NOVENA ESTACIÓN: JESÚS ENCUENTRA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN

Del evangelio de San Lucas (23, 27-28)

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por Él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos".

Una vez más Jesús nos enseña con su actitud, desviando la atención de sí mismo hacia los demás, nos enseña lo que es una constante en su predicación: que nos olvidemos de nosotros mismos para ayudar a los demás.

DÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS ES CRUCIFICADO

Del evangelio de San Marcos (15, 24)

Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte para ver lo que se llevaba cada uno.

¿Le crucificaron, o le crucificamos nosotros?... ¿Hoy, ahora, le crucifican otros, o le crucifico yo también?...

Cristo fue crucificado para que se cumpliera la voluntad del Padre: era preciso que muriera para redimirnos de nuestros pecados, para salvar al mundo y mostrarnos el camino de la gloria, el camino de la resurrección.

Hoy, Cristo sigue vivo, pero nosotros seguimos matándolo, seguimos crucificándolo. A El, a su palabra, a su mensaje. Y por si fuera poco nos repartimos sus romas. Ninguno de nosotros quiere tomar parte en el Calvario: sufrir la cruz con Cristo. Eso no queremos compartirlo, pero sí queremos recibir los beneficios de su muerte. Somos egoístas. Pero sabemos que la cruz, las cruces, nuestra cruz, nuestras cruces, son el camino por el que hemos de pasar, el calvario que debemos superar con ayuda de la fe para poder repartir y compartir con Cristo la gloria de la resurrección: ¡Con su ayuda, con la ayuda del Padre, podremos hacerlo!