QUINTA ESTACIÓN: JESÚS ES JUZGADO POR PILATO
Del evangelio de San Marcos (15,14-15)
Ellos gritaron más fuerte: "iCrucifícalo!". Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Pilato no condenó a Jesús, hizo lo posible por salvarlo. Quien condena realmente a Jesús es el pueblo. La gran irresponsabilidad de Pilato fue justamente ésa: lavarse las manos, abandonar a Jesús a su suerte. El pueblo sólo pudo cumplir su deseo porque Pilato lo permitió.
¿Cuántas veces nosotros también actuamos igual, nos lavamos las manos? No queremos condenar, pero somos cobardes, callamos y no defendemos la verdad, la justicia...
¿Cuántas veces reflexionamos sobre la realidad del mundo, sobre la guerra, el hambre, la violencia, la desigualdad, la xenofobia, el racismo, las bolsas de pobreza que hay a nuestro alrededor, los ancianos solitarios, los malos tratos a mujeres y niños...? No lo condenamos, al revés, llegamos a conclusiones estupendas, maravillosas, dignas del mejor sociólogo..., pero todo teórico. No actuamos, callamos, nos lavamos las manos ante la condena a muerte, la soledad, el hambre, la pobreza de tantos inocentes...
Y también condenamos a muerte con nuestro conformismo egoísta, con nuestra irresponsabilidad cómoda, con la complicidad de nuestro silencio...
SEXTA ESTACIÓN: JESÚS ES FLAGELADO Y CORONADO DE ESPINAS
Del evangelio de San Marcos (15, 17-19)
Los soldados le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: "¡Salve, Rey de los judíos!". Le golpearon la cabeza con una caña y le escupieron.
Mientras le interrogaban, Jesús había mantenido la serenidad. Su mirada seguía acariciando, redimiendo. Había dejado hacer.
Esta actitud molestaba a aquellos que le habían detenido. Esperaban otra cosa. Querían su muerte, pero antes de matarlo querían hacerle saber que ellos controlaban la situación, que el poder estaba en sus manos. Querían humillarlo. Por ello lo azotan, lo desnudan, se burlan de él. ¡Salve rey de los judíos! le dicen ¡mira lo que hacemos contigo! ¿Dónde está tu poder ahora? ¡No eres más que un farsante!. Un Rey, piensan, debe llevar corona, y colocan sobre su cabeza una corona de espinas.
Ciegos de rabia, de odio, de egoísmo, no son capaces de mirar a los ojos de Jesús que sigue dejando hacer. ¡Ay si lo hubiesen hecho!
¿Y nosotros, Jesús? ¿Cuántas veces en nuestra vida diaria te colocamos una corona de espinas, te azotamos y nos burlamos de ti? Cegados por nuestro egoísmo, tampoco nos atrevemos a mirarte a los ojos. Creemos controlar la situación, nos sentimos llenos de poder y ante cualquier dolor o contrariedad nos revelamos contra ti.
Jesús, sabemos lo que hay que hacer. ¿Por qué nos cuesta tanto ponerlo en práctica? Ayúdanos a quitarte espinas de tu corona en lugar de ponerte más. Ayúdanos a soportar las espinas que la vida nos traiga: cansancio, dolor, humillación, burlas, incomprensión... Ayúdanos a luchar, no contra ti, sino contra nosotros mismos.