado? Tal vez nada. Pero misteriosamente "las semillas del Verbo" están esparcidas por el universo, en muchos corazones que, sin haber escuchado el mensaje de la salvación, son rectos, buenos, leales, compasivos... "Quien no está contra Mí está conmigo"... Y este Simón de Cirene demostró estar de su parte. La sangre de Jesús salpicó su vida... ¡Ya nada fue luego igual!
Acompañar la peregrinación silenciosa de todos cuantos en el camino de la vida nos sentimos necesitados unos de otros; hacerlo sin preguntar datos, sin aclarar pasados, sin exigir conductas... Sencillamente estar junto al hermano, o dejar que el otro esté con nosotros y ser lo bastante humildes como para apreciar su bondad ,aunque esté "fuera" de lo que estimamos "ortodoxo" según nuestros criterios... Para Jesús está claro que existen otras categorías muy diferentes, tal vez por eso lo llevan a la muerte.
SEXTA ESTACIÓN: LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS
"¡Y con todo eran
nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que él soportaba!...
Nosotros lo tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado" (Is 53,4)
La tradición nos habla de esta mujer valiente, dado el ambiente en que se desarrolla su gesto de compasión, que tiene mucho que decirnos a nosotras, mujeres también.
Sabemos de la capacidad de ternura, de entrega, de abnegación, de amor en una palabra, con la que la mujer está dotada. Toda ella está preparada para albergar, gestar y dar vida a costa de su propia vida.
Ser mujer es, debería ser, sinónimo de MADRE. Poseer un corazón maternal es aceptar ser vulnerable. Y por otra parte la mujer es capaz de obrar impulsada por el amor, sin esperar nada a cambio. Ama porque ama. Ama porque se sabe portadora de vida.
Aquí está de alguna forma representada la opción de quien no pone su interés en el "hacer". ¡Qué poco pudo hacer por Jesús en ese momento, sino en el "SER". Ella estaba allí y su gesto fue expresivo de su ser entero: su compasión, es decir, padecer con..., recoger en su propia vida el sudor del condenado. Mirarle con amor, decirle, callada, que ella estaba a su lado, que no le dejaba solo...
Como mujeres que somos, como contemplativas, debemos acrecentar nuestra conciencia de lo que debemos aportar a la Humanidad doliente de nuestros días: nuestra COMPASIÓN, ¡tan dominicana!, capaz de crear en nuestro corazón "un hospital de desdichas", como dice de santo Domingo uno de sus biógrafos.